El señuelo de la publicidad engañosa
Sin duda, seguir las tendencias de la moda puede ayudarnos a mejorar nuestro estilo de vida, aspecto y hacer que nos sintamos más seguros de nosotros mismos. Nuestro modo de vestir, y de consumir toda clase de productos que se nos antoje y que esté encuadrado bajo el último grito de la moda, a menudo influye en cómo nos ven los demás. Por otro lado, no queremos sentirnos fuera de lugar, de ahí que consumimos cosas de un estilo más o menos parecido al de las personas que nos rodean.
Y, ¿qué decir cuando se observa la promoción de algún producto y se nos es bombardeado con todo un conjunto de mensajes en los que el hedonismo, la posición social y la admiración juegan un papel crucial? Por todo lo anterior, existe el peligro de sucumbir a la sutil presión de una publicidad engañosa en que la seducción juega un papel importante sin medir los riesgos que ello produce.
Por ejemplo, ¿quién no desearía tener en sus manos un auto último modelo? Las empresas de automóviles suelen ceder el producto sin tomar en consideración -si debido a un accidente o daño- la venta de las piezas para su reparación posterior. Lo mismo sucede cuando se va a adquirir una vivienda nueva, con el solo hecho de que se ofrezcan las comodidades y necesidades elementales al ser habitadas. Hay empresas promotoras de viviendas que no presentan lo que suele aparecer en la propaganda proyectada. Cuando esto ocurre, el resultado social y psicológico puede ser devastador. Recordemos las últimas inundaciones registradas.
Los seres humanos tenemos un conjunto de inclinaciones que nos hacen frágiles. Nuestro desprecio por el sufrimiento, la vejación o el dolor de cualquier forma son importantes aliados de cualquier publicista o promotor, sin escrúpulos. Efectivamente, la publicidad no debe manipularnos al grado que sus creadores desean, pero la influencia de los mensajes es, a pesar de todo, poderosa. La publicidad apelará a productos socialmente deseables y frecuentemente pierde de vista a la persona como un ser de dignidad inviolable para convertirle en "los apetitos de placer y poder de otros". En otros casos (más frecuentes cada día), la publicidad simplemente apela a formas sutiles de engaño, y en este sentido cada vez es más corriente atentar contra la dignidad y el dinero del que consume el producto con la creencia que su adquisición es la mejor.
El dilema moral de la publicidad es muy simple: "O ayudan a la persona humana a crecer en su conocimiento y práctica de lo que es verdad y bueno, o son fuerzas destructivas en conflicto con el bienestar humano". Desde una descarada mentira hasta la explotación y uso de métodos de persuasión con motivos corruptos, la publicidad sí tiene un lado oscuro.
Para los publicistas existe un compromiso moral. La publicidad no es intrínsecamente mala, pues juega un papel importante fomentando el crecimiento económico al servicio del desarrollo humano. La publicidad ayuda al mantenimiento económico de publicaciones, programas y productos que contribuyen a una mejora en la calidad de vida. Existe publicidad de excelente calidad estética e intelectual. También puede ser una fuerza inspiradora e incluso alegrar la vida mediante el ingenio, buen gusto y diversión que puede brindar. La publicidad, además, puede ser un medio poderoso para propagar el bien.
Ha quedado clara la responsabilidad de los publicistas. Pero, ¿dónde queda el consumidor? ¿Está destinado a ser un mero receptor de mensajes? ¿Su posición es la de la pasividad? Nada más lejos de eso. De hecho, quien tiene el verdadero poder no lo tiene la publicidad -contra lo que podría parecer-, sino el consumidor final. No hay nada que aterrorice más a un publicista o a sus clientes que una campaña que fracasa.
El consumidor tiene el poder de no comprar los productos cuya publicidad es poco ética, explota a la persona humana o, mediante su mal gusto, es chocante. El consumidor es la parte vital de la economía, de los ciclos de ventas, es en realidad el principio y el fin del publicista. Un publicista que detecta que sus campañas de mal gusto no venden, deja de hacerlas. El consumidor no es un ente pasivo, tiene el gran poder de rehusarse, de decir no a los productos que intentan ser vendidos de manera chapucera, poco moral o descaradamente engañosa. Es por ello, que antes de obtener el producto es necesario abrir los ojos, los oídos, y sobre todo el intelecto para no dejarse engañar. Hay que actuar con malicia.
