El planeta de los cínicos
"SI EL FILÓSOFO ES llamado a vivir lo que dice, entonces ha de decir lo que vive". (P.Sloterdijk). El "kínico" (cínico) de la antigüedad era un moralista insolente que en su implacable crítica a la sociedad de su época, particularmente la urbana, descargaba su mordacidad individualista en contra de la arrogancia de los gobernantes y de los intelectuales. Aunque el fundador de dicha corriente fue Antístenes, la figura destacada ha sido Diógenes de Sínope, de quien se dice vivió dentro de un barril y hacía todas sus necesidades fisiológicas en público. Su frase más célebre ha sido la dirigida al conquistador macedonio Alejandro Magno. Cuando éste le preguntó qué era lo que más quería, para dárselo, Díógenes le respondió: Apártate que me estás tapando el sol.
Diógenes puede haber sido para la filosofía occidental el primer modelo auténticamente liberal, pues vivió como pensaba y pensaba como vivió, a pesar de las críticas y las burlas del establishment griego. Utilizaba una lingüística particular porque, en lugar de palabras, se expresaba con actos. Interrogado sobre su opinión con respecto al tratado platónico sobre el erotismo, respondió masturbándose en público. Según su biógrafo Diógenes Laercio, cuando entre aplausos de la audiencia Platón definió al hombre como un animal bípedo y sin plumas, Diógenes desplumó un gallo y mostrándolo, dijo: Éste es el hombre de Platón. Como los cínicos de hoy, para salir del atolladero, Platón añadió a su definición original: y de uñas planas.
Anécdotas aparte, en nuestra cultura popular al cínico no se lo tiene como un moralista crítico. Su significado ha sufrido una metamorfosis reduccionista y hoy es sinónimo de farsante, aquel que hace lo contrario de lo que dice. De tal forma que valdría la pena llamar kínicos a los críticos mordaces y cínico sólo a los farsantes. Como afirma el autor del epígrafe, "el malestar de la cultura ha adoptado una nueva cualidad: ahora se manifiesta como un cinismo universal y difuso". Su representante típico pareciera ser el hombre burócrata descrito por Gottfried Benn (Controversial médico, poeta y ensayista alemán, 1886-1956). Prohibido tanto por los nazis como por los aliados): "Ser tonto y tener trabajo: he ahí la felicidad".
Aterricemos ahora en el planeta Tierra y analicemos lo que ocurre en nuestro mundo. El avance de la ciencia y la tecnología lo ha hecho del tamaño de un puño. El puñado de civilizaciones y culturas existentes han sido penetradas por los medios de comunicación masivos, las nuevas armas de Occidente. Más poderosas y de mayor penetración que las de destrucción. Muerta la antigua cultura grecolatina y acomodada la judeocristiana al pragmatismo utilitario anglosajón, sus productos tecnológicos: radio, teléfono y televisión han conseguido lo que las guerras religiosas o las de conquista no habían podido lograr hasta ahora.
Un nómada mongol y un beduino árabe se comunican con un aborigen boliviano del altiplano con la misma facilidad que lo hace un japonés con un alemán. Las sociedades se han movilizado, se han acercado y se ven a sí mismas reflejadas en imágenes, pero: ¿Se han comprendido más? ¿Se han limado las diferencias? ¿Se ha igualado la velocidad de información con la del desarrollo económico y social? ¿Se ha universalizado la educación y el trabajo tanto como el uso de esos aparatos? ¿Las políticas de integración cultural son tan poderosas como las de penetración económica? ¿Las religiones monoteístas han avanzado tanto como para identificarse con un mismo Dios de distintos nombres respetando las diferentes formas de interpretarlo? ¿Es posible vivir hoy sin el temor a morir violentamente? ¿Hemos hecho algo para cambiar por la persuasión y el diálogo las decisiones negativas de grupos que se sienten humillados, incomprendidos o tratados injustamente? ¿Nos gobiernan políticos con cierto grado de sentido común y de cordura? ¿Predominan la verdad y la honestidad en el manejo de la cosa pública? ¿Son éticas y socialmente responsables las empresas que producen bienes esenciales para la supervivencia de la especie humana? ¿Son correctas las técnicas de los medios de comunicación social en cuanto a veracidad e independencia de los centros de poder? ¿Declaran ciudadanos, empresas, políticos y corporaciones civiles sus conflictos de intereses en cada uno de sus actos públicos o privados? ¿Tienen igualdad de oportunidades y son los más meritorios los escogidos para el cargo a desempeñar? ¿Cumplen los políticos sus promesas electorales? ¿Son auténticos voceros de sus representados? ¿Es la sociedad la que se beneficia de los individuos o son estos quienes se aprovechan de la sociedad? ¿Es la libertad un derecho humano universal o una simple herramienta utilitaria de una determinada filosofía política y económica?
Estas interrogantes son, apenas, un puñado de inquietudes dispares. Algunas encierran respuestas que demuestran hasta qué grado el cinismo de la época trabaja en silencio, tanto en la sociedad como en el individuo. Como el comején, deja las apariencias intactas, pero carcome por dentro lo que el hombre tiene de digno para poder convivir en un mundo más justo, equilibrado y feliz.
