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El perro Paco


Esta es la historia de un extraordinario canino madrileño de fines del siglo XIX. Fue el amor de todos los habitantes que lo conocieron y se ganó la admiración de quienes, sin haberlo conocido, supieron de sus proezas. Los más acuciosos observadores y psicólogos, jamás pudieron explicarse sus cualidades.
Todas las noches iba a algún teatro. Ocupaba cualquier butaca, sentándose sobre sus dos patas traseras. Seguía atentamente el desarrollo de la función. Durante los entreactos, circulaba con el público que, por el momento, abandonaba sus asientos. Terminada la función, se dirigía indefectiblemente al restaurante Fornos. Todos los comensales lo invitaban a su mesa. Escogía una de ellas para entusiasmo de los favorecidos y desilusión de los demás.
Le servían siempre un trozo grande de carne asada que él comía con calma. Al terminar, clavaba la mirada sobre sus anfitriones. Acabada la cena de ellos quedaba en espera de la despedida. Si todos se iban sin pagar, cosa que sucedía a veces, él permanecía en el lugar. Cuando veía quién pagaba, al salir éste, lo acompañaba, hidalgo y caballeroso, hasta su residencia. Era su forma de agradecer la invitación. Muchos fueron los que trataron de hacerlo entrar a sus casas. Nunca entró a una de ellas. Se dirigía entonces a la calle de Fuencarral, donde había una cochera. Con sus patas rasgaba las puertas y un mozo de cuadra se las abría. Allí se recogía.
Asistía a todas las corridas de toros. Ocupaba cualquier localidad vacante. Si la plaza estaba llena, entonces se sentaba en el espacio que hallara entre dos espectadores para deleite de ambos y envidia de la vecina concurrencia.
Tras la muerte de un bovino, Paco se lanzaba al ruego, dándole vueltas. Al sonar el clarín anunciando una nueva faena, de inmediato volvía a su puesto.
Los más insignes escritores, periodistas y cronistas de entonces, plagaban periódicos y revistas con estampas de la vida de Paco, en reconocimiento de sus hazañas. Su fama llegó a ser tal, que se extendía a las más recónditas regiones del país.
Hubo hasta un músico que escribió una pieza en honor a Paco. El comercio explotó fructíferamente su efigie, lanzando al mercado productos Perro Paco. Aristócratas y humildes ciudadanos se disputaban su compañía.
Pareciera que por el carisma que le dio su fascinante atracción, Madrid pretendió adueñarse de él, pero en realidad fue él, gran señor, quien adueñó, pues se adueño de España.
Como todo tiene su fin, llegó un aciago día. El 21 de junio del año 1882, en pleno apogeo de su fama, Paco concurrió a una novillada, como de costumbre. Presenció una corrida. Cuando llegó el momento en que el torero se aprestaba, ya espada en mano, a matar, por primera vez y para sorpresa de todos, el perro se lanzó inusitadamente al ruego, interponiéndose entre torero y toro, dando cabriolas. El diestro, acuciado por el temor de que el toro lo embistiera, trató de alejarlo dándole golpes con el plano del acero y como no podía lograrlo, le asestó una estocada, hiriéndolo gravemente. La indignación del público fue inmediata. Le gritaron al torero toda clase de improperios y no lo lincharon, gracias a la intervención de las autoridades. Paco murió.
Nosotros conjeturamos que, dada la inteligencia y el amor por la justicia que caracterizaban a ese genial canino, cansado él ya de ver morir toros bajo la espada de los diestros, en esa ocasión se lanzó al ruego interponiéndose entre torero y toro con sus cabriolas, para impedir, suplicante, que el diestro diera muerte a la pobre y cansada bestia.
Consideramos que la existencia de ese maravilloso ejemplar, fue una como compensación de la naturaleza hacia el ser humano. Así como en el mundo siempre hubo, y hay aún, hombres muy perros, el perro Paco fue mucho hombre.
Donde quiera que estén tus huesos, a pesar de la distancia y a más de un siglo de tu muerte, cariñosamente, perro Paco, te saludo.

101 años de Panamá América

 
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