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El principio de precaución


Una frase que siempre nos asusta oír es: "soy del gobierno y vengo a ayudarlo". Ahora tenemos más razón de asustarnos porque los funcionarios están aplicando el llamado "principio de precaución" para supuestamente reducir nuestros riesgos, pero lejos de ser ese el caso se ha convertido en una excusa para bloquear una gran cantidad de adelantos e innovaciones, arruinando de paso a varias industrias y causando la muerte de millones de personas alrededor del mundo.
Un reciente ejemplo es el disparate de la Agencia de Protección del Ambiente (EPA, por sus siglas en inglés) al tratar de eliminar el uso del más confiable aparato para tomar la presión arterial, en el que miles de médicos confían por ser el más preciso. La razón oficial es que el mercurio utilizado puede contaminar el aire y el agua cuando el aparato se rompe o es desechado.
La idea básica tras el "principio de precaución" que la EPA y muchas otras agencias reguladoras aplican es que sin existir ninguna evidencia científica sobre peligros reales de un producto, tecnología o actividad, la mera posibilidad es razón suficiente para limitarlo o prohibirlo. Por ejemplo, aunque ha sido utilizado por varias décadas, yo jamás he oído del derrame de mercurio por el rompimiento de un aparato para tomar la presión. Y si sucediera, apenas si resultaría tóxico. El problema es que aparatos de medir la presión que no utilizan mercurio dan resultados erráticos y eso sí es realmente peligroso. En conclusión, la decisión de la EPA es un error, es miope y es peligrosa.
El principio de precaución es presentado como que es preferible estar seguro que equivocarse, pero como las autoridades lo aplican aumenta más bien el riesgo porque enfoca sólo la posibilidad que las tecnologías pueden producir riesgos incontrolables, aún después de haber efectuado muchas pruebas. Algo que está fuera de ese cálculo precautorio es el reconocimiento que aunque nuevas tecnologías introducen nuevos riesgos, la mayoría ofrece beneficios netos. Es decir, logran reducir otros riesgos peores. Por ejemplo: cinturones de seguridad en los automóviles, transfusiones de sangre y los aparatos de medir la presión ofrecen grandes beneficios con un mínimo de riesgo.
Hay muchos ejemplos trágicos de muertes producidas por excesiva precaución. El retraso por varias décadas, en la Europa del siglo XVIII, en la aprobación de la vacuna contra la viruela causó millones de muertes innecesarias. Y hace 30 años, sobre la base de una conjetura sobre la toxicidad en los peces y pájaros del DDT -sin ninguna evidencia de que le hiciera daño a la gente- la EPA redujo drásticamente la producción y uso del DDT, un pesticida increíblemente barato y efectivo que se usaba en todo el mundo para exterminar a insectos que transmiten enfermedades. Durante las dos décadas anteriores a las restricciones impuestas al DDT, alrededor de 100 millones de vidas se salvaron en América Latina, Africa y Asia gracias a ese químico milagroso. Con las restricciones al DDT, la Organización Mundial de la Salud estima que ocurren anualmente entre 300 y 500 millones de casos de malaria en el mundo y que más de un millón de personas mueren cada año.
Otro horrible ejemplo del principio de precaución ocurrió en los años 80, cuando activistas ambientales, alegando que materias carcinógenas derivadas de la clorificación del agua potable eran un riesgo para la salud, convencieron a las autoridades peruanas de reducir el uso de cloro. Esa fue la causa de una epidemia de cólera en América Latina que afectó a 1,3 millones de personas y mató a más de 11 mil.
Los activistas contra el cloro recientemente han arreciado sus ataques contra el plástico utilizado en importantes dispositivos médicos, especialmente los envases para fluidos y sangre, tubos y guantes, como también en los juguetes de los niños y los materiales de construcción. Aplicando el principio de precaución estos activistas alegan que pueden haber efectos adversos a la salud, aunque la evidencia científica indica lo contrario.
Industrias enteras están siendo aterrorizadas y se les niegan productos a los consumidores, mientras que a médicos y pacientes se les impide el uso de herramientas que salvan vidas. El principio de precaución dispara los costos de investigación, inhibe el desarrollo de nuevos productos, desperdicia recursos, restringe el poder de selección de los consumidores, crea nuevos riesgos y se paga con muchas vidas. Sólo de pensarlo me sube la presión arterial.
* Médico y biólogo investigador del Hoover Institution, Universidad de Stanford.
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