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El próximo Ministro de Educación


Está demás hablar de la crisis educativa. Todo Panamá sabe la debacle por la que atraviesa el sistema, especialmente en el sector oficial. La inmensa mayoría de la población conoce sus causas y sus efectos, porque están a la vista. Lo que ahora existe es una gran expectativa por la suerte del sector en el próximo gobierno.

Conveniente sería que el próximo Presidente de la República designara a un ministro de Educación con la reciedumbre, preparación y voluntad para acometer una labor que requiere de determinación, pero también de tolerancia y espíritu de consenso. Que respete al profesional del sector, tanto docente como administrativo, no importa cuál sea su nivel, para que la armonización se convierta en una vía para la solución de muchos de los problemas existentes. Que, independientemente de las posiciones de libre nombramiento y remoción, no cometa el craso error que otros han cometido al destituir a humildes trabajadores manuales para responder al maldito clientelismo político, aupados por los “caudillos” de colectivos políticos tradicionales. Esta nefasta práctica introduce nerviosismo e improductividad, y eso no es lo que requiere el sistema.

El nuevo titular del ramo deberá tener capacidad de diálogo; que comprenda la dimensión de su responsabilidad, y que empiece por definir una estrategia para alcanzar la calidad y la equidad de la educación panameña. Para ello, deberá establecer comunicación franca, sincera y abierta con el gremio docente, padres de familia y el resto de la sociedad civil, incluyendo a estudiantes de niveles avanzados. Si no ha estado inmerso en la dirigencia gremial, mejor aún, pues alejará la suspicacia y enhestará el ánimo de colaboración magisterial.

La estéril y permanente confrontación con los dirigentes magisteriales debe ser superada, y los gremios deben asumir consciencia de que lo que ahora se necesita es de un entendimiento nacional para superar la crisis educativa, sin renunciar a sus inalienables derechos. Es aconsejable, por el bien del país, anteponer los intereses de la educación y la de sus destinatarios, a cualquier aspiración particular o de grupo. Con su trabajo, participación activa y eminentemente profesional, no hay dudas, el docente podrá reivindicar muchas de las conquistas perdidas en la última década. Podrá alcanzar el liderazgo que otrora lo distinguió en todos los recodos de la geografía istmeña.

Quiera Dios que la política partidista no siga obstruyendo el avance educativo y que el espíritu de Nación, de Patria y de estadistas, permita avanzar hacia la modernización del sistema. ¡Panamá lo necesita!

101 años de Panamá América

 
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