default

El placer como principio


Eso provoca la filosofía epicureista. Pensamiento imprescindible dada la necesidad que hoy tenemos de contar con valores morales más cercanos a la condición humana y alejados del más allá.

Según Fischl, esta doctrina helenista fue la respuesta a la incertidumbre social vivida en tiempos de Alejandro Magno, donde la pérdida de libertad y la influencia de los “bárbaros” hicieron que la humanidad se preguntara si la felicidad terrenal todavía era posible. Freud la rescata, al considerar el principio del placer (Ello) sometido al de la realidad (Yo).

Para Epicuro (341-270 a.C.) “El placer es el principio y el fin de la vida feliz”. Este axioma bastó para que sus detractores lo tildaran de inmoral y lujurioso. En realidad Epicuro, que vivió en la austeridad, planteaba lo que en derecho se llama reversión de la prueba. Mientras la moral vigente se basaba en lo que era bueno o malo, él fijó su atención sobre lo que nos hace bien o mal. Un punto de vista –retomado luego por Spinoza- que delimita los valores inmanentes (propios de la naturaleza humana) de los trascendentes (exteriores a ella). Sus detractores han fijado sus críticas en este principio del placer, en lugar de hacerlo en el estudio del placer como principio. En su carta a Meneceo les responde: “ (…) Cuando decimos que el pacer es el soberano fin, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los sensuales, como pretenden algunos ignorantes que nos atacan”.

Epicuro afirma que el placer es diferencial y se presenta bajo impulsos. El máximo placer se obtiene cuanto mayor sea la diferencia del estadio pulsional previo al de su satisfacción. La satisfacción permanente deja de producir placer. “La lujuria es mala no por el placer que produce, sino porque no produce el placer que promete”. La felicidad es la obtención de una vida placentera, serena, libre de temores y ansiedades.

Lo que impide esa serenidad es el miedo. El temor a los dioses, a la muerte, al futuro y a la naturaleza. “Los dioses existen (…) pero no son como creen la mayoría de los hombres. No es impío el que niega a los dioses del común de los hombres, sino al contrario, el que aplica a los dioses las opiniones de esa mayoría”. Cuando lo acusaron de ateo reafirmó que él creía en las divinidades, “pero esto no significa que tenga que creer en todo lo que los hombres digan sobre ellas”.

Replanteándome su axioma fundamental, diría que la satisfacción mesurada de los “deseos naturales necesarios”, físicos e intelectuales, permite llevar una vida armónica, alejada de temores y ansiedades. Vivir bajo la continua presión de “deseos no naturales e innecesarios” (poder y riqueza) nos hace más dependientes, vulnerables e infelices.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América