El país que tenemos y el que queremos
La invasión a Panamá se produjo en la coyuntura histórica en que el mundo bipolar empezaba a derrumbarse. El muro de Berlín, separación física entre dos sistemas políticos contradictorios, y que fuera construido en el apogeo de la guerra fría, fue destruido un mes antes de la invasión a nuestra tierra. O sea que el mundo unipolar nace cuando nosotros empezábamos la reconstrucción del ciclo bloqueo, invasión, saqueo. Hubo que esperar entonces, hasta tanto se superaran los principales efectos de su hecatombe, para que la presente Administración iniciara las transformaciones pospuestas desde la década de los ochenta. Se avanzó bastante en lo económico, algo en lo social y poco en lo cultural. De esos avances y déficits, del país que tenemos y del que queremos, tratan estas reflexiones.
El país que hoy tenemos es una mezcla de instituciones creadas a lo largo de nuestra historia, que responden a distintas cosmovisiones, porque diferentes fueron las coyunturas en que fueron creadas. Algunas de ellas, las menos y básicas, fueron puestas en marcha a inicios de la República, otras pocas, las liberales, se conformaron a partir de Belisario Porras hasta Marcos Robles, las más, las social-estatistas, fueron creadas por Omar Torrijos y las de nueva data, las social-liberales, recién instrumentalizadas por Ernesto Pérez Balladares. Ellas constituyen nuestra acumulación institucional y acto seguido miraremos lo que sucede en el Panamá de hoy.
En los últimos cuatro años, se produjo en nuestro país una profunda reforma del Estado, los inicios de una reforma social y muy poco en el ámbito de la reforma de valores y actitudes (la cultura) de nuestros ciudadanos. La primera reforma, la del Estado, se percibe en la transformación que se produce en su seno, al pasar de uno productor e interventor en las actividades empresariales a otro, gestor y regulador de las mismas. También se produjo una importante reforma comercial, caracterizada por la disminución de los aranceles de importación, la eliminación de los controles de precios y la promulgación de la ley de fomento a la competencia y protección al consumidor.
En lo social y con excepción de la abundante inversión realizada, lo logrado fue menos prominente. En tal sentido, se logró articular las relaciones institucionales entre los gabinetes económico y social, se definieron criterios de focalización de las inversiones sociales, pero no se avanzó mucho en las tareas de coordinación de las gestiones de inversión social entre las instituciones gubernamentales y entre éstas y las organizaciones no gubernamentales dedicadas a dichos menesteres, condición indispensable para garantizar una mayor eficiencia en el gasto social (nuestro talón de Aquiles).
Pero donde percibo tenemos el mayor déficit, es en lo referente a la reforma de valores de nuestros ciudadanos (clase política incluida), sobre todo en lo relativo a sus actitudes frente a los retos y oportunidades que nos ofrece el mundo integrado de hoy. No me equivoco cuando pienso que todavía hay muchos por allí, que estiman que nuestro código de valores frente a la vida es el adecuado para enfrentar a ese mundo, cuando la realidad de lo que sucede allende nuestras fronteras, es bastante diferente a esa percepción, que desafortunadamente sigue siendo mayoritaria.
Me explico. Lo realizado hasta el momento es más un proyecto impulsado desde la cúpula del poder que aceptado en las mentes de los ciudadanos. O sea que la tarea fundamental de los próximos años es la de intentar cambiar los "procesadores de palabras" que posee la población, con los cuales hace su propia lectura de los mensajes que le envían sus gobernantes. Por eso el énfasis en transformar el sistema educativo, para que este se convierta en el principal formador de los nuevos valores de nuestra sociedad, valores asociados a la solidaridad, el trabajo, la responsabilidad individual y social, el uso de la tecnología de punta, la productividad y eficiencia, la identidad nacional, el orgullo de ser panameños y la absoluta seguridad de que seremos capaces de enfrentar exitosamente el reto de vivir, sin las actuales formas de presencia estadounidense en Panamá.
