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El sindicalismo en decadencia


Una democracia deja de ser una mera quimera cuando es participativa y sus ciudadanos están convencidos de que son tomados en cuenta. La democracia, "el predominio de las mayorías en el gobierno de un Estado", requiere para su fortalecimiento y viabilidad que todos sus habitantes sientan y crean firmemente que no se pueden marginar de los acontecimientos nacionales y que son parte integrante de un sistema político. El, como ciudadano, tiene sus deberes y sus derechos con su país.
La democracia se sostiene sobre pilares muy sólidos: libertad y participación.
La libertad conlleva muchas cosas (derecho a expresarse y a reunirse sin limitaciones; a practicar el culto religioso de sus creencias; al trabajo, a la educación, salud y a su seguridad personal). Su mejor definición nos la dio el Presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, cuando la recogió muy claramente en sus famosas "Libertades".
La participación, el otro pilar en que descansa la democracia, la ejerce el ciudadano y es su potestad. La hace en distintas formas: a través de partidos políticos, gremios y sindicatos, y organizaciones cívicas y religiosas. Los partidos, a pesar de las claras intenciones de limitar a dos su participación en el escenario nacional, han logrado, por la presión pública, hasta ahora mantener su vigencia otras cinco agrupaciones que en sus filas recogen a buen número de ciudadanos, más que los dos partidos tradicionales juntos.
Las organizaciones cívicas y religiosas crecen y cada vez son más activas e intervienen creciente y positivamente en muchos asuntos de interés nacional.
Los sindicatos no han estado a la altura de las circunstancias. Su membresía va en continuo, alarmante y preocupante decrecimiento.
Hoy no creo que estén inscritos en los sindicatos más del 15% de la población laboral. Sus líderes parece que no han evolucionado con el tiempo y siguen las mismas consignas de hace varios lustros. Todavía confían y defienden el paternalismo, al menos actúan como si creyeran que él es la solución a todos los males que nos afectan, en especial a la clase trabajadora.
Los intereses personales y ambiciones políticas, de esos "líderes", parecen prevalecer sobre el interés colectivo, de otra manera no se explica como, a diferencia de lo que ocurre en otros países, el sindicalismo panameño se debilita año tras año. Algunos de sus dirigentes, al menos los más visibles, no saben expresarse bien. Hablan mal, inclusive unos educadores dan muestra de su poca cultura y son mal ejemplo para los jóvenes a quienes deben educar. Constituyen un descrédito para la clase educadora. Tienen, varios de ellos, además, una personalidad desagradable que provoca rechazo en lugar de cautivar a sus seguidores. No pueden, en consecuencia, impactar favorablemente en los trabajadores. Esos individuos, que al contarlos sobran en una mano, se han auto abrogado la representación de la clase trabajadora. Su postura demagógica, su oposición sistemática a algunas medidas, que de aplicarse pudieran mejorar la condición económica del panameño y, peor aún, su oposición tenaz a todo lo que pudiera disminuir el desempleo, uno de los factores que más está afectando la calidad de vida del panameños y la seguridad ciudadana, son temas que pareciera no interesarles. Buscan sólo mantener su vigencia y protagonismo. Su actitud, por ejemplo, de oponerse sistemáticamente a todo cambio que conduzca a salvar al Seguro Social, que no sea el plan -descabellado por cierto- que ellos proponen, es una prueba manifiesta del negativismo que inspira a esos 4 ó 5 pseudo dirigentes.
No entienden o no quieren entender que la solución a la crisis de la CSS requiere un "sacrificio compartido". Son algunos medios de comunicación y las propias autoridades del gobierno quienes les han dado la beligerancia que no tienen ni se merecen. Ellos se guían por teorías ideológicas que poco a poco, menos en ellos, han ido evolucionando y flexibilizando sus posturas en todas las latitudes. Hay sindicalistas responsables como Julia Suira, Martín González, Norma Cano, Mariano Mena y Luis González, entre muchos otros, cuyas posiciones en defensa, por supuesto, del interés de la clase trabajadora son ensombrecidas por la dialéctica violenta de unos pocos demagogos.
Nuestra incipiente democracia requiere para su fortalecimiento de un sindicalismo sólido y representativo. El debe abrir sus puertas y dar paso a nuevos dirigentes hoy marginados por las componendas que se vienen dando y que le dan una permanencia casi de eternidad a esos 4 ó 5 que son los responsables del deterioro que hoy se registra en el sindicalismo istmeño.
En nuestra sociedad no puede haber discrepancias en cuanto al papel vital que deben jugar los sindicatos. Ellos son, en primera y última instancia, quienes representan y defienden al trabajador.
El sindicalismo no puede ser "amarillo", pero tampoco radical e inmaduro. Un país que cuenta con un gobierno democrático, una empresa privada agresiva y un sindicalismo responsable logra metas positivas de progreso y Panamá lo menos que puede esperar es que esto sea una realidad.
Tenemos el talento y la buena voluntad, falta un poco de desprendimiento y de menos egoísmo. Pensemos, pues, primero en el país y después en nuestros intereses personales o gremiales.

101 años de Panamá América

 
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