El prodigio de Salzburgo
Wolfgang Amadeus Mozart vino al mundo el 27 de enero de 1756. El genio de Austria era el séptimo hijo de Leopold Mozart y Anna María Pertl. Estaba destinado a vivir meteórica y vertiginosamente: jugaba con el clavicordio a los tres años; a los cinco dio sus primeros conciertos en las cortes reales y papales y ya componía música; se relacionaba con reyes y príncipes arzobispos; a los treinta y cinco había muerto dejando una obra inmortal.
Mozart fue una acumulación y explosión de la energía creadora del universo y de la raza humana, un ser excepcional que raramente aparece en la historia, un productor singular e irrepetible de la evolución y del poder de la vida.
En 1784, a sus veintiocho años, entra en la Logia masónica "por la beneficencia" de Viena. Era la orientación de moda pese a las prohibiciones eclesiásticas de suscribir ideologías condenadas. Optimismo, desarrollo, filantropía, amor a la humanidad eran los lemas inspiradores. La flauta magia fue la obra preñada de aquellos conceptos. Su amigo Joseph Haydn se adhirió también al movimiento de la francmasonería.
Más de 700 obras de música fina: óperas, sonatas, conciertos, misas, dúos, motetes, cuartetos para todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión, un legado gigantesco para la brevedad y fragilidad de su existencia.
Y en medio de la febril producción, la gloria, la pobreza, las decepciones, los conflictos familiares, los altibajos de un hombre que oscila entre el esplendor de su fama y las privaciones "normales" de las grandes figuras de la historia.
Cuando sale de esta vida, en los estertores de su última enfermedad, 5 de diciembre de 1791, la Revolución Francesa está sacudiendo el orden político y social de Europa. Es la agonía del "ancien regime" y la agonía de Mozart. Aún le quedan pocas energías para componer una Misa de Difuntos, con la gran secuencia del Réquiem (K 626) que fue su propio epitafio musical. Lo dejó inconcluso en el verso "Lacrimosa" como inconclusa fue su existencia.
El clero se negó a auxiliar espiritualmente en el instante final a quien estuvo afiliado a la masonería clásica del siglo XVIII, a él que había dedicado tanto de su talento a la música sacra.
Bajo una ventisca de nieve, con un acompañamiento muy reducido, su menudo cuerpo fue tirado a una fosa común, perdiéndose para siempre el lugar de su sepultura.
Han transcurrido dos siglos y medio del nacimiento del Prodigio de Salzburgo.
Pero la música mozartiana, de inconfundibles compases de terciopelo, cautiva al mundo y constituye un legado que el tiempo no hace más que acrecentar.
Mozart es una realidad y un símbolo de las alturas a las cuales puede ascender nuestra especie, lo cual me recuerda la frase del filósofo francés Bergson: el fuego que arde en el centro de la tierra sólo es visible en la cumbre de los volcanes.
La totalidad de su trabajo musical lleva la marca de la eternidad. El efecto Mozart estremece estéticamente a todas las generaciones.
Mozart fue una acumulación y explosión de la energía creadora del universo y de la raza humana, un ser excepcional que raramente aparece en la historia, un productor singular e irrepetible de la evolución y del poder de la vida.
En 1784, a sus veintiocho años, entra en la Logia masónica "por la beneficencia" de Viena. Era la orientación de moda pese a las prohibiciones eclesiásticas de suscribir ideologías condenadas. Optimismo, desarrollo, filantropía, amor a la humanidad eran los lemas inspiradores. La flauta magia fue la obra preñada de aquellos conceptos. Su amigo Joseph Haydn se adhirió también al movimiento de la francmasonería.
Más de 700 obras de música fina: óperas, sonatas, conciertos, misas, dúos, motetes, cuartetos para todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión, un legado gigantesco para la brevedad y fragilidad de su existencia.
Y en medio de la febril producción, la gloria, la pobreza, las decepciones, los conflictos familiares, los altibajos de un hombre que oscila entre el esplendor de su fama y las privaciones "normales" de las grandes figuras de la historia.
Cuando sale de esta vida, en los estertores de su última enfermedad, 5 de diciembre de 1791, la Revolución Francesa está sacudiendo el orden político y social de Europa. Es la agonía del "ancien regime" y la agonía de Mozart. Aún le quedan pocas energías para componer una Misa de Difuntos, con la gran secuencia del Réquiem (K 626) que fue su propio epitafio musical. Lo dejó inconcluso en el verso "Lacrimosa" como inconclusa fue su existencia.
El clero se negó a auxiliar espiritualmente en el instante final a quien estuvo afiliado a la masonería clásica del siglo XVIII, a él que había dedicado tanto de su talento a la música sacra.
Bajo una ventisca de nieve, con un acompañamiento muy reducido, su menudo cuerpo fue tirado a una fosa común, perdiéndose para siempre el lugar de su sepultura.
Han transcurrido dos siglos y medio del nacimiento del Prodigio de Salzburgo.
Pero la música mozartiana, de inconfundibles compases de terciopelo, cautiva al mundo y constituye un legado que el tiempo no hace más que acrecentar.
Mozart es una realidad y un símbolo de las alturas a las cuales puede ascender nuestra especie, lo cual me recuerda la frase del filósofo francés Bergson: el fuego que arde en el centro de la tierra sólo es visible en la cumbre de los volcanes.
La totalidad de su trabajo musical lleva la marca de la eternidad. El efecto Mozart estremece estéticamente a todas las generaciones.