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El precio de la libertad


En Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, hay un estanque llamado Bethesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua, porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua y el que primero descendía al estanque, después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya tanto tiempo así, le dijo: “¿Quieres ser sano?”. “Señor”, le respondió el enfermo, “no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua. Y entretanto que voy yo, otro desciende antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Al instante, aquel hombre fue sanado, tomó su lecho y anduvo y era el día de reposo. (Juan 5, 2-9).

Para que su libertad fuera realmente eficaz, se encontró con el único que puede liberarnos: Jesucristo, el Salvador. El precio de la libertad de ese hombre fue desear ser libre y se levantó y caminó, pero solo pagando tributo a Dios. Pagar tributo a Dios es reconocer que Él es el único que puede; confesar que sin Él, somos nada; reconocer que Jesús es Hijo del Padre Dios, todopoderoso.

El Señor nos dice que con el poder de Cristo pagamos el precio de la libertad interior, rompemos las cadenas que nos atan a la miseria, al deshonor, a vivir hundidos en la oscuridad de las tinieblas.

Hace varios siglos vivió un hombre llamado William Wallace, el héroe y líder del movimiento que levantó los ánimos y las fuerzas vivas de Escocia contra las garras del Imperio inglés. Pero para poder llevar a ese pueblo organizado a luchar contra los ingleses, tuvo que romper las cadenas del desánimo, falta de fe y creencia en sí mismos y lo logró a base de sembrar esperanza, ánimo y liderarlos en las batallas. Él pagó el precio de su libertad y la de su pueblo con su propia vida.

Juana de Arco fue una muchachita indefensa francesa a quien Dios eligió y llamó para servir a la causa de la liberación del pueblo francés, también del dominio inglés. Creía profundamente en el Señor, se sintió elegida y llamada y el rey creyó en ella para que dirigiera las huestes francesas para derrotar a los ingleses. También fue traicionada y murió quemada viva en la hoguera; pagó el precio de la libertad con su propia vida. Gandhi liberó al pueblo indio del Imperio inglés y le costó la vida, porque fue asesinado. Pero con la resistencia pacífica logró la liberación de su gente.

Simón Bolívar, el Libertador, fue uno de los que promovió la liberación de América Latina del Imperio español. Lo tenía todo, pues era hijo de terratenientes de grandes fincas en Venezuela. Se convirtió en el gran héroe de Latinoamérica, pero pagó muy cara esa libertad. Murió tísico, abandonado en Santa Marta, a los 47 años. Pero gracias a él y a otros, se liberó América del Imperio español. Pagó caro el precio de la libertad.

Jesucristo, el Señor y el Rey, para liberarnos de la muerte eterna, pagó el rescate de nuestra liberación con su propia vida. Ese es el precio de la libertad.

Hermano, alguno habrá escuchado el caso de Nicky Cruz, aquel hombre joven que era dirigente de una pandilla de delincuentes en Estados Unidos y también drogadicto. Después de escuchar la predicación de un hombre que amaba el Evangelio, renunció al pecado. Voluntariamente se recluyó en una habitación y pidió que no lo dejaran salir. Le costó mucho desintoxicarse: se revolcaba en la habitación, pateaba las puertas, golpeaba la cabeza contra las paredes y quería romper las ventanas para salir y consumir drogas. Implorando a Cristo y después de mucho sufrimiento y angustia fue, liberado y se convirtió en un gran predicador. Él pagó el precio de su libertad leyendo el Evangelio, siguiendo a Cristo y desintoxicándose con mucha valentía y el gran deseo de dejarlo.

Si quieres liberarte de la pobreza y la miseria, el odio, la ignorancia, la droga, el licor o lo que sea, hay que pagar un precio. No esperes recibir todo de otros, no creas nunca que las cosas te lloverán del cielo. El Señor te dará mientras tú también luches, te esfuerces y desees verdaderamente romper el yugo de lo que te esclaviza u oprime. Debes pagar el precio por liberarte de miedos, angustias y complejos, pero tienes que desear cambiar, tener metas e ideales y confiar en Dios.

Hermano, sueña y ten ideales, no te quedes allí dormido. Piensa que eres hijo de Dios y, por lo tanto, merecedor de todo lo bueno que el Señor tiene reservado para ti. Él es el camino, la verdad y la vida. Hoy te proponemos a ese modelo, Jesucristo, el hombre libre. En el nombre de Jesucristo, rompe los barrotes que hay en tu alma que te atan al pecado y las tinieblas para que seas libre como el viento. Para eso, hay que nacer del agua y del Espíritu de Dios, porque solo con Él serás... ¡Invencible!

 

101 años de Panamá América

 
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