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El sueño constitucional


Vuelve a la palestra pública el tema de las reformas constitucionales. Al decir de Juan Bautista Vicco, se trata de un permanente corsi et recorsi (ir y venir). Como que nos encanta distraernos. Lo más interesante son las controversias o polémicas que se generan. Todos los interlocutores que participan, sin excepción alguna, se consideran peritos en la materia. Algunos han llegado, inclusive, a redactar ya las normas constitucionales y a hacer de éstas proyectos de normas. En realidad, el tema de las reformas pareciera aproximarse a un sueño que gira en torno a la Constitución panameña. Pero entiéndase "sueño" no en el sentido de expectativa o esperanza, sino del que pernoctando, sufre virulentas pesadillas.
Debemos ponernos de acuerdo en algunas cuestiones: la Constitución de 1972, por mucho que quieran sus defensores seguirla presentando como un texto bueno, frente al actual constitucionalismo, se halla totalmente desfasada; la Corte Suprema de Justicia, sobre todo en la última década, ha tenido que recurrir a una hermenéutica constitucional que en no pocos casos implica que se desfase, completamente, el hecho o materia de la controversia jurídica frente al alcance del mismo articulado de la Constitución; hay materias que escapan al contenido constitucional de la Carta Magna de 1972 y se afirma así la tesis del profesor italiano Norberto Bobbio cuando sostiene que las cortes tienden a la defensa de las leyes frente a la Constitución y no de la Constitución frente a las leyes. Lo que se quiere indicar es que con la defensa de la unidad y coherencia del ordenamiento jurídico (leyes, decretos leyes, decretos de gabinete, estatutos, reglamentos, resoluciones) se pueda llegar a pensar que la institucionalidad de un Estado pueda sostenerse. Esto constituye una idea errática, pues cuando de las instituciones de la República se trata, la raíz jurídica de ellas se halla, precisamente, en la Constitución Nacional.
El problema panameño radica en que aún no hemos logrado comprender la tesis de Jean Jacques Rousseau, quien en su Contrato Social preconizaba la necesidad de distinguir entre el contrato político y el contrato social como tal. La Constitución es un contrato político, no cabe la menor duda, y como tal su fundamento, cual es la voluntad soberana del pueblo, se halla en condiciones de reformarlo, revocarlo y, optando por lo segundo, propender a la redacción de un nuevo texto constitucional. El estado de cosas panameño demanda una nueva constitución, de allí que, a 30 años de vigencia de la Constitución de 1972, es obvio que el mundo entero ha sido revolucionado en diversos campos, pero básicamente en lo que atañe a la economía, la educación, el trabajo, la cultura, las garantías y derechos fundamentales, por lo que Panamá, como Estado, no puede sustraerse a esa vertiente de permanentes cambios y que impactan a cada una de nuestras instituciones jurídicas, políticas, sociales, económicas, etc.
En verdad que "el sueño constitucional" de los panameños se acerca al concepto de la utopía de Thomas Moro, en cuanto pareciera ser inaccesible, inasequible e inconquistable. Ahora, tras las expectativas del próximo proceso electoral, retornan las fórmulas de propuestas de cambios constitucionales. Los proponentes hacen que determinadas normas sean objeto de cambio en la medida que, de una u otra manera, se encuentran directamente relacionados con el contenido de esas disposiciones constitucionales. Así, por ejemplo, cada sector reclama de las reformas o del nuevo texto constitucional lo que cree conveniente o que le favorece.
En realidad no existe un espíritu constitucional, sino más bien de conveniencias, merced a la inexistencia de un sentido de Estado y de un amor a la Patria, que es el que debe caracterizar a los verdaderos estadistas, siendo que estos últimos son los que realmente se hallan en las mejores condiciones para redactar una constitución. Y no es que se requiera ser un abogado para ser un estadista, pues tal calificativo se le concede a los hombres que tienen como único propósito de sus vidas, en le plano político-jurídico, siempre el engrandecimiento de la Nación.
Me causa pena cómo se distrae a nuestro pueblo, el cual cada vez que oye el tema de las reformas constitucionales menea la cabeza en señal de desconsuelo, pero también de censura para los interlocutores de esa temática. Causa pena también que las propuestas que se han venido debatiendo, en su mayoría, están divorciadas de acuciosos problemas para la nación, como la educación, el derecho a la vivienda digna, las garantías y libertades fundamentales, el problema del desempleo, la salud, el estado de organicidad del ejercicio de los poderes políticos y la estructura de ellos, las cláusulas de reforma constitucional, etc. Pareciera que el discurso de la clase política panameña sólo se interesa en una sola cuestión: lo que atañe a las reformas electorales. Esto viene a demostrar que el sentido de estadistas se halla ausente en esa clase política, que sólo está pensando en las próximas elecciones, y no en las actuales y futuras generaciones del país. Pareciera ser ya necedad este tema que trato, ya que si lo que se pretende por parte de nuestros políticos es tenerlo como un instrumento o herramienta para la vigencia política, esto resulta entonces vergonzoso, dado que sin ser político, encontramos que hay tantas cuestiones de las que nos podemos ocupar en nuestro país, empezando por la pobreza rampante y el desempleo manifiesto de tantos semejantes; la miseria de tantos sectores poblacionales del país, en fin.
Ojalá que el tema de una nueva constitución no siga siendo esa cortina de humo, que como el opio, adormece las mentes incautas y enerva las inteligencias de nuestra Patria. Pongámonos de acuerdo y caracterizados o posesionados por un auténtico espíritu constitucional demos paso a un debate serio y transparente del mismo y con la participación activa de las mejores inteligencias del país.
Ojalá que al inicio del mes de la Patria, podamos presentarle al país un plan nacional coherente y sistemático, unitario y objetivo, de lo que constituye verdaderamente construir un Estado y realizar a una Nación. Ojalá que el mes de noviembre nos bañe de nacionalidad y patriotismo; nos empape de verdadero sentimiento por la Patria, para ver si así se nos quita el fango maloliente de demagogia y politiquería de a centavos, con que se viene caracterizando la mayor parte del discurso político nacional. Que nuestro pueblo y nuestras autoridades vean, piensen y escuchen, pues como reza el aforismo popular, cuando veas las barbas de tu vecino arder, es menester que pongamos las nuestras en remojo.

101 años de Panamá América

 
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