El sueño y el vigilante
Muchos de los proyectos en la vida comienzan con un sueño, porque nadie puede negarnos el derecho que tenemos a pensar en aquellas cosas que deseamos de manera vehemente. Hablo de utopías, de proyectos que pueden parecer irrealizables, pero que amparados en las ansias de libertad del hombre se convierten en ideas poderosas; principios rectores que al nacer de una autoestima robusta depositan su confianza en las potencialidades de los demás, porque es enfermizo soñar egoístamente. Al acompañar a los demás, la ilusión se convierte en un proyecto colectivo y descubrimos que es fácil superar obstáculos cuando se ama con el corazón y al cerebro le guía la razón. Y entonces, ¡oh, sorpresa! Vivimos la satisfacción de observar cómo sin atreverse a decirlo, los demás estaban soñando lo mismo. Así que supera el viejo temor de seres que se apenan de ser creativos, como si la lucidez fuera alguna lacra social.
Si mal no recuerdo, creo que fue Martin Luther King quien alguna vez afirmó en uno de sus discursos "Yo tuve un sueño". Un sueño de igualdad social y de abolición de la segregación racial que luego dio sus frutos. Y también soñaron Cristo y Bolívar, Belisario Porras y el sacerdote Jesús Héctor Gallego. Lo interesante de todo este proceso es interrogarnos por qué algunas personas no se atreven a soñar, a desear que las cosas dejen de ser lo que son y pasivamente, se dejan consumir por la rutina de la vida en la que los días han hecho común y hasta deseable el statu quo. Con una vida perezosamente habitual se contentan con una conducta que se asemeja a la del robot. Hablo de individuos anónimos y grises que han sido habituados a temer al cambio, porque para ellos la utopía es sólo un término para hacer alusión a un proyecto inalcanzable.
En este mundo existen los que sueñan, pero también los que sólo se contentan con destruir las quimeras de otros. Los últimos son expertos en construir tapias y fortalezas que erigen contra la utopía, sus personalidades son dionisiacas, porque aspiran a que la sociedad sea un eterno carnaval, en donde la embriaguez de lo cotidiano, la deshumanización y el materialismo rampante obnubila la razón. Tristes ejemplos, casos clínicos de gentes que no saben amar y que viven inmersos en la cultura de la muerte.
En nuestro país nos encontramos a diario con los taladores de sueños. Están en todos los lugares: el gobierno, en la empresa privada y en nuestra Universidad de Panamá. En algún momento hicieron algo, tuvieron un sueño, pero el tiempo terminó por petrificiar sus buenas intenciones. Hombres y mujeres valiosos que inicialmente fueron catapultados por su creatividad inicial, pero que luego se marearon con las mieles del poder y desde sus puestos de mando, casi sin darse cuenta, terminaron por decretar y aborrecer el sueño de los demás. "Prohibido soñar", mandaron escribir en todas las puertas de las oficinas y como mensajeros de la rutina, intentaron condenar a los otros a su mundo de sombras.
No cabe duda que es inútil todo ese empeño de matar la ilusión en el ser humano. Porque la misma dinámica para abolir el sueño va creando estructuras de opresión, dentro de las cuales la más significativa la constituye el "síndrome del vigilante". El síntoma más característicos de esta patología humana radica en el deseo de controlar y vigilar. Hay entonces que vigilarlo todo: "Vigila al otro para que no se reúna"; "Reprime a fulano, porque se atrevió a pensar", "Escucha furtivamente el teléfono para ver qué hablan", "Y cuéntame qué dijo", "Recuerda que yo te puse en ese puesto", etc.
Lo irónico de todo este "síndrome del vigilante" estriba en ver cómo quien reprime olvida que la opresión es un poderoso resorte emocional que conduce inexorablemente al sueño y al camino. Y así, un buen día, se produce la hecatombe. Acontece que la noche en la que intentaron encadenar a los demás, entre más negra y oscura, más propicia resultó para la meditación. Y ahora, ese hombre o mujer tiene su utopía, sueña con el amanecer radiante. Aunque el "vigilante" no lo quiso, llegó el momento del cambio y nadie podrá evitar el alba y la noche de los destructores de sueño llegará a su fin.
