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El poder de la niñez (I)


Acabo de ver una historia de la vida real en la que un jovencito de 17 años descubre de primera mano la importancia de la vida salvaje y la necesidad de protegerla.

Impulsado por ese tesoro que poseen los jóvenes y que se llama la libertad de espíritu, este jovencito se convierte gradualmente en el héroe que logra convencer a sus compatriotas que deben proteger una especie en peligro de extinción aún a costa de frenar las ambiciosas pretensiones de una multimillonaria empresa maderera.

Una vez más siento que recibo un mensaje que me dice: No abandones a los niños.

Un niño que se rescate hoy y se proteja su integridad espiritual, y su conciencia de que es un ser importante, al que se le dé la oportunidad de dar todo su potencial como ser pensante lleno de talentos ocultos, es un joven que mañana podrá hacer la diferencia para la humanidad, para su país y para su comunidad, y eso merece el empleo de todos los esfuerzos que podamos tener a nuestro alcance.

Hoy escuché, después de mucho tiempo, la grabación de la hermosísima risa de Victoria, una pequeñita de cinco añitos, una risa que tal vez ya no se escucha, que perdió su cristalino sonido y a la que posiblemente embarga la tristeza, la sensación de desamparo, de abandono, está perdiendo la esperanza, y muriendo en ella la idea de que es un ser querido, valorado y valioso.

¿Cómo podemos ignorarla? ¿Dónde dejamos nuestra humanidad? ¿Con qué contradictorio sentimiento podemos condenar a la desgracia a un niño indefenso d diciendo "no es nada nuestro", mientras con una ridícula y cursi expresión de amor decimos que queremos a nuestros niños, que luchamos y trabajamos por nuestros hijos y por su futuro?

Tal vez en unos pocos años, esos niños, si se les da hoy la misma oportunidad que se les da a los hijos afortunados de las familias bien establecidas, se convertirán en líderes que cambien el curso de la historia, o en científicos que contribuyan con un descubrimiento para salvar vidas, entre las cuales puede estar la de usted o la de su familia, o en artistas que dejen su huella indeleble y hermosa en esta vida tan corta y efímera.

Tal vez el problema está en que no nos creemos importantes. Tal vez nuestro espíritu está privado de esa conciencia de que podemos hacer la diferencia, no necesariamente haciendo cosas grandiosas, sino cosas pequeñas, que son las que permiten que las cosas grandiosas lleguen a concretarse.

(Continuará la próxima semana).

101 años de Panamá América

 
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