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El rol de la oposición


Dentro del partido político más grande del país, que también es el principal partido de oposición, existe una evidente discrepancia entre dos corrientes, una liderizada por su actual secretario general, Martín Torrijos, y la otra por Ernesto Pérez Balladares, el secretario anterior. Este acusa a aquél de ejercer una oposición cariñosa y complaciente, casi acomodaticia. Martín no ha explicado la razón de su estilo cooperador, pero continúa apoyando los principales proyectos del Ejecutivo, como se evidenció en la reciente aprobación del nuevo presupuesto estatal. Cuando éste fue presentado, la oposición objetó acremente un globo de 500 millones de dólares de ingresos altamente improbables. Sin embargo, acabó aprobándolo con una cifra muy cercana a la original, ignorando sus propias críticas iniciales.
Como en política poco se hace por capricho, debemos suponer que la estrategia de Martín se basa en consideraciones sólidas, que buscan apuntalar a un ejecutivo débil antes que contribuir a su descalabro. Y es que la situación del gobierno de Moscoso mete miedo. La moral está por el suelo entre los funcionarios de alto nivel. No parece existir liderazgo ni programa de acción. Es un gobierno reactivo, que ya no propone soluciones. Los subalternos ignoran con desprecio las órdenes superiores. Los ministros prefieren sus negocios a los proyectos nacionales. Los organismos de seguridad están desarticulados y no aguantarían el primer enfrentamiento con un grupo extranjero. Por razones políticas han despedido a gente capaz y por las mismas razones la han reemplazado con personas inexpertas y en muchos casos de inferior calibre. El resultado ha sido una burocracia inefectiva, cuya única función es satisfacer los compromisos políticos de los partidos oficialistas.
Ante esta realidad, una oposición agresiva e intransigente podría dar al traste con este gobierno legítima y equivocadamente electo.
La otra justificación del estilo martinista es que nadie podrá reclamarle responsabilidad por la pésima gestión de Moscoso. El mensaje es que no es el PRD quien no deja trabajar a Mireya, es ella la que no sabe trabajar y no puede culpar a la oposición por su falta de resultados.
Pero en el mejor espíritu dialéctico, este estilo cooperador tiene también su desventaja y es el precio que estamos pagando todos al sufrir los efectos de la falta de liderazgo y la incapacidad. Debo confesar que cuando Pérez Balladares catalogó la gestión mireyista como el peor gobierno de la historia republicana pensé que exageraba, pero el tiempo le ha dado la razón. Una oposición complaciente no sólo no ayuda a corregir tanto disparate, sino que sostiene un proceso agónico donde la principal víctima es el pueblo. Sin embargo es evidente que después de una crisis tan terrible como la que vivimos hace diez años, estamos dispuestos a aguantar lo imposible antes que truncar la institucionalidad.
Por otra parte no es responsabilidad de la oposición sostener a un gobierno incapaz. En todo cas, su función es la de corregirle el rumbo y acicatearlo para mejorar su desempeño. ¿Quién sabe si la proverbial terquedad de Mireya Moscoso, con tantas oportunidades desaprovechadas para enmendar su rumbo, hubiese sido corregida con una oposición más agresiva?
Martín Torrijos debe reconsiderar su rol, no sea que por un espíritu mal entendido de cooperación se convierta en cómplice de la incapacidad oficialista y queme sus posibilidades de ascender al solio presidencial en el próximo período.

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