En la mayoría de los casos de engaño, hay un factor de desigualdad, desigualdad de muchos tipos de recursos pero, fundamentalmente, de situación y poder. Vivimos en un país de contradicciones y paradojas, y quizás aceptemos por esas razones el engaño auspiciado desde hace muchos, pero muchos años, por los que manejan la cosa pública. Y, entonces, ¿cómo no explicar la existencia del engaño en la publicidad?
Y, ¿qué decir cuando se observa la promoción de algún producto y se nos es bombardeado con todo un conjunto de mensajes en los que el hedonismo, la posición social y la admiración juegan un papel crucial? Por todo lo anterior, existe el peligro de sucumbir a la sutil presión de una publicidad engañosa en que la seducción juega un papel importante sin medir los riesgos que ello produce.
Por ejemplo, ¿quién no desearía tener en sus manos un auto último modelo? Las empresas de automóviles suelen ceder el producto sin tomar en consideración -si debido a un accidente o daño- la venta de las piezas para su reparación posterior. Lo mismo sucede cuando se va a adquirir una vivienda nueva, con el solo hecho de que se ofrezcan las comodidades y necesidades elementales al ser habitadas. Hay empresas promotoras de viviendas que no presentan lo que suele aparecer en la propaganda proyectada. Cuando esto ocurre, el resultado social y psicológico puede ser devastador. Recordemos las últimas inundaciones registradas.
Los seres humanos tenemos un conjunto de inclinaciones que nos hacen frágiles. Nuestro desprecio por el sufrimiento, la vejación o el dolor de cualquier forma son importantes aliados de cualquier publicista o promotor, sin escrúpulos. Efectivamente, la publicidad no debe manipularnos al grado que sus creadores desean, pero la influencia de los mensajes es, a pesar de todo, poderosa. La publicidad apelará a productos socialmente deseables y frecuentemente pierde de vista a la persona como un ser de dignidad inviolable para convertirle en "los apetitos de placer y poder de otros". En otros casos (más frecuentes cada día), la publicidad simplemente apela a formas sutiles de engaño, y en este sentido cada vez es más corriente atentar contra la dignidad y el dinero del que consume el producto con la creencia que su adquisición es la mejor.
El dilema moral de la publicidad es muy simple: "O ayudan a la persona humana a crecer en su conocimiento y práctica de lo que es verdad y bueno, o son fuerzas destructivas en conflicto con el bienestar humano". Desde una descarada mentira hasta la explotación y uso de métodos de persuasión con motivos corruptos, la publicidad sí tiene un lado oscuro.
Para los publicistas existe un compromiso moral. La publicidad no es intrínsecamente mala, pues juega un papel importante fomentando el crecimiento económico al servicio del desarrollo humano. La publicidad ayuda al mantenimiento económico de publicaciones, programas y productos que contribuyen a una mejora en la calidad de vida. Existe publicidad de excelente calidad estética e intelectual. También puede ser una fuerza inspiradora e incluso alegrar la vida mediante el ingenio, buen gusto y diversión que puede brindar. La publicidad, además, puede ser un medio poderoso para propagar el bien.
Ha quedado clara la responsabilidad de los publicistas. Pero, ¿dónde queda el consumidor? ¿Está destinado a ser un mero receptor de mensajes? ¿Su posición es la de la pasividad? Nada más lejos de eso. De hecho, quien tiene el verdadero poder no lo tiene la publicidad -contra lo que podría parecer-, sino el consumidor final. No hay nada que aterrorice más a un publicista o a sus clientes que una campaña que fracasa.
El consumidor tiene el poder de no comprar los productos cuya publicidad es poco ética, explota a la persona humana o, mediante su mal gusto, es chocante. El consumidor es la parte vital de la economía, de los ciclos de ventas, es en realidad el principio y el fin del publicista. Un publicista que detecta que sus campañas de mal gusto no venden, deja de hacerlas. El consumidor no es un ente pasivo, tiene el gran poder de rehusarse, de decir no a los productos que intentan ser vendidos de manera chapucera, poco moral o descaradamente engañosa. Es por ello, que antes de obtener el producto es necesario abrir los ojos, los oídos, y sobre todo el intelecto para no dejarse engañar. Hay que actuar con malicia.
En la mayoría de los casos de engaño, hay un factor de desigualdad, desigualdad de muchos tipos de recursos pero, fundamentalmente, de situación y poder. Vivimos en un país de contradicciones y paradojas, y quizás aceptemos por esas razones el engaño auspiciado desde hace muchos, pero muchos años, por los que manejan la cosa pública. Y, entonces, ¿cómo no explicar la existencia del engaño en la publicidad?