El tablero de ajedrez
Para algunas personas este juego simboliza el vínculo perfecto entre la técnica y la planificación oportuna. Otros lo consideran la recreación de estrategia por excelencia. Hay hasta quienes piensan de él como un deporte para ejercitar el intelecto. El asunto es que el ajedrez - Chaturanga, como lo llamaban quienes lo inventaron hace 14 siglos en el valle del Indus - representa todo ese concierto de posibilidades que brindan, si son bien empleadas por conocer las capacidades y limitaciones de su acción, cada una de las piezas que integran tan completo pasatiempo.
Así, pues, los peones contribuyen al desenvolvimiento de alfiles, torres y caballos. stos, a su vez, ayudan a esa figura omnipotente - la reina - a deambular con autoridad por el tablero hasta conseguir ella, o alguna otra ficha bien colocada dentro del mismo, al rey contrario y cuya toma - el jaque - es el propósito final del juego.
Desde que la presidenta Mireya Moscoso designó su gabinete de trabajo sentí preocupación por la forma inadecuada como se había constituido. Desde entonces hemos visto actuar una casta política incompetente donde los abogados - esos ubicuos y supuestamente indispensables personajes - han dirigido la Cancillería, Gobierno y Justicia, la cartera de Vivienda, varios viceministerios y controlan, entre otras cosas, la junta directiva de la Autoridad del Canal de Panamá. Para aumentar lo infortunado del asunto, un ingeniero civil se encargó de Planificación y Política Económica, mientras que un exitoso comerciante de víveres ha establecido - en teoría - las complejas directrices técnicas donde se debieran sustentar, tanto la operación de la vía interoceánica, como sus posibles ramificaciones en otros sitios de la geografía nacional.
Todos los ministerios - salvo el de Obras Públicas - fueron ocupados por figuras que ostentaban altos cargos dentro de los partidos que conformaron Unión por Panamá y que emanaron, como siempre, de esas antipáticas negociaciones que se dan cada vez que una alianza coyuntural obtiene la conducción de nuestro país.
Luego que concluyera esa tragicomedia que montaron sin sentido alguno la semana pasada, y en vista de que la pseudo crisis de Gabinete resultó ser otra cortina de humo más de ésas que no han parado de lanzar desde el comienzo mismo de la administración Moscoso, me permitiré hacer algunas reflexiones en torno al caso que nos ocupa.
Para comenzar resulta chocante, dada la delicada situación económica que vive el país entero, haber efectuado cambios tan elementales e improductivos como los que se dieron el pasado lunes. Premiar con un nuevo ministerio a quien infructuosamente trató de dirigir la planificación de nuestra política económica, a la vez que haber reubicado antojadizamente viceministros por doquier, evidencian abiertas contradicciones y falta de liderazgo por parte de quien no pareciese haber entendido aún la majestad de su cargo y - menos todavía - la gravedad del problema que aqueja a la nación panameña.
Un alfil será siempre eso, por más que queramos atribuirle funciones propias de peones, torres y caballos. O aprenden cómo se juega el juego hoy, o seguiremos perdiendo figuras y oportunidades hasta cuando nos encontremos frente a un jaque espantoso y sin retorno.
No puedo concluir sin formular estas interrogantes, que espero no caigan en oídos sordos: ¿Cuál habrá sido la opinión que tendrán sobre esta comedia bufa los asesores ad honorem que deambulan por Palacio? ¿Será ese silencio espeso - y su permanencia aún en el Gobierno - un imprimátur irrevocable para continuar con la debacle que afecta el buen andar de la República de Panamá?
Por el bien de todos espero que no. Aceptaron dichos cargos - pienso yo - con el ánimo de ayudar en la conducción del Estado para optar así por días mejores, y no para tolerar yerros - fuere cualquiera la fuente de dicho proceder - y que produzcan más aciagos tiempos de los que ya hemos tenido que tolerar.
Así, pues, los peones contribuyen al desenvolvimiento de alfiles, torres y caballos. stos, a su vez, ayudan a esa figura omnipotente - la reina - a deambular con autoridad por el tablero hasta conseguir ella, o alguna otra ficha bien colocada dentro del mismo, al rey contrario y cuya toma - el jaque - es el propósito final del juego.
Desde que la presidenta Mireya Moscoso designó su gabinete de trabajo sentí preocupación por la forma inadecuada como se había constituido. Desde entonces hemos visto actuar una casta política incompetente donde los abogados - esos ubicuos y supuestamente indispensables personajes - han dirigido la Cancillería, Gobierno y Justicia, la cartera de Vivienda, varios viceministerios y controlan, entre otras cosas, la junta directiva de la Autoridad del Canal de Panamá. Para aumentar lo infortunado del asunto, un ingeniero civil se encargó de Planificación y Política Económica, mientras que un exitoso comerciante de víveres ha establecido - en teoría - las complejas directrices técnicas donde se debieran sustentar, tanto la operación de la vía interoceánica, como sus posibles ramificaciones en otros sitios de la geografía nacional.
Todos los ministerios - salvo el de Obras Públicas - fueron ocupados por figuras que ostentaban altos cargos dentro de los partidos que conformaron Unión por Panamá y que emanaron, como siempre, de esas antipáticas negociaciones que se dan cada vez que una alianza coyuntural obtiene la conducción de nuestro país.
Luego que concluyera esa tragicomedia que montaron sin sentido alguno la semana pasada, y en vista de que la pseudo crisis de Gabinete resultó ser otra cortina de humo más de ésas que no han parado de lanzar desde el comienzo mismo de la administración Moscoso, me permitiré hacer algunas reflexiones en torno al caso que nos ocupa.
Para comenzar resulta chocante, dada la delicada situación económica que vive el país entero, haber efectuado cambios tan elementales e improductivos como los que se dieron el pasado lunes. Premiar con un nuevo ministerio a quien infructuosamente trató de dirigir la planificación de nuestra política económica, a la vez que haber reubicado antojadizamente viceministros por doquier, evidencian abiertas contradicciones y falta de liderazgo por parte de quien no pareciese haber entendido aún la majestad de su cargo y - menos todavía - la gravedad del problema que aqueja a la nación panameña.
Un alfil será siempre eso, por más que queramos atribuirle funciones propias de peones, torres y caballos. O aprenden cómo se juega el juego hoy, o seguiremos perdiendo figuras y oportunidades hasta cuando nos encontremos frente a un jaque espantoso y sin retorno.
No puedo concluir sin formular estas interrogantes, que espero no caigan en oídos sordos: ¿Cuál habrá sido la opinión que tendrán sobre esta comedia bufa los asesores ad honorem que deambulan por Palacio? ¿Será ese silencio espeso - y su permanencia aún en el Gobierno - un imprimátur irrevocable para continuar con la debacle que afecta el buen andar de la República de Panamá?
Por el bien de todos espero que no. Aceptaron dichos cargos - pienso yo - con el ánimo de ayudar en la conducción del Estado para optar así por días mejores, y no para tolerar yerros - fuere cualquiera la fuente de dicho proceder - y que produzcan más aciagos tiempos de los que ya hemos tenido que tolerar.