El terrorismo no vencerá
Los primeros años del siglo XXI se han caracterizado por un peligroso incremento del terror como arma política o de fanatismo religiosos.
Diversos puntos del planeta sufren la devastación que causa este flagelo y las consecuencias terribles en la anulación indiscriminada de vidas humanas, estragos psicológicos irreversibles y destrucción material.
Pero si miramos bien, el terrorismo está fundado en una mentira. Defiende mediante la más cruda violencia su ideología. He allí la prueba irrefutable de que esas ideas políticas, extremismos religiosos o de cualquier otra índole necesitan recurrir a matanzas, bombas y explosivos para sustentar su "verdad".
El terror piensa que llama la atención de la humanidad y que sólo con la masacre de vidas inocentes puede presentar al mundo su planteamiento.
El resultado es exactamente lo opuesto. En realidad, el terrorismo no es otra cosa que un atentado alevoso contra la humanidad, una forma -la peor- de desarticular la sociedad, una burla grotesca contra la convivencia pacífica, un odio y resentimiento inveterado contra la paz, el sosiego colectivo.
Matar por el afán, de matar. Contra toda lógica, en sus atentados caen por igual hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, personas de toda clase y condición. Es que la ceguedad fanática sustituye a la razón y da paso a los más inconfesables instintos.
El terrorismo es falso. Su falsedad deriva de que se vale del asesinato como modo de persuasión. Nada más abominable.
El terrorismo miente. Si su respectiva ideología fuese cierta, aceptable y poderosa como para convencer a otros, nunca esgrimiría la violencia ni distribuiría la muerte para hacer notoria su posición.
Ese es su postulado inconsistente, su premisa espúrea. El terrorismo desmantela la sociedad al arremeter contra el valor más sagrado, el de la vida. Se va de frente contra la organización social, desconoce las instituciones, ignora la firmeza de los gobiernos legítimos, anula el derecho a vivir y convivir de los ciudadanos.
Cada vez que una víctima perece en una de sus acometidas, la humanidad entera disminuye, queda incompleta y decrece su calidad.
No bastará con rechazar el terrorismo de manera meramente teórica. Es imprescindible trabajar por una cultura de paz, de respeto al fuero ajeno, de tolerancia hacia otras posiciones, otros credos, otras tablas valorativas. Y muy especialmente, colocar sobre toda la escala de nuestros valores y prioridades, la vida sagrada del hombre, centro de toda la creación y de los reinos naturales.
Hace falta igualmente la determinación valiente e inclaudicable de todos los gobiernos del mundo civilizado para extirpar la amenazante lacra del terrorismo y perseguirlo sin tregua.
Además, la cooperación internacional, el acuerdo entre los Estados para crear un cuerpo de leyes que traspase fronteras y pueda ser aplicado sin contemplaciones allí donde el terror asoma su rostro siniestro y sangriento.
El terrorismo ha de ser mirado como un delito que jamás prescriba, un genocidio traidor, una maldad perpetrada con saña enfermiza.
Es imposible vivir bajo el signo cruel del terror. En el fondo, el terrorismo lleva las semillas de su propia aniquilación. Su debilidad consiste en que su carta de presentación manchada de sangre es su negación ya que defiende lo indefendible y por qué medios...
El desprecio olímpico a la existencia que distingue al terrorista se coloca exactamente al otro extremo, el de la barbarie, y desdice de las admirables conquistas de la ciencia, de la técnica, de la cultural.
Cualquier forma de terrorismo es un retroceso gigantesco en el anhelo de solidaridad nacional e internacional, una mueca que escarnece el avance dos veces milenario de la civilización occidental. La sangre vertida no quedará impune. ¡El terrorismo no pasará, nunca vencerá.
Diversos puntos del planeta sufren la devastación que causa este flagelo y las consecuencias terribles en la anulación indiscriminada de vidas humanas, estragos psicológicos irreversibles y destrucción material.
Pero si miramos bien, el terrorismo está fundado en una mentira. Defiende mediante la más cruda violencia su ideología. He allí la prueba irrefutable de que esas ideas políticas, extremismos religiosos o de cualquier otra índole necesitan recurrir a matanzas, bombas y explosivos para sustentar su "verdad".
El terror piensa que llama la atención de la humanidad y que sólo con la masacre de vidas inocentes puede presentar al mundo su planteamiento.
El resultado es exactamente lo opuesto. En realidad, el terrorismo no es otra cosa que un atentado alevoso contra la humanidad, una forma -la peor- de desarticular la sociedad, una burla grotesca contra la convivencia pacífica, un odio y resentimiento inveterado contra la paz, el sosiego colectivo.
Matar por el afán, de matar. Contra toda lógica, en sus atentados caen por igual hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, personas de toda clase y condición. Es que la ceguedad fanática sustituye a la razón y da paso a los más inconfesables instintos.
El terrorismo es falso. Su falsedad deriva de que se vale del asesinato como modo de persuasión. Nada más abominable.
El terrorismo miente. Si su respectiva ideología fuese cierta, aceptable y poderosa como para convencer a otros, nunca esgrimiría la violencia ni distribuiría la muerte para hacer notoria su posición.
Ese es su postulado inconsistente, su premisa espúrea. El terrorismo desmantela la sociedad al arremeter contra el valor más sagrado, el de la vida. Se va de frente contra la organización social, desconoce las instituciones, ignora la firmeza de los gobiernos legítimos, anula el derecho a vivir y convivir de los ciudadanos.
Cada vez que una víctima perece en una de sus acometidas, la humanidad entera disminuye, queda incompleta y decrece su calidad.
No bastará con rechazar el terrorismo de manera meramente teórica. Es imprescindible trabajar por una cultura de paz, de respeto al fuero ajeno, de tolerancia hacia otras posiciones, otros credos, otras tablas valorativas. Y muy especialmente, colocar sobre toda la escala de nuestros valores y prioridades, la vida sagrada del hombre, centro de toda la creación y de los reinos naturales.
Hace falta igualmente la determinación valiente e inclaudicable de todos los gobiernos del mundo civilizado para extirpar la amenazante lacra del terrorismo y perseguirlo sin tregua.
Además, la cooperación internacional, el acuerdo entre los Estados para crear un cuerpo de leyes que traspase fronteras y pueda ser aplicado sin contemplaciones allí donde el terror asoma su rostro siniestro y sangriento.
El terrorismo ha de ser mirado como un delito que jamás prescriba, un genocidio traidor, una maldad perpetrada con saña enfermiza.
Es imposible vivir bajo el signo cruel del terror. En el fondo, el terrorismo lleva las semillas de su propia aniquilación. Su debilidad consiste en que su carta de presentación manchada de sangre es su negación ya que defiende lo indefendible y por qué medios...
El desprecio olímpico a la existencia que distingue al terrorista se coloca exactamente al otro extremo, el de la barbarie, y desdice de las admirables conquistas de la ciencia, de la técnica, de la cultural.
Cualquier forma de terrorismo es un retroceso gigantesco en el anhelo de solidaridad nacional e internacional, una mueca que escarnece el avance dos veces milenario de la civilización occidental. La sangre vertida no quedará impune. ¡El terrorismo no pasará, nunca vencerá.