El valor de la verdad
Mucho se ha venido hablando de la verdad, como forma de conocer lo acaecido durante la dictadura jefaturada por Omar Torrijos, un líder que se desvanece ante la aparición de osamentas, algunas de las cuales, si bien no son el producto directo de su accionar material, son el resultado de actos que sin su gobierno de fuerza y atropello, jamás revelarían el horror de ese pasado triste en el país, que hoy no clama venganza, sino justicia. Por eso, la verdad tiene un valor incuestionable.
No podemos censurar las medidas que pretenden revelar la verdad. La verdad es siempre absoluta. Si no lo es, deja de ser verdad para convertirse en una justificación, una explicación aceptable o una excusa. La verdad no pierde su esencia por provenir de un grupo religioso, nacionalista, político, gremial, sindicalista, docente, empresarial, estudiantil, rebelde o colaborador. Si es verdad, tiene el valor de tal, no importa que afecte o que aluda a intereses particulares. Será siempre la verdad y así hay que aceptarla. No podemos mediatizarla, tratando de calificar o demeritar a quienes las descubren o publican. La verdad subsiste con independencia de quienes la defienden o de quienes la niegan.
Frente al interés nacional por saber la verdad de lo ocurrido, tenemos que señalar que existen varias verdades innegables, que deben servir de fundamento a cualquier investigación. Así, por ejemplo, podemos decir que: Es verdad que en 1968 los militares dieron un golpe de estado cruento, y depusieron del poder al Dr. Arnulfo Arias. Es verdad que Boris Martínez fue exiliado y quedó Omar Torrijos como jefe absoluto del gobierno, pese a la existencia de una Junta de Gobierno. Es verdad que hubo muertos oposicionistas al golpe, y que mucha gente fue encarcelada y enviada fuera del país. Es verdad que se amenazaba a los demócratas, con enviarlos a Miami y que varias personas desaparecieron, sin que hasta la fecha se sepa de ellos.
Es verdad que el sacerdote Héctor Gallegos y Alcibiades Bethancourt, por ejemplo, desaparecieron durante el gobierno de Omar Torrijos. Es verdad que familiares y amigos trataron de encontrarlos, y denunciaron la desaparición, pero jamás se supo de ellos y que el Jefe de Gobierno sabía de tales desapariciones. Es verdad que por denunciar la desaparición de Gallegos, el Lic. José M. Faúndes (padre) fue detenido. Es verdad que los medios de comunicación propiedad de Harmodio Arias (prensa y radio) fueron cerrados y ocupados durante el gobierno de Omar Torrijos. Es verdad que a muchos panameños se les mantuvo en el exilio hasta después de aprobados los Tratados Torrijos-Carter. Por eso entiendo a Carter, pero no justifico su defensa inoportuna y desacertada.
Es verdad que Omar murió en un accidente aéreo y que las últimas consecuencias de la investigación del hecho, aún se desconocen. Es verdad que se nombraron comisiones para establecer las causas y autores de su muerte, más no sabemos las conclusiones finales. Todas esas verdades son irrefutables, no varían porque se les dé un enfoque diferente, ni porque las proclame alguien que no nos gusta. Son verdades que no pierden valor, porque son universales. Los hechos sobre las que surgen mantienen su objetividad, aún cuando haya interpretación diferente de los mismos, para resaltar o disminuir sus efectos y consecuencias políticas, históricas, etc.
Ahora tenemos otras verdades y es que se están encontrando osamentas de desaparecidos en Tocumen. Eso es una verdad absoluta. El nombramiento de una Comisión para saber la Verdad, incomoda a quienes debe interesar que se integre la misma. No importa quiénes sean miembros designados para la investigación. La verdad como tal, no pierde valor, ni se puede modificar, así como no se podrán cambiar los hechos que hemos enumerado como verdades de nuestro acontecer nacional.
Si designamos a militantes de partidos políticos de movimientos gremiales, estudiantiles, docentes o religiosos, etc., en nada va a variar la verdad. Esta será única, aún cuando de ella se hagan análisis diferentes. Por eso es demagógico, irresponsable, inaceptable y censurable, que se trate de impedir el conocimiento de la verdad, alegando que se ha politizado la investigación o la integración de la Comisión. Es una pobre excusa a falta de argumentos serios. Lo que existe es el temor de conocer la verdad y tener que enfrentarse a la misma, después de haber caminado tanto negándola o simulando desconocerla. La verdad siempre mantendrá su esencia, incólume, intacta, invariable, porque tiene un valor intrínseco absoluto. El pueblo tiene derecho a conocerla, no importa a quién le corresponda divulgarla.
No podemos censurar las medidas que pretenden revelar la verdad. La verdad es siempre absoluta. Si no lo es, deja de ser verdad para convertirse en una justificación, una explicación aceptable o una excusa. La verdad no pierde su esencia por provenir de un grupo religioso, nacionalista, político, gremial, sindicalista, docente, empresarial, estudiantil, rebelde o colaborador. Si es verdad, tiene el valor de tal, no importa que afecte o que aluda a intereses particulares. Será siempre la verdad y así hay que aceptarla. No podemos mediatizarla, tratando de calificar o demeritar a quienes las descubren o publican. La verdad subsiste con independencia de quienes la defienden o de quienes la niegan.
Frente al interés nacional por saber la verdad de lo ocurrido, tenemos que señalar que existen varias verdades innegables, que deben servir de fundamento a cualquier investigación. Así, por ejemplo, podemos decir que: Es verdad que en 1968 los militares dieron un golpe de estado cruento, y depusieron del poder al Dr. Arnulfo Arias. Es verdad que Boris Martínez fue exiliado y quedó Omar Torrijos como jefe absoluto del gobierno, pese a la existencia de una Junta de Gobierno. Es verdad que hubo muertos oposicionistas al golpe, y que mucha gente fue encarcelada y enviada fuera del país. Es verdad que se amenazaba a los demócratas, con enviarlos a Miami y que varias personas desaparecieron, sin que hasta la fecha se sepa de ellos.
Es verdad que el sacerdote Héctor Gallegos y Alcibiades Bethancourt, por ejemplo, desaparecieron durante el gobierno de Omar Torrijos. Es verdad que familiares y amigos trataron de encontrarlos, y denunciaron la desaparición, pero jamás se supo de ellos y que el Jefe de Gobierno sabía de tales desapariciones. Es verdad que por denunciar la desaparición de Gallegos, el Lic. José M. Faúndes (padre) fue detenido. Es verdad que los medios de comunicación propiedad de Harmodio Arias (prensa y radio) fueron cerrados y ocupados durante el gobierno de Omar Torrijos. Es verdad que a muchos panameños se les mantuvo en el exilio hasta después de aprobados los Tratados Torrijos-Carter. Por eso entiendo a Carter, pero no justifico su defensa inoportuna y desacertada.
Es verdad que Omar murió en un accidente aéreo y que las últimas consecuencias de la investigación del hecho, aún se desconocen. Es verdad que se nombraron comisiones para establecer las causas y autores de su muerte, más no sabemos las conclusiones finales. Todas esas verdades son irrefutables, no varían porque se les dé un enfoque diferente, ni porque las proclame alguien que no nos gusta. Son verdades que no pierden valor, porque son universales. Los hechos sobre las que surgen mantienen su objetividad, aún cuando haya interpretación diferente de los mismos, para resaltar o disminuir sus efectos y consecuencias políticas, históricas, etc.
Ahora tenemos otras verdades y es que se están encontrando osamentas de desaparecidos en Tocumen. Eso es una verdad absoluta. El nombramiento de una Comisión para saber la Verdad, incomoda a quienes debe interesar que se integre la misma. No importa quiénes sean miembros designados para la investigación. La verdad como tal, no pierde valor, ni se puede modificar, así como no se podrán cambiar los hechos que hemos enumerado como verdades de nuestro acontecer nacional.
Si designamos a militantes de partidos políticos de movimientos gremiales, estudiantiles, docentes o religiosos, etc., en nada va a variar la verdad. Esta será única, aún cuando de ella se hagan análisis diferentes. Por eso es demagógico, irresponsable, inaceptable y censurable, que se trate de impedir el conocimiento de la verdad, alegando que se ha politizado la investigación o la integración de la Comisión. Es una pobre excusa a falta de argumentos serios. Lo que existe es el temor de conocer la verdad y tener que enfrentarse a la misma, después de haber caminado tanto negándola o simulando desconocerla. La verdad siempre mantendrá su esencia, incólume, intacta, invariable, porque tiene un valor intrínseco absoluto. El pueblo tiene derecho a conocerla, no importa a quién le corresponda divulgarla.