El problema de la confianza
Ronald Reagan solía decir que un economista es alguien que "observa un hecho y se pregunta si funcionaría como teoría". De hecho, la búsqueda obsesiva de los economistas por encontrar confirmaciones teóricas los ha llevado a un callejón sin salida, separados de la realidad.
El gran ausente en el actual discurso económico es el concepto de la confianza por parte del consumidor y del inversionista en el gobierno y la economía. Esto no fue siempre así. Como decía John Maynard Keynes: "el estado de confianza, como ha sido denominado por algunos eruditos, es una materia a la que los hombres prácticos le ponen la más cercana y ansiosa atención". Otro economista de Cambridge, de la misma época, Frederick Lavington, identificó la confianza como un componente clave del ciclo económico. En su ensayo, El Ciclo Comercial, escrito en 1922, describe "la tendencia que hace que la confianza conduzca a errores de optimismo o pesimismo", lo que dispara períodos de auge y períodos de contracción y quiebras.
Un ejemplo de cómo una teoría económica equivocada erosiona la confianza es Argentina. Los consumidores, inversionistas y empresarios están pesimistas, hartos de las políticas del gobierno. La inversión directa internacional cayó en 66% durante el año pasado. La economía creció apenas un 0,9% durante el primer trimestre de este año, comparado con igual período de 1999. Incluso hay graves advertencias de una posible interrupción del pago de la deuda externa.
El problema comenzó en diciembre de 1999, cuando Fernando de la Rúa llegó a la presidencia Argentina. El nuevo plan administrativo de su equipo, inventado por el FMI, supuestamente lograría bajar las tasas de interés y produciría un auge económico. ¿Cómo? Subiendo los impuestos, con la idea de reducir así el déficit fiscal. Pero añadido a otros problemas internos de la economía argentina, un plan mal diseñado inicialmente ha producido un verdadero desastre. El momento escogido para instrumentarlo fue el peor porque las tasas de interés mundial estaban en alza. Por lo tanto, las de Argentina subieron a la par con las demás.
¿Cómo se puede restablecer la confianza? Un gran golpe de timón es la única salida. Esto es lo que dije en agosto en mi conferencia del Instituto de Ejecutivos Financieros, realizada en Bariloche. Mi consejo: la poco ortodoxa Caja de Conversión Argentina fija el peso en una relación 1 a 1 con el dólar, pero se mantienen las tasas de interés del peso más altas que las del dólar. Mi consejo es eliminar el peso y adoptar el dólar. Esto bajaría las tasas argentinas a niveles de Estados Unidos, hecho que recuperaría la confianza perdida y sería un importante generador de reportajes positivos.
La segunda fase serían reformas contempladas por la economía de la oferta. La ley de impuestos debe simplificarse y se deben reducir las tasas impositivas. El desempleo en Argentina ha ido subiendo sostenidamente desde mediados de los años 80 y hoy es de alrededor del 15%, debido a la gran tajada de los impuestos. También se deben desregular el sistema de salud, los mercados laborales, de salud y los servicios de energía y teléfonos. Esto daría mayor flexibilidad y competitividad a los precios y a la economía, como sucede en Hong Kong.
Las reformas fiscales constituirían la tercera fase. El gasto fiscal ha aumentado a un promedio de un 10% anual desde 1991. Debe ser reducido radicalmente y el gobierno debe seguir el ejemplo neozelandés publicando un estado financiero y de ganancias y pérdidas anualmente. Esto contribuiría a tener una mayor transparencia y reduciría la corrupción.
Mis propuestas fueron recibidas en forma entusiasta por la comunidad financiera argentina, pero no por los economistas argentinos ni de Wall Street. Esto no me molesta. Me recuerda la experiencia de Margaret Thatcher en 1981 en su empeño de lograr confianza y crecimiento. Para volver a encender la apagada economía de su país, la Sra. Thatcher atacó enérgicamente el déficit británico, mientras adelantaba una política monetaria expansiva. Su iniciativa fue condenada de inmediato por 364 distinguidos economistas. En una carta al Times de Londres decían: "las políticas actuales acentuarán la depresión, erosionarán la base industrial de nuestra economía y amenazarán la estabilidad social y política". Pero la Sra. Thatcher fue rápidamente reivindicada. Casi al tiempo en que los 364 firmaban esa carta pública, la economía entraba en pleno auge. La gente tenía confianza en Gran Bretaña otra vez.
Un golpe de timón similar tendría efectos parecidos en Argentina. El capital extranjero fluiría rápidamente. Y la dolarización aumentaría la liquidez. Así, el crecimiento económico rápidamente alcanzaría, o superaría, el 7% logrado en el período 1996-97.
www.aipenet.com
Profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins. Este artículo fue publicado originalmente por la revista Forbes.
