El valor de la palabra
En estos tiempos el valor de la palabra empeñada ya no tes el mismo de antes. No obstante, para ciertos sectores de la población todavía la promesa cumplida sigue siendo regla de oro.
Cuentan los abuelos, que antes los tratos entre vecinos e incluso contratos (arrendamiento de terrenos) se daban de palabra. Ahora, con el pasar de los años y tal vez por la falta de confianza en que realmente se cumpla, todo se hace por escrito e incluso empleando testigos. Parece que ya nadie cree en nadie.
Pero cuando la palabra es dada por los mismos gobernantes en nombre del Estado, que somos todos, la situación se agrava y más si a esto le sumamos el hecho de que todo se ratificó por escrito y se hizo Ley de la República.
Siendo así, ¿Cómo creer en los gobernantes, en el gobierno o en el Estado si ellos mismos se han negado por años a cumplir su palabra, una palabra dada por escrito? ¿En quién vamos a creer? ¿Cómo pedirle al panameño que haga valer lo que promete?
En esto cabe decir: "Quien en la política quiera ser guía para el resto de los ciudadanos, ha de serlo a su vez con su palabra", una frase que no solamente cabe para los gobernantes, sino para el común de la población.
Que la palabra sea en verdad espejo de la acción.
La promesa a los padres de Cándido Aizprúa se hizo durante el Gobierno de Ernesto De la Guardia Navarro Jr. (1956-1960), quien firmó la Ley junto al entonces viceministro encargado de Hacienda y Tesoro, Jaime De la Guardia Jr.
Dicho documento también llevó las rúbricas del presidente de la Asamblea Legislativa, Eligio Crespo y del secretario de ese Organo del Estado, Francisco Bravo.
Las publicaciones de los diarios en aquella época destacaban el nacimiento del niño al que incluso catalogaron como "panameño de pura cepa". A grandes títulos y con fotos enormes se mostraba al bebé pegado del seno de su madre.
Por sus vestimentas era obvia la condición de pobreza por la que pasaban estos humildes campesinos de Los Llanos de Ocú, quienes se convirtieron en el centro de atención de toda la población.
Cuentan los abuelos, que antes los tratos entre vecinos e incluso contratos (arrendamiento de terrenos) se daban de palabra. Ahora, con el pasar de los años y tal vez por la falta de confianza en que realmente se cumpla, todo se hace por escrito e incluso empleando testigos. Parece que ya nadie cree en nadie.
Pero cuando la palabra es dada por los mismos gobernantes en nombre del Estado, que somos todos, la situación se agrava y más si a esto le sumamos el hecho de que todo se ratificó por escrito y se hizo Ley de la República.
Siendo así, ¿Cómo creer en los gobernantes, en el gobierno o en el Estado si ellos mismos se han negado por años a cumplir su palabra, una palabra dada por escrito? ¿En quién vamos a creer? ¿Cómo pedirle al panameño que haga valer lo que promete?
En esto cabe decir: "Quien en la política quiera ser guía para el resto de los ciudadanos, ha de serlo a su vez con su palabra", una frase que no solamente cabe para los gobernantes, sino para el común de la población.
Que la palabra sea en verdad espejo de la acción.
La promesa a los padres de Cándido Aizprúa se hizo durante el Gobierno de Ernesto De la Guardia Navarro Jr. (1956-1960), quien firmó la Ley junto al entonces viceministro encargado de Hacienda y Tesoro, Jaime De la Guardia Jr.
Dicho documento también llevó las rúbricas del presidente de la Asamblea Legislativa, Eligio Crespo y del secretario de ese Organo del Estado, Francisco Bravo.
Las publicaciones de los diarios en aquella época destacaban el nacimiento del niño al que incluso catalogaron como "panameño de pura cepa". A grandes títulos y con fotos enormes se mostraba al bebé pegado del seno de su madre.
Por sus vestimentas era obvia la condición de pobreza por la que pasaban estos humildes campesinos de Los Llanos de Ocú, quienes se convirtieron en el centro de atención de toda la población.