Debemos admitir que el cinismo nos va ganando la partida y le ha abierto las puertas del éxito a la corrupción, cuyo falso poderío admira e imita. Mientras tanto, la función de los auténticos kínicos -lejos de ser ejemplos o modelos sociales- es la de ser espejos de una realidad que refleje la horrenda desnudez de una verdad impúdica que nos disgusta pero que, como los ciegos de Saramago, no queremos ver.
(drjcal@gmail.com)
Diógenes puede haber sido para la filosofía occidental el primer modelo auténticamente liberal, pues vivió como pensaba y pensaba como vivió, a pesar de las críticas y las burlas del establishment griego. Utilizaba una lingüística particular porque, en lugar de palabras, se expresaba con actos. Interrogado sobre su opinión con respecto al tratado platónico sobre el erotismo, respondió masturbándose en público. Según su biógrafo Diógenes Laercio, cuando entre aplausos de la audiencia Platón definió al hombre como un animal bípedo y sin plumas, Diógenes desplumó un gallo y mostrándolo, dijo: Éste es el hombre de Platón. Como los cínicos de hoy, para salir del atolladero, Platón añadió a su definición original: y de uñas planas.
Anécdotas aparte, en nuestra cultura popular al cínico no se lo tiene como un moralista crítico. Su significado ha sufrido una metamorfosis reduccionista y hoy es sinónimo de farsante, aquel que hace lo contrario de lo que dice. De tal forma que valdría la pena llamar kínicos a los críticos mordaces y cínico sólo a los farsantes. Como afirma el autor del epígrafe, "el malestar de la cultura ha adoptado una nueva cualidad: ahora se manifiesta como un cinismo universal y difuso". Su representante típico pareciera ser el hombre burócrata descrito por Gottfried Benn (Controversial médico, poeta y ensayista alemán, 1886-1956). Prohibido tanto por los nazis como por los aliados): "Ser tonto y tener trabajo: he ahí la felicidad".
Aterricemos ahora en el planeta Tierra y analicemos lo que ocurre en nuestro mundo. El avance de la ciencia y la tecnología lo ha hecho del tamaño de un puño. El puñado de civilizaciones y culturas existentes han sido penetradas por los medios de comunicación masivos, las nuevas armas de Occidente. Más poderosas y de mayor penetración que las de destrucción. Muerta la antigua cultura grecolatina y acomodada la judeocristiana al pragmatismo utilitario anglosajón, sus productos tecnológicos: radio, teléfono y televisión han conseguido lo que las guerras religiosas o las de conquista no habían podido lograr hasta ahora.
Un nómada mongol y un beduino árabe se comunican con un aborigen boliviano del altiplano con la misma facilidad que lo hace un japonés con un alemán. Las sociedades se han movilizado, se han acercado y se ven a sí mismas reflejadas en imágenes, pero: ¿Se han comprendido más? ¿Se han limado las diferencias? ¿Se ha igualado la velocidad de información con la del desarrollo económico y social? ¿Se ha universalizado la educación y el trabajo tanto como el uso de esos aparatos? ¿Las políticas de integración cultural son tan poderosas como las de penetración económica? ¿Las religiones monoteístas han avanzado tanto como para identificarse con un mismo Dios de distintos nombres respetando las diferentes formas de interpretarlo? ¿Es posible vivir hoy sin el temor a morir violentamente? ¿Hemos hecho algo para cambiar por la persuasión y el diálogo las decisiones negativas de grupos que se sienten humillados, incomprendidos o tratados injustamente? ¿Nos gobiernan políticos con cierto grado de sentido común y de cordura? ¿Predominan la verdad y la honestidad en el manejo de la cosa pública? ¿Son éticas y socialmente responsables las empresas que producen bienes esenciales para la supervivencia de la especie humana? ¿Son correctas las técnicas de los medios de comunicación social en cuanto a veracidad e independencia de los centros de poder? ¿Declaran ciudadanos, empresas, políticos y corporaciones civiles sus conflictos de intereses en cada uno de sus actos públicos o privados? ¿Tienen igualdad de oportunidades y son los más meritorios los escogidos para el cargo a desempeñar? ¿Cumplen los políticos sus promesas electorales? ¿Son auténticos voceros de sus representados? ¿Es la sociedad la que se beneficia de los individuos o son estos quienes se aprovechan de la sociedad? ¿Es la libertad un derecho humano universal o una simple herramienta utilitaria de una determinada filosofía política y económica?
Estas interrogantes son, apenas, un puñado de inquietudes dispares. Algunas encierran respuestas que demuestran hasta qué grado el cinismo de la época trabaja en silencio, tanto en la sociedad como en el individuo. Como el comején, deja las apariencias intactas, pero carcome por dentro lo que el hombre tiene de digno para poder convivir en un mundo más justo, equilibrado y feliz.
Debemos admitir que el cinismo nos va ganando la partida y le ha abierto las puertas del éxito a la corrupción, cuyo falso poderío admira e imita. Mientras tanto, la función de los auténticos kínicos -lejos de ser ejemplos o modelos sociales- es la de ser espejos de una realidad que refleje la horrenda desnudez de una verdad impúdica que nos disgusta pero que, como los ciegos de Saramago, no queremos ver.
(drjcal@gmail.com)