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El problema colombiano


Hoy, Colombia es uno de los países más ricos de América, con gente noble, trabajadora e industriosa, pero tales atributos se han quedado pequeños ante el desaforado crecimiento del narcotráfico y la guerrilla, que en los últimos años conviven en una simbiosis sin precedentes, difícil de erradicar. La guerrilla colombiana dejó de ser ideológica desde hace ya varios años y se ha aliado al narcotráfico para salvaguardar su supervivencia, aumentar su poderío bélico y tener a la mano los recursos económicos provenientes de la actividad más despiadada de la tierra: El narcotráfico.
En un seminario dirigido por el periodista Ramón Jiménez Vélez, expusimos una tesis en el sentido de que para erradicar el flagelo de la droga, los gobiernos de Estados Unidos y Colombia debían comprar en las plantaciones toda la producción, con lo que se impediría que hubiese producto terminado, es decir, cocaína o cualquier otro estupefaciente. En adición exponemos los siguientes criterios: Hay que adoptar medidas heroicas, propias de los hombres que quieren enfrentar el problema. Las sumas multimillonarias que destinan los gobiernos de E.U. y Colombia para combatir la actividad, sin resultado positivo, deben ser utilizados en medidas opuestas. Es hora de que los gobernantes legislen en el sentido de que la producción, procesamiento y comercialización, sea legalizada, lo que traería consigo la caída de los precios y estaríamos dando un golpe efectivo. Es cuestión de una regla simple en Economía: Oferta y Demanda. La medida traería beneficios adicionales muy importantes cual es que, hoy, las guerrillas colombianas se nutren con el producto de esta despiadada e inhumana actividad, pues allí radica el poder desmedido de éstas. El poderío económico con que cuentan, en la medida en que hagamos posible la baja de los precios, en esa misma medida se irá debilitando hasta desaparecer. Dichas guerrillas con la aquiescencia del gobierno colombiano controlan en forma absoluta un territorio de más de 54 mil kilómetros cuadrados, que de seguro aumentarán en la medida en que consoliden su poderío económico y bélico, que a decir de muchos, ya es superior a la del gobierno de Colombia. El territorio de Marulanda, que constituye un baldón para el honor de los colombianos, debe revertir al control de su legítimo soberano y sólo se logrará con inteligencia y determinación. La otra medida, tal vez más importante, consiste en la elaboración de un plan con el fin de que a más legalización del consumo de la coca y similares se trace también el de la desintoxicación, que permita la rehabilitación a quienes hayan caído en esta práctica. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos deben tener confianza en el sistema para que, sin inhibiciones de ninguna índole, pidan la ayuda necesaria para llevarlos nuevamente a la vida por el camino del bien y del auto respeto. Hay que deponer las armas, pues han costado muchas vidas, unas porque han caminado equivocadamente, pero otras, inocentes, han pagado un precio que no debieron pagar.
Ya hubo la experiencia de los años 30, cuando se aplicó como medida correctiva la prohibición para erradicar el vicio, el contrabando de licores, con lo que lograron solamente enriquecer a grupos ampones, que se proliferaron en los Estados Unidos y fue sólo hasta cuando se legisló con inteligencia, al legalizar dicha actividad, cuando desaparecieron los grupos organizados, los asaltos, los crímenes y se ejerció nuevamente control sobre territorios que eran ya, tierra de nadie. "Hay que volver a la historia", como dijera Santayana, para que con la experiencia del pasado, podamos corregir los errores del presente, que son muchos, sin que se vea el fin de los mismos. Hay que adoptar medidas heroicas, pero, ¿qué hemos hecho? Se constriñe y se persigue a los productores y narcotraficantes, se decomisa la producción y con ello, suben los precios y hacen más atractiva la actividad y enriquecen más a los destructores de la sociedad. Este tema debe ser resuelto en los términos expuestos y con apoyo de la O.N.U., pero son los países afectados los que deben partir por delante. Si no queremos presenciar la decadencia del género humano, la desaparición del ordenamiento jurídico de todas las naciones, entonces, urgen medidas salomónicas. Debemos volver a los tiempos tranquilos, porque sabíamos que nuestros hijos no eran asediados por tantos malandrines o porque podría haber una bomba, que aún no ha llegado a Panamá, pero que está a la vuelta de la esquina, en nuestras fronteras, porque para ellos no existen fronteras geográficas. Si el pueblo y Estados Unidos no quiere que llegue la decadencia del país más poderoso de la tierra, que cambien de rumbo, porque podrías ser por medio del deterioro de la sociedad estadounidense como podría llegar a su fin. Se imponen medidas como la de los años 30, inteligentes y de las que se obtuvieron los frutos esperados. Los gobiernos tienen la palabra.

101 años de Panamá América

 
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