default

El vuelo de los buitres


Corría 1954. Por todos los campos de mi país, numerosos arroyos surcaban nuestra generosa tierra. Los senderos, que en mi infancia recorrí a pie enjuto, la mayoría de las veces, reverdecían, aún en el más caliente de los meses. Quienes disfrutamos de aquel paraíso, no podemos menos que lamentar el dramático cambio que, en pocos años, ha transformado el agreste y hermoso entorno de otrora, en un ambiente pesado, contaminado y hostil a nuestra propia vida. Los que crecieron en el mal llamado interior del país, saben a lo que me refiero. Aquellas madrugadas plagadas de trinos y cantos de toda suerte de aves y pájaros, que jamás podrían ser reemplazados por el estridente zumbido de un reloj despertador. El mugido y el gemido de animales cómo podrían ser reemplazados por el rugir trepidante, venido a trueno, de los diablos rojos. El canto de la pájara jilguera, de la cascá y el bubú de las torcazas pintaba un despertar y un amanecer rayano con aquel sentimiento que debió experimentar el Adán del Edén.
Cuando el sol se empinaba, buscando el cenit y sus benéficos rayos bañaban los campos, los árboles no sólo ofrecían sus jugosos frutos, sino que su frondosidad era tal que, cobijados bajo ellos, el invento del aire acondicionado no habría podido ofrecer tanta comodidad y solaz. Tender una hamaca y retozar la panza llena, allí era como estar en la puerta del cielo. Las semillas germinaban, aún en temporada seca. Así era nuestra tierra de generosa, y que quizás de esa manera nos invitaba a cuidarla, a preservarla. Pero tanta generosidad parece que nos cegó, al punto de llevarla hasta el extremo de la infertilidad. No había semilla que se tirara al suelo que no germinara, floreciera y diera fruto. El hambre no se conocía, la tierra nos alimentaba sin que se lo pidiéramos. Podría decir que casi no era necesario trabajar para tener a disposición todo lo necesario para vivir.
Aún están vivas en mi memoria las veces en que ante mis ojos aparecían venados, saínos, conejos, tigrillos, iguanas, lagartos, tortugas de quebradas, bandadas de rabiblancas, punducas, faisanes, tortolitas, loros y gaviotas en el propio patio de mi casa. ¡Y no precisamente vivía en la montaña! Aquello, viéndolo bien, era el mero paraíso. Y para qué hablarles de los atardeceres. Aquella belleza eriza los pelos, con solo su recuerdo. Los destellos del sol penetraban las nubes y destilaban cabellos de oro, que iban a estrellarse en los cerros y en la cordillera central, en una sinfonía de colores de singular majestuosidad.
Y cuando la noche extendía su manto, toda suerte de animalitos e insectos desplegaban su palpitante trinar, en una multitud de sonidos y chillidos, a que a medida que amainaban, iban induciendo un placentero y profundo sueño. Quién podría pensar en vivir en una ciudad contaminada como la que tenemos ahora. Qué no podría decirse de los arroyos, quebradas y ríos que surcaban nuestra tierra. Aquellas quebradas de mi pueblo, y de seguro que las de todos los pueblos de país, que en época de lluvia crecían hasta impedir el paso, y que no pocas vidas de animales y personas hubieron de cobrar, eran del deleite de la gallada. A mera piel como Dios nos mandó al mundo, nadábamos y charqueábamos en ellas hasta que los deberes nos llamaban o la abuela bendita ponía, con una mirada, fin a aquel candoroso placer. En ellas aprendimos a pescar, porque en ellas anidaban y crecían una variedad sorprendente de sardinas, chogorras y chobecas, que no