Moraleja: la cultura del vigilante no tiene sentido, porque el espíritu humano es indoblegable, quien reprime necesariamente está alienado y necesita ver la sociedad desde otro punto de vista. A toda noche, inevitablemente, le llega su día. Camina del lado de la luz y abandona las tinieblas. Transformar la cultura de la muerte de la cultura de la vida, es el camino, no hay otro.
Si mal no recuerdo, creo que fue Martin Luther King quien alguna vez afirmó en uno de sus discursos "Yo tuve un sueño". Un sueño de igualdad social y de abolición de la segregación racial que luego dio sus frutos. Y también soñaron Cristo y Bolívar, Belisario Porras y el sacerdote Jesús Héctor Gallego. Lo interesante de todo este proceso es interrogarnos por qué algunas personas no se atreven a soñar, a desear que las cosas dejen de ser lo que son y pasivamente, se dejan consumir por la rutina de la vida en la que los días han hecho común y hasta deseable el statu quo. Con una vida perezosamente habitual se contentan con una conducta que se asemeja a la del robot. Hablo de individuos anónimos y grises que han sido habituados a temer al cambio, porque para ellos la utopía es sólo un término para hacer alusión a un proyecto inalcanzable.
En este mundo existen los que sueñan, pero también los que sólo se contentan con destruir las quimeras de otros. Los últimos son expertos en construir tapias y fortalezas que erigen contra la utopía, sus personalidades son dionisiacas, porque aspiran a que la sociedad sea un eterno carnaval, en donde la embriaguez de lo cotidiano, la deshumanización y el materialismo rampante obnubila la razón. Tristes ejemplos, casos clínicos de gentes que no saben amar y que viven inmersos en la cultura de la muerte.
En nuestro país nos encontramos a diario con los taladores de sueños. Están en todos los lugares: el gobierno, en la empresa privada y en nuestra Universidad de Panamá. En algún momento hicieron algo, tuvieron un sueño, pero el tiempo terminó por petrificiar sus buenas intenciones. Hombres y mujeres valiosos que inicialmente fueron catapultados por su creatividad inicial, pero que luego se marearon con las mieles del poder y desde sus puestos de mando, casi sin darse cuenta, terminaron por decretar y aborrecer el sueño de los demás. "Prohibido soñar", mandaron escribir en todas las puertas de las oficinas y como mensajeros de la rutina, intentaron condenar a los otros a su mundo de sombras.
No cabe duda que es inútil todo ese empeño de matar la ilusión en el ser humano. Porque la misma dinámica para abolir el sueño va creando estructuras de opresión, dentro de las cuales la más significativa la constituye el "síndrome del vigilante". El síntoma más característicos de esta patología humana radica en el deseo de controlar y vigilar. Hay entonces que vigilarlo todo: "Vigila al otro para que no se reúna"; "Reprime a fulano, porque se atrevió a pensar", "Escucha furtivamente el teléfono para ver qué hablan", "Y cuéntame qué dijo", "Recuerda que yo te puse en ese puesto", etc.
Lo irónico de todo este "síndrome del vigilante" estriba en ver cómo quien reprime olvida que la opresión es un poderoso resorte emocional que conduce inexorablemente al sueño y al camino. Y así, un buen día, se produce la hecatombe. Acontece que la noche en la que intentaron encadenar a los demás, entre más negra y oscura, más propicia resultó para la meditación. Y ahora, ese hombre o mujer tiene su utopía, sueña con el amanecer radiante. Aunque el "vigilante" no lo quiso, llegó el momento del cambio y nadie podrá evitar el alba y la noche de los destructores de sueño llegará a su fin.
Moraleja: la cultura del vigilante no tiene sentido, porque el espíritu humano es indoblegable, quien reprime necesariamente está alienado y necesita ver la sociedad desde otro punto de vista. A toda noche, inevitablemente, le llega su día. Camina del lado de la luz y abandona las tinieblas. Transformar la cultura de la muerte de la cultura de la vida, es el camino, no hay otro.