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El viaje del Papa a Tierra Santa


Antes y después del viaje de Juan Pablo II a Tierra Santa, algunos teólogos insinuaron que no es suficiente la palabra del Sumo Pontífice para formalizar cambios revolucionarios en la postura histórica de la Iglesia, como la reconciliación con los hebreos. En rigor, estos cambios corresponderían más bien a un concilio, es decir a la asamblea de obispos, critican los teólogos disidentes.
Históricamente, el acervo doctrinal de la Iglesia se desenvuelve a través de dos fuentes: el magisterio doctrinal y el magisterio auténtico oficial; y los concilios ecuménicos. En esta coyuntura el Papa ha recurrido, con todo el respaldo doctrinario, al magisterio auténtico o magisterio de la verdad, que le autoriza a hablar "ex cathedra", obligándose los cristianos a seguirlo en materia de fe y buenas costumbres. El perdón por los errores de la Iglesia, implorado en público con humildad ejemplar, no es materia de fe sino de buenas costumbres y por tanto calza en la ortodoxia doctrinal. En esa perspectiva teológica, no se puede regatear el derecho del Papa a fijar una nueva línea en la historia de la Iglesia. Una línea que disuelve las fronteras de la hostilidad que la Iglesia Católica sostuvo contra el judaísmo, el islamismo y los reformistas cismáticos de Lutero, Calvino, Zwinglio etc. a lo largo de siglos y la trasforma en tolerancia fraterna, haciendo espléndido uso de su carisma.
Contra lo que imaginan muchas personas, en los 21 concilios ecuménicos realizados a partir de Pentecostés, las asambleas de obispos más se concentraron en adoptar acuerdos acerca de herejías. La tónica la impartió el Concilio de Nicea ( año 325) que condenó la herejía de Arrio, o arrianismo, que pretendía negar la divinidad de Cristo. El Concilio de Trento, que rubricó la división con los reformistas, también se ocupó de temas doctrinales( justificación de los Sacramentos, la Eucaristía, el Canon de las Sagradas Escrituras) y de disposiciones disciplinales derivadas del cisma encabezado por un sacerdote agustiniano alemán. El Concilio Vaticano II fue eminentemente pastoral a través de constituciones, decretos y declaraciones que fijaron posición renovadora en temas sociales actuales que rozaron la controversia política. En el Perú, en los tiempos de la dictadura militar de Velasco Alvarado que me desterró siete años, debatí con sacerdotes y monjas que, en su ingenua euforia, creían ver coincidencias entre los acuerdos del Concilio Vaticano II y la tiranía y no faltaron religiosos latinoamericanos que perpetraron, bajo el efecto embriagador de un tercermundismo apocalíptico, el aborto de un marxismo seudocristiano.
Debo confesar que aún no me convencen las reformas litúrgicas que, en el oficio de la misa, reemplazaron el latín por lenguas romances ( castellano, incluido); que modificaron el viejo credo de mis años escolares, por lo que me resisto a memorizar el nuevo credo; y que permitieron la sustitución inconvincente de la melancólica solemnidad del Tantum Ergo por cánticos con ritmo de samba argentina, carnavalito boliviano y tamborito panameño. ¿Conservador yo? Jamais de la vie. I like the rumba. Pero cada cosa en su momento adecuado. Tolero y respeto a los carismáticos, pero cuando siento maracas en el templo, me levanto y me voy a mi casa a oír los CD de los cantos gregorianos del Convento de Silos.
Pidiendo se me disculpe este desahogo sentimental de un cristiano viejo que cree en Dios con la fe del carbonero, vuelvo a Juan Pablo II y el ciclo histórico de sus cambios revolucionarios. Con la esperanza de que sus cambios sean el inicio de otra serie de rectificaciones, aspiro a que se derogue la excomunión a los masones, baluartes de una religiosidad ecuménica a los que una deformada interpretación de sus principios desfigura como socios del diablo; que se autorice el sacerdocio a las mujeres; que se permita la exhumación de los restos de Marsilio de Padua, Guillermo de Ockham, Juan de Valdes en camposantos consagrados; y que el espíritu paradigmático de humildad y tolerancia del portentoso pontífice polaco Juan Pablo II perdure ad maiorem gloria dei.

101 años de Panamá América

 
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