Entre el país que tenemos y el país que queremos existen distancias que superaremos, cuando le entremos de lleno a la inmensa tarea de formar y educar a nuestra población en esos valores; cuando estructuremos nuevos mecanismos de fomento al empleo, mayores apoyos a la micro y pequeña empresa incluidos; y cuando para fortalecer el combate a la pobreza, las instituciones públicas y privadas del sector social, coordinen adecuadamente sus intervenciones hacia las comunidades más necesitadas del país. Sólo así las tres brechas, la cultural, la económica y la social, empezarán a recortarse y ambos países, el actual y el deseado, se aproximen para el bienestar de los más.
El país que hoy tenemos es una mezcla de instituciones creadas a lo largo de nuestra historia, que responden a distintas cosmovisiones, porque diferentes fueron las coyunturas en que fueron creadas. Algunas de ellas, las menos y básicas, fueron puestas en marcha a inicios de la República, otras pocas, las liberales, se conformaron a partir de Belisario Porras hasta Marcos Robles, las más, las social-estatistas, fueron creadas por Omar Torrijos y las de nueva data, las social-liberales, recién instrumentalizadas por Ernesto Pérez Balladares. Ellas constituyen nuestra acumulación institucional y acto seguido miraremos lo que sucede en el Panamá de hoy.
En los últimos cuatro años, se produjo en nuestro país una profunda reforma del Estado, los inicios de una reforma social y muy poco en el ámbito de la reforma de valores y actitudes (la cultura) de nuestros ciudadanos. La primera reforma, la del Estado, se percibe en la transformación que se produce en su seno, al pasar de uno productor e interventor en las actividades empresariales a otro, gestor y regulador de las mismas. También se produjo una importante reforma comercial, caracterizada por la disminución de los aranceles de importación, la eliminación de los controles de precios y la promulgación de la ley de fomento a la competencia y protección al consumidor.
En lo social y con excepción de la abundante inversión realizada, lo logrado fue menos prominente. En tal sentido, se logró articular las relaciones institucionales entre los gabinetes económico y social, se definieron criterios de focalización de las inversiones sociales, pero no se avanzó mucho en las tareas de coordinación de las gestiones de inversión social entre las instituciones gubernamentales y entre éstas y las organizaciones no gubernamentales dedicadas a dichos menesteres, condición indispensable para garantizar una mayor eficiencia en el gasto social (nuestro talón de Aquiles).
Pero donde percibo tenemos el mayor déficit, es en lo referente a la reforma de valores de nuestros ciudadanos (clase política incluida), sobre todo en lo relativo a sus actitudes frente a los retos y oportunidades que nos ofrece el mundo integrado de hoy. No me equivoco cuando pienso que todavía hay muchos por allí, que estiman que nuestro código de valores frente a la vida es el adecuado para enfrentar a ese mundo, cuando la realidad de lo que sucede allende nuestras fronteras, es bastante diferente a esa percepción, que desafortunadamente sigue siendo mayoritaria.
Me explico. Lo realizado hasta el momento es más un proyecto impulsado desde la cúpula del poder que aceptado en las mentes de los ciudadanos. O sea que la tarea fundamental de los próximos años es la de intentar cambiar los "procesadores de palabras" que posee la población, con los cuales hace su propia lectura de los mensajes que le envían sus gobernantes. Por eso el énfasis en transformar el sistema educativo, para que este se convierta en el principal formador de los nuevos valores de nuestra sociedad, valores asociados a la solidaridad, el trabajo, la responsabilidad individual y social, el uso de la tecnología de punta, la productividad y eficiencia, la identidad nacional, el orgullo de ser panameños y la absoluta seguridad de que seremos capaces de enfrentar exitosamente el reto de vivir, sin las actuales formas de presencia estadounidense en Panamá.
Entre el país que tenemos y el país que queremos existen distancias que superaremos, cuando le entremos de lleno a la inmensa tarea de formar y educar a nuestra población en esos valores; cuando estructuremos nuevos mecanismos de fomento al empleo, mayores apoyos a la micro y pequeña empresa incluidos; y cuando para fortalecer el combate a la pobreza, las instituciones públicas y privadas del sector social, coordinen adecuadamente sus intervenciones hacia las comunidades más necesitadas del país. Sólo así las tres brechas, la cultural, la económica y la social, empezarán a recortarse y ambos países, el actual y el deseado, se aproximen para el bienestar de los más.