El tercer tiempo
El fin del milenio definió ciertos hitos irrefutables. La caída del Muro de Berlín y la fragmentación de la URSS fueron el inicio de la desaparición del campo socialista y con él la bipolaridad. La hegemonía económico-militar de EE.UU se acentúa a nivel mundial como el único polo de mando frente a los conflictos internacionales, la apertura de los mercados, la globalización informática y el neoliberalismo económico.
En los últimos 30 años del pasado siglo se produjo un aceleramiento en el avance de la ciencia y la tecnología, que transformó los conceptos de producción industrial, la ingeniería genética y la comunicación electrónica que son los fundamentos sobre los que se levanta la sociedad tecnológica que algunos llaman "la aldea global".
El fortalecimiento de las democracias formales, la contracción del poder militar, las aperturas ilimitadas de los mercados y la reducción del ejercicio estatal, han sido el escenario en que América Latina irrumpe en el tercer milenio con actores que, paradójicamente, se observan en dos bandos desiguales al borde de una brecha que marca el poder económico y el poder de la sobrevivencia.
En esta parte del mundo, al igual que en otras, el crecimiento macroeconómico no se reflejó en la distribución de la riqueza, así como las expectativas democráticas de participación del hombre común no correspondieron a las tomas de decisiones gubernamentales frente al desempleo, la corrupción, los bajos salarios, los problemas de educación y salud, y el encarecimiento de la vida.
Las grandes transformaciones técnico-científicas no han impactado en el mejoramiento de la vida cotidiana de los ciudadanos que no encuentran significado en las millonarias inversiones para investigar el planeta Marte, mientras cada 3 segundos muere un niño en el planeta Tierra, por causas evitables. Peor aún, cuando las estadísticas nos dicen que los 358 multimillonarios tienen actualmente un patrimonio que es superior a los ingresos acumulados del 45 % de la población más pobre del mundo.
La exclusión social de gran parte de la población mundial disminuye su capacidad adquisitiva, es decir, mercados pobres, con bajos niveles de salud, educación y ocupación y ahora víctimas del analfabetismo cibernético que los excluye también del acceso a la información. El llamado "efecto cascada" no logra derramarse hasta la base de la pirámide social.
El acceso al conocimiento de quienes conforman el capital humano de nuestros países sigue siendo preocupante. El ex secretario de Trabajo de los Estados Unidos, Robert Reich señala que "los ganadores de esta nueva economía globalizada y volátil son aquellos que puedan identificar y resolver problemas, manipular y analizar símbolos, crear y manejar información", y por consiguiente recomienda, "invertir en la educación y capacitación de nuestra gente; buenas escuelas públicas, excelentes universidades públicas. Públicas en el más verdadero sentido de la palabra: accesibles a todos, sostenidas por todos".
Los funciones básicas de un Estado son irrenunciables y por el contrario, es su deber mejorar las condiciones de salud, de educación, cultura, seguridad alimentaria, justas relaciones laborales, en fin, garantizar que los intercambios socioeconómicos no vayan en detrimento de sus asociados y en beneficio de minorías poderosas. Tal complejidad de intereses demanda la acción de un Estado con liderazgo, integrador y facilitador, tanto a lo interno como regionalmente, orientado a superar las grandes injusticias en esos escenarios.
El calendario nos anuncia un tercer tiempo para presentir el mañana de otra forma y posibilitarle otros contenidos. Un tercer tiempo, una historia por recomenzar, por rehacer y protagonizar desde ahora mismo, sin rechazar el pasado ni el presente, sino asumiendo la integridad como responsabilidad de todos. Un tercer tiempo milenario hecho de la antigua alquimia de la rebeldía y el amor, como si la soledad de los años nos diera una tercera y última oportunidad sobre la tierra.
En los últimos 30 años del pasado siglo se produjo un aceleramiento en el avance de la ciencia y la tecnología, que transformó los conceptos de producción industrial, la ingeniería genética y la comunicación electrónica que son los fundamentos sobre los que se levanta la sociedad tecnológica que algunos llaman "la aldea global".
El fortalecimiento de las democracias formales, la contracción del poder militar, las aperturas ilimitadas de los mercados y la reducción del ejercicio estatal, han sido el escenario en que América Latina irrumpe en el tercer milenio con actores que, paradójicamente, se observan en dos bandos desiguales al borde de una brecha que marca el poder económico y el poder de la sobrevivencia.
En esta parte del mundo, al igual que en otras, el crecimiento macroeconómico no se reflejó en la distribución de la riqueza, así como las expectativas democráticas de participación del hombre común no correspondieron a las tomas de decisiones gubernamentales frente al desempleo, la corrupción, los bajos salarios, los problemas de educación y salud, y el encarecimiento de la vida.
Las grandes transformaciones técnico-científicas no han impactado en el mejoramiento de la vida cotidiana de los ciudadanos que no encuentran significado en las millonarias inversiones para investigar el planeta Marte, mientras cada 3 segundos muere un niño en el planeta Tierra, por causas evitables. Peor aún, cuando las estadísticas nos dicen que los 358 multimillonarios tienen actualmente un patrimonio que es superior a los ingresos acumulados del 45 % de la población más pobre del mundo.
La exclusión social de gran parte de la población mundial disminuye su capacidad adquisitiva, es decir, mercados pobres, con bajos niveles de salud, educación y ocupación y ahora víctimas del analfabetismo cibernético que los excluye también del acceso a la información. El llamado "efecto cascada" no logra derramarse hasta la base de la pirámide social.
El acceso al conocimiento de quienes conforman el capital humano de nuestros países sigue siendo preocupante. El ex secretario de Trabajo de los Estados Unidos, Robert Reich señala que "los ganadores de esta nueva economía globalizada y volátil son aquellos que puedan identificar y resolver problemas, manipular y analizar símbolos, crear y manejar información", y por consiguiente recomienda, "invertir en la educación y capacitación de nuestra gente; buenas escuelas públicas, excelentes universidades públicas. Públicas en el más verdadero sentido de la palabra: accesibles a todos, sostenidas por todos".
Los funciones básicas de un Estado son irrenunciables y por el contrario, es su deber mejorar las condiciones de salud, de educación, cultura, seguridad alimentaria, justas relaciones laborales, en fin, garantizar que los intercambios socioeconómicos no vayan en detrimento de sus asociados y en beneficio de minorías poderosas. Tal complejidad de intereses demanda la acción de un Estado con liderazgo, integrador y facilitador, tanto a lo interno como regionalmente, orientado a superar las grandes injusticias en esos escenarios.
El calendario nos anuncia un tercer tiempo para presentir el mañana de otra forma y posibilitarle otros contenidos. Un tercer tiempo, una historia por recomenzar, por rehacer y protagonizar desde ahora mismo, sin rechazar el pasado ni el presente, sino asumiendo la integridad como responsabilidad de todos. Un tercer tiempo milenario hecho de la antigua alquimia de la rebeldía y el amor, como si la soledad de los años nos diera una tercera y última oportunidad sobre la tierra.