El gran ausente en el actual discurso económico es el concepto de la confianza por parte del consumidor y del inversionista en el gobierno y la economía. Esto no fue siempre así. Como decía John Maynard Keynes: "el estado de confianza, como ha sido denominado por algunos eruditos, es una materia a la que los hombres prácticos le ponen la más cercana y ansiosa atención". Otro economista de Cambridge, de la misma época, Frederick Lavington, identificó la confianza como un componente clave del ciclo económico. En su ensayo, El Ciclo Comercial, escrito en 1922, describe "la tendencia que hace que la confianza conduzca a errores de optimismo o pesimismo", lo que dispara períodos de auge y períodos de contracción y quiebras.
Un ejemplo de cómo una teoría económica equivocada erosiona la confianza es Argentina. Los consumidores, inversionistas y empresarios están pesimistas, hartos de las políticas del gobierno. La inversión directa internacional cayó en 66% durante el año pasado. La economía creció apenas un 0,9% durante el primer trimestre de este año, comparado con igual período de 1999. Incluso hay graves advertencias de una posible interrupción del pago de la deuda externa.
El problema comenzó en diciembre de 1999, cuando Fernando de la Rúa llegó a la presidencia Argentina. El nuevo plan administrativo de su equipo, inventado por el FMI, supuestamente lograría bajar las tasas de interés y produciría un auge económico. ¿Cómo? Subiendo los impuestos, con la idea de reducir así el déficit fiscal. Pero añadido a otros problemas internos de la economía argentina, un plan mal diseñado inicialmente ha producido un verdadero desastre. El momento escogido para instrumentarlo fue el peor porque las tasas de interés mundial estaban en alza. Por lo tanto, las de Argentina subieron a la par con las demás.
¿Cómo se puede restablecer la confianza? Un gran golpe de timón es la única salida. Esto es lo que dije en agosto en mi conferencia del Instituto de Ejecutivos Financieros, realizada en Bariloche. Mi consejo: la poco ortodoxa Caja de Conversión Argentina fija el peso en una relación 1 a 1 con el dólar, pero se mantienen las tasas de interés del peso más altas que las del dólar. Mi consejo es eliminar el peso y adoptar el dólar. Esto bajaría las tasas argentinas a niveles de Estados Unidos, hecho que recuperaría la confianza perdida y sería un importante generador de reportajes positivos.
La segunda fase serían reformas contempladas por la economía de la oferta. La ley de impuestos debe simplificarse y se deben reducir las tasas impositivas. El desempleo en Argentina ha ido subiendo sostenidamente desde mediados de los años 80 y hoy es de alrededor del 15%, debido a la gran tajada de los impuestos. También se deben desregular el sistema de salud, los mercados laborales, de salud y los servicios de energía y teléfonos. Esto daría mayor flexibilidad y competitividad a los precios y a la economía, como sucede en Hong Kong.
Las reformas fiscales constituirían la tercera fase. El gasto fiscal ha aumentado a un promedio de un 10% anual desde 1991. Debe ser reducido radicalmente y el gobierno debe seguir el ejemplo neozelandés publicando un estado financiero y de ganancias y pérdidas anualmente. Esto contribuiría a tener una mayor transparencia y reduciría la corrupción.
Mis propuestas fueron recibidas en forma entusiasta por la comunidad financiera argentina, pero no por los economistas argentinos ni de Wall Street. Esto no me molesta. Me recuerda la experiencia de Margaret Thatcher en 1981 en su empeño de lograr confianza y crecimiento. Para volver a encender la apagada economía de su país, la Sra. Thatcher atacó enérgicamente el déficit británico, mientras adelantaba una política monetaria expansiva. Su iniciativa fue condenada de inmediato por 364 distinguidos economistas. En una carta al Times de Londres decían: "las políticas actuales acentuarán la depresión, erosionarán la base industrial de nuestra economía y amenazarán la estabilidad social y política". Pero la Sra. Thatcher fue rápidamente reivindicada. Casi al tiempo en que los 364 firmaban esa carta pública, la economía entraba en pleno auge. La gente tenía confianza en Gran Bretaña otra vez.
Un golpe de timón similar tendría efectos parecidos en Argentina. El capital extranjero fluiría rápidamente. Y la dolarización aumentaría la liquidez. Así, el crecimiento económico rápidamente alcanzaría, o superaría, el 7% logrado en el período 1996-97.
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Profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins. Este artículo fue publicado originalmente por la revista Forbes.