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El pueblo de los pescadores


Invitado por un amigo colombiano, Jaiguer y su hermosa familia llegamos al pueblo de los pescadores en la comunidad de Santa Clara. Nos recibieron persona muy gratas, de espléndidas sonrisas pero lo que me llamó la atención fue el potencial comercial que detrás de ese movimiento semanal se da, no sólo aquí, sino en cada una de las playas de nuestro país. Nuestro primer contacto fue con la famosa Sra. Chola, quien nos brindó su casa. Diego, otro de lo lugareños, también nos abrió su hogar.

La Comunidad de los Pescadores es un sitio a orillas de la playa, donde los residentes viven de la pesca desde hace lustros. Amenazados por el boom de las compras de sitios paradisiacos para hacer emporios playeros para ricos, su vida transcurre sin sobresaltos; son tranquilos y amigables.

Desde que despunta el alba, la actividad del fin de semana inicia: se preparan las viandas, se ve la búsqueda de hielo para las frías, se arman los toldos para los visitantes a la playa. Las que tiene hamacas, sillas y mesas son las más caras frente a las que no lo tienen. El camión de las pipas llega, cientos de ellas son traídas y vendidas en el día pero antes, al despuntar el alba se ve actividad en la playa ya que los pescadores, jóvenes y viejos se aprestan a salir en busca de los peces que luego, tan pronto son sacados del bote, son vendidos. Si la pesca es buena, cada bote con unos cuatro a cinco pescadores pueden reportar hasta cien dólares diarios para cada uno.

En el lugar hay un sitio para aparcar los carros que son cuidados por un módico precio, otros se estacionan bajo la mirada atenta de los dueños de los lotes en sus linderos. Cientos de visitantes llegan a la playa durante estos días de estación seca, entre ellos muchos extranjeros, especialmente colombianos.

La actividad nocturna también envuelve a los lugareños y se lleva a cabo un convivio en donde todos bailan al son de la música típica o el vallenato, muy de moda. Para ese momento, la gran mayoría de sus visitantes se ha marchado y otros deciden pernoctar en casas de campaña en la playa.

Mas tarde los jóvenes se concentran para dialogar. No están maleados, al contrario muchos estudian, pero su principal actividad es la pesca, garantizando la continuidad del oficio de sus progenitores. Así pasan las horas, y todos se van a dormir. No se siente la inseguridad de otros lugares.

Conocí a Bayo, uno de los pescadores más viejos y que todos admiran y respetan. A él acuden para consultarlo en la toma de decisiones que puede afectar la comunidad. Hablamos sobre el lugar, de como el General Torrijos se trasladaba desde Farallón caminando por la playa y los visitaba. Hablaron mucho con él, viviendo sus inquietudes y desvelos. Hoy, él se muestra decepcionado de la política, no confía en nadie y no piensa votar en esta ocasión. Así entre el diálogo y la pesca, se percata que ese día no podrá salir a pescar porque su bote no está preparado para ello.

Este es un pequeño pueblo del litoral pacífico del país, una grata experiencia, que recomiendo vivir pero no sólo con el criterio de divertirse, sino de convivir con sus pobladores. Ellos se ingenian para poder ofrecer a los cientos de turistas lo mejor de sí: ricas viandas, un lugar para acomodarse bajo sombra o la venta de "souvenir" como sombreros, hamacas ofrecidas en alquiler quedando luego un recurso que sirve de sustento para sus familias. Un ejemplo de una comunidad que con esfuerzo enfrenta las adversidades de la vida.

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