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El primer preso


TANTA DENUNCIA crea una reacción inicial de euforia justiciera, sembrando la esperanza de que sea cierto que "la justicia tarda pero llega". Sólo que hay esperar que parecen eternas. Y, con el tiempo, si nada ocurre, la esperanza cede espacio a la frustración, al comprobarse que el reino de la impunidad continúa, difundiendo al viento su mensaje contaminante, que mina las instituciones y permea las estructuras nacionales.
Lo dicho no es sólo opinión de quien escribe esta columna. Lo mismo viene repitiéndose cada año en el extranjero, por parte de reputados organismos, tales como Transparencia Internacional, en cuyo "corruptómetro", nuestro país figura siempre en niveles deshonrosos, junto a otras naciones donde el peculado y la coima, son acicate de la pobreza.
En ocasión previa, hablamos de vergüenza. Dijimos que algunos perdieron la capacidad de sentirla y que otros nunca la tuvieron. Sólo así nos explicamos la relativa indiferencia como se reciben los informes anuales del Ejecutivo norteamericano a su Congreso, hablando de lo degradado que están nuestras instituciones judiciales, y el estado de corrupción generalizada en que vivimos.
Por eso, saturados de malas noticias, que nos pintan a una justicia ya no ciega, como suele decirse, sino inválida para los fines que fue concebida, nos da un aire de aliento el que haya caído al menos un preso, el primero, el subdirector de Minas del Ministerio de Comercio e Industrias, - irónicamente, del nuevo gobierno - investigado por un supuesto cobro de coima.
Respetamos la presunción de inocencia del detenido, cuya suerte queda en manos de los tribunales y los investigadores judiciales. Pero al margen de su resultado, el hecho habla bien del ministro del ramo, Alejandro Ferrer, quien con sus hechos, no sólo con palabras, da realidad y sustancia ejemplarizante al mensaje presidencial de "cero corrupción".
La situación es ya insoportable y es preciso que empecemos a aplicar castigo con firmeza.
Hemos llegado a un punto de irrespeto generalizado a todos los niveles.
En frase digna de imprimirse para colocarla en las aulas de todos los colegios, decía el filósofo Platón de la antigua Grecia, discípulo predilecto de Sócrates, lo siguiente: "Las leyes desobedecidas envilecen a los pueblos". Esto es lo que está ocurriendo en nuestro país.

101 años de Panamá América

 
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