default

El partido apolítico


Santiago de Chile /AIPE.-Nuestra superficialidad política está alcanzando extremos. El problema de la democracia es que requiere contar con el mayor número posible de votos. Como la gente tiene sus propios problemas y está ocupada en ganarse la vida, no tiene tiempo de ocuparse de los asuntos del país. Por consiguiente, vota con superficialidad, en favor de las cosas que le "suenan" mejor. Pero casi invariablemente esas cosas perjudican el interés general.
Pongamos un ejemplo: todo el mundo está a favor del salario mínimo obligatorio. "Suena" estupendo. El ideal de que los pobres tengan un salario garantizado parece indiscutible. Pero los especialistas saben que el salario mínimo obligatorio perjudica precisamente a los pobres. Debido a él, las tasas mayores de desempleo, que se acercan al 40 por ciento, se encuentran entre las personas jóvenes con menos educación, pertenecientes a familias más numerosas. Esas personas, que son las más pobres, no encuentran trabajo en el mercado formal porque la ley de salario mínimo obligatorio impide contratarlas legalmente al sueldo (menor) correspondiente a su real productividad. Nadie pagará a un trabajador un salario mayor de lo que él produce. Luego, nadie lo contrata. Entonces busca trabajos informales, al margen de la ley. Al aumentar así la oferta de servicios en el sector informal, baja todavía más el pago por esos servicios en ese mercado, que es el de los desplazados, adentrándolos aún más en la miseria. La "falsa idea clara" de un salario mínimo obligatorio hace más pobres a los pobres.
Y luego los políticos le echan la culpa de la pobreza a la economía libre, al "mercado cruel", al neoliberalismo salvaje, siendo que la culpa es del intervencionismo.
Lo anterior es bastante complicado y nadie, salvo los economistas y personas ilustradas, lo entiende bien. Con un raciocinio como ése no se ganan votos. Al contrario, seguramente se pierden. Pero precisamente un raciocinio como ése es el que más se aviene con el interés general. Y así en muchos aspectos de la vida nacional.
Por consiguiente, para defender el bien común y el progreso se requeriría de un partido que estuviera dispuesto a perder votos. Exactamente lo contrario de un partido político. Es decir, un partido apolítico.
Impopularmente veraz. Sin otro norte que el interés público.
El otro día, almorzando con un amigo, le propuse fundarlo y publicar un programa presidencial con todas las ideas impopulares capaces de garantizar el bienestar y el progreso del país. Sus tres postulados básicos serían: "Mano dura, economía libre, estabilidad política". La primera, para erradicar el delito; la segunda, para que abunde el empleo, y la tercera, para que la gente sepa que nadie le va a robar lo ganado. Resultado: grandeza nacional y felicidad popular.
Mi amigo me ofreció la presidencia de la colectividad, la cual acepté, no sin antes ofrecerle a mi vez la vicepresidencia, que él, a su turno, aceptó.
La flamante directiva concordó en que no tendríamos problemas de financiamiento: provendría fácil y generosamente de las colectividades políticas, que lo brindarían gustosas ante nuestra amenaza de adherir públicamente a sus candidatos.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América