El teatro en Panamá
A pesar del desarrollo económico y el espíritu cosmopolita que envuelve a la ciudad de Panamá, todavía no logramos que florezca un verdadero movimiento cultural con atracción popular. Los intentos de hacer del teatro una actividad profesional a tiempo completo, como puede hacerse en Londres o Nueva York, no han fructificado. Fuera de una que otra comedia ligera, es muy difícil que una obra dure más de una semana en cartelera; comparemos esto con "La Ratonera" de Ágatha Christie que lleva más de cinco décadas de presentaciones ininterrumpidas en Londres, y nos daremos cuenta lo lejos que estamos de ser una capital cultural.
Si bien es verdad que el gran público prefiere pagar cincuenta dólares para ir a ver a Ricky Martin o a Shakira que pagar cinco dólares para ver una obra local; y que tal vez esté dispuesto a hacer una larga fila para entrar al estadio a ver un partido de fútbol o una pelea de boxeo, pero no a buscar en dónde estacionar para ver una pieza teatral producida localmente, tenemos que preguntarnos si todo es culpa del "Gran Público".
La verdad es que, tal vez por todo lo antes dicho, el teatro en Panamá es aún una actividad de aficionados. Con muy contadas y meritorias excepciones, no hay actores y actrices de talento. Lamentablemente mucho de los que se suben al escenario confunden la histeria con el histrionismo y la chabacanería con la comedia. No es cierto que sea un tema de grandes presupuestos ni producciones faraónicas; monólogos recientes ejecutados por actrices extranjeras han resultado éxitos de taquilla y para algunos asistentes han sido verdaderas catarsis y experiencias de elevación espiritual.
Tenemos que reconocer los intentos de algunos productores y directores de hacer teatro en este desierto cultural, pero para que podamos hacer de las tablas una profesión hace falta más que ganas, hace falta talento.