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El trabajo infantil en Panamá


La ininterrumpida y acrecentada presencia de niños y niñas en las calles y avenidas de las distintas ciudades es una de las manifestaciones de los niveles de pobreza en que hoy en día se encuentran sumidas miles de familias latinoamericanas, ubicadas en el concierto de naciones tercermundistas.
Panamá, como parte de este conglomerado, no esta fuera de esta cruda realidad que desafortunadamente se incrementa día a día. Para muestra de ello, observamos el Informe que suministró Casa Esperanza (1), correspondiente al primer y segundo trimestre de 2000, en donde se registró un total de 200 niños y niñas encontrados en la calle en el primero, y 340 en el segundo, lo cual representa un aumento significativo, sólo en un trimestre, como señal o aviso de esta grave situación.
Por otro lado, se evidencia este hecho cuando se compara el total de los dos trimestres antes descritos (540), versus las cifras, también de Casa Esperanza (2), de 1998 que totalizan 633 registros. Posteriormente, se infiere que al mantenerse los datos estadísticos en los dos últimos trimestres de 2000, igual que en los dos primeros, las cifras totales habrán duplicado las de 1998.
Dichas cifras, solamente nos muestran una pequeña porción del grave problema social que involucra la dinámica estructural de la Familia y el Estado en Panamá.
El trabajo infantil como hecho social que resulta en situación problemática para el país no es reciente y se ha ventilado en múltiples debates que han ocupado variados escenarios del ámbito nacional, en donde se han visto involucradas tanto instituciones gubernamentales como de la sociedad civil, a pesar de lo cual, la situación planteada persiste y con señales nada alentadoras para lograr una pronta solución.
Podemos constatar la existencia de un perfil que comprende un variado abanico de características socioeconómicas y culturales relativas a la familia, a los lugares de procedencia y a la dinámica de vida en general de los niños y niñas de la calle. Así, observamos que, en su mayoría provienen de hogares incompletos, en donde prevalece la ausencia del padre; los ingresos económicos son precarios porque en la mayoría de los casos proceden del trabajo informal y cuando se cuenta con un empleo, el salario no alcanza para cubrir ni siquiera las necesidades básicas; los niveles de escolaridad de todos los miembros son muy bajos; los lugares donde viven son improvisados con materiales de desechos, los cuales profundizan el círculo de indefensión de estos. Toda esta gama de elementos propicia un fenómeno social en un ambiente tan deprimente y depredador, el cual podríamos bautizar por sus características de entorno, como CULTURA DE JUNGLA O SELVATICA, donde la lógica del más fuerte se impone para que impere la desigualdad, la inseguridad, la falta de solidaridad, el hambre y toda una serie de lacras humanas fundamentadas en la supremacía de unas clases sociales sobre otras.
Finalmente, tenemos como resultado de lo antes señalado que, estas personas son las que llegan a formar o constituir los llamados barrios marginales que suelen ubicarse en áreas cercanas a sitios lujosos donde prevalece el lucro y la discriminación económico-social, prototipos del desajuste estructural que caracterizan los nuevos tiempos de la modernidad.
(1) Informe estadístico de Casa Esperanza, año 2000.
(2) Ibid, 1998.

101 años de Panamá América

 
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