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El Rey perdió su majestad


Durante su ya largo reinado, Juan Carlos I ha asistido a más cumbres, iberoamericanas, europeas u otras, que todos los Jefes de Estado que estuvieron en Chile; por ello, fue incongruente que perdiera su majestad. De haberse conducido a tono con su investidura pudo haberse lucido, pero, en cambio, trastabilló feamente; empañó su imagen; puso en aprietos al presidente Rodríguez Zapatero; y olvidó la cortesía que debía a la anfitriona de la cumbre.

Si al Rey lo irritaban las alusiones del presidente Chávez a José María Aznar, conservando su sitio, debió acordar con Rodríguez Zapatero, que es quien gobierna España, que le cediera la palabra; haberse dirigido a la presidenta Bachelet (en esos foros, salvo que se trate de un diálogo informal, los oradores deben dirigirse a la presidencia de la reunión) y haberle solicitado que llamara al orden al presidente Chávez. De haberlo hecho, hubiera salido por la puerta grande.

Pero el asunto no estuvo circunscrito a una cuestión de formas y maneras. El mar de fondo es el hecho, irrefutable, de que el Sr. Aznar, apoyó el golpe de Estado contra Chávez. La conducta del embajador español en Caracas, evidenció un reconocimiento al fugaz gobierno presidido por el señor Carmona; y nunca pudo darse sin el conocimiento y consentimiento del señor Aznar. Y que el presidente Chávez lo sacara a relucir en la cumbre de Chile no justificaba el exabrupto real.

El presidente Rodríguez Zapatero, hasta donde correspondía, invocando una posición de país, y más por hidalguía política que por defender la metida de pata de Aznar, que era y es indefendible, "tiró el capote para intentar el quite" y lo manejaba muy bien hasta que sobrevino la abrupta reacción del monarca.

En España, como no podía ser de otra manera, pues la mayoría es monárquica, han intentado salvarle cara a Juan Carlos. Los sectores "más realistas", encabezados por el Partido Popular, de Aznar y Rajoy, aportaron las notas más estridentes. Y, de paso, injustamente, la emprendieron contra Rodríguez Zapatero. El resto de la sociedad expresó un respaldo más tibio; pero no faltaron voces que, con objetividad, desaprobaron la conducta de "su Rey".

Fuera de España, la conducta real ha provocado reacciones variadas. Los antichavistas la celebraron; pero otros sectores, con mejor criterio y mucha agudeza, han apuntado que la prepotencia del Rey Juan Carlos pareció más propia de los tiempos de Carlos V y que, en cierta medida, trasuntó el sentimiento que, desgraciadamente, todavía anida en algunos corazones españoles, de que América sigue en deuda con la ex madre patria, a la que, como consecuencia, le asiste el derecho imperecedero de tutelarnos.

Para las próximas cumbres, y para evitar repeticiones incómodas, sería conveniente que, desde sus etapas preliminares, se recordara que en América no existen reyes y que si a ellas asiste alguno, viene sin corona, por su condición de Jefe de Estado, que es igual, ni más ni menos, a la de todos los otros participantes.

101 años de Panamá América

 
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