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El verdadero significado de la democracia


La democracia no sólo es una forma política de gobierno, sino un modo de expresión de la idiosincrasia de un pueblo. La democracia no puede ser vista como una simple fórmula más o menos ventajosa de elección de los gobernantes.
La democracia, por el contrario, es un sistema complejo que se vincula íntimamente con los valores más elevados de la humanidad. Por consiguiente, su concepto resulta ser más elevado que la simple confluencia de necesidades materiales insatisfechas o de oportunidades de negocios por nacer; siendo, pues, que ella es la aspiración máxima de un pueblo que defiende sus valores con cierto grado de madurez y eficiencia.
De la vida “en democracia” nacen ciertas reglas morales que no son una creación antojadiza. Ellas son el resultado de las luchas generacionales de los pueblos y de las naciones dirigidas a la construcción de sociedades más equilibradas, justas y libres.
La lucha de la civilización contra la barbarie ha producido un estadio humano de desarrollo que permite el desarrollo del hombre en condiciones óptimas. Por consiguiente, la democracia se ha convertido no solamente en una forma socio-política, sino en una manera de vida diaria, elemental para el buen desarrollo de una sociedad.
El problema de la democracia panameña parece ser complejo. Los valores democráticos parecieran no estar profundamente arraigados en el espíritu de los dirigentes, muchos de los cuales flotan alrededor o a lo interno de las instituciones públicas y de los partidos políticos, haciéndose llamar erróneamente “políticos”, como representantes de lo “democrático”, de donde podemos afirmar un hecho cierto y es que estos pseudo políticos ignoran casualmente todo lo político.
En realidad, la democracia panameña ha sido reducida al evento que se realiza cada cinco años donde se eligen personas, pero las formas de esa elección carecen del sentido democrático que requiere lo verdaderamente democrático.
Hasta allí llega el alcance de nuestra democracia y de nuestra participación, ocultando que lo político y lo democrático se encuentran íntimamente ligados; pues debemos entender por política, tal como lo afirmara un amigo nuestro, “el vínculo entre el proyecto y la realidad. Es la rebeldía de la razón frente a la supuesta fatalidad de los hechos y la afirmación de la voluntad sobre el curso de la historia.”
Una vez electos, los pseudo políticos se olvidan de sus compromisos y obligaciones, maquillando su discurso con aquella forma de insulto colectivo que se denomina “demagogia”, la cual nos lleva al reacomodo de la clientela y a la satisfacción de las hambres de poder, de dinero y de privilegios.
La demagogia resulta ser el peor enemigo que tiene la democracia, siendo el virus que infecta el tejido social en forma de populismo. La demagogia oculta normalmente la podredumbre de la corrupción y, en su vertiente activa, produce los autoritarismos que hemos sufrido por largo tiempo.
Es por lo anterior que la democracia y los pseudo políticos, fanáticos de la demagogia, son incompatibles. La igualdad de los ciudadanos, el respeto a la libertad de conciencia y a la libertad de dudar, la tolerancia y la aceptación de las diferencias, la paz, el bienestar común, la solidaridad y la fraternidad humana, la primacía de la razón, todos estos valores de una convivencia racional son desechados por los demagogos en pro de intereses egoístas. En su lugar se aluden a conductas autoritarias, despreciativas de la calidad humana, la imposición de decisiones desacertadas, al margen o en contra de la opinión generalizada y aún en contra de las reglas socialmente admitidas; conductas que conspiran eficientemente para desmontar toda creencia en la existencia de un verdadero Estado de Derecho, de una real democracia.
La democracia no es el llamado circunstancial a la elección de unos por otros, sino una verdadera participación en la toma de decisiones, a todos los niveles.
Para la democracia, el centro de poder está en el ciudadano y no en sus representantes. Hecho que parecen olvidar algunos. Por esto, la conducción del Estado no puede ser dirigida por pseudo políticos, gente sin formación, sin filosofía, sin contenido que se forja el alma en los fuegos de la conveniencia personal y familiar.
La demagogia de los pseudo políticos es incompatible con un país democrático que aspira mucho más a ser el reflejo de una civilización y de una cultura desarrollada que la imagen de un desorientado grupo de interés.
La democracia, la estabilidad y el desarrollo del país requieren que en las próximas elecciones no cometamos el error de confiar en los demagogos de siempre, so pretexto de algo nuevo, igual a lo de siempre. Por ello, busquemos, políticos serios, honestos y verdaderos, lejanos a la demagogia y a la politiquería. Busquemos verdaderos políticos, con reales valores democráticos y seleccionemos solamente a los mejores, a los comprobados, pues tenemos el derecho a ser exigentes y obtener lo mejor; la mediocridad que acompaña a los pseudo-políticos y demagogos debe ser derrotada.

101 años de Panamá América

 
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