El respeto es fórmula de la paz
Mientras más lo pienso, el respeto es la fórmula de la paz y de la sana convivencia. Cuando uno analiza las causas que llevan a una crisis en las relaciones personales, un 95% se deben a la falta de respeto de uno hacia otro o de ambos hacia ambos.
Esto se da en casos diarios como entre marido y mujer: El hombre que llega exigiendo en su casa ‘asumiendo’ que su mujer se abanicó todo el día porque el único que se zurra trabajando es él. La mujer que desquita en sus hijos las frustraciones de su relación matrimonial o el exceso de trabajo al que se siente sometida. Los niños son también personas sólo que de menos edad y menos defensas. Se les debe respeto desde que nacen. El niño que tortura un animal, su forma de sentirse superior y descargar las injusticias de que se siente objeto. Los animales en su mayoría son seres pensantes y hasta sentimentales.
Profesores que se vengan en los alumnos haciéndolos sentir inadecuados y exhibiéndolos frente a los compañeros. La persona que le pita al chofer del carro de enfrente cuando no sabe si este acaba de dejar a su hijo en el hospital y está saliendo medio aturdido a conseguir unas medicinas.
Para empezar, si respetas, no juzgas. Si respetas, tratas de entender y ponerte en los pies del otro antes de opinar. Si respetas no asumes; primero preguntas. Si respetas no rompes la confianza que otros han depositado en ti. Tampoco humillas a tus semejantes. Eso es denigrarlos y si no lo harías con tu madre, no lo hagas contra nadie.
Cuando faltamos al respeto, dejamos en evidencia nuestros complejos, las limitaciones y la falta de sensibilidad humana. Prueba tangible de la incapacidad de ver las situaciones en perspectivas diferentes a la nuestra. Esto si es una deficiencia social reprochable que hemos de corregir en nosotros mismos antes de tachar a otros. No hay que esperar vivir una experiencia para entender sus resultados. Hay que adelantarse con la imaginación y medir las consecuencias que traerán nuestras reacciones.
Recordemos, toda persona tiene su historia. En la mayoría de la gente, después de raspar un poco la superficie encuentras a un héroe cotidiano. Respeta a todos: grandes, chicos, indigentes, jefes, animales y plantas. Cada uno es un regalo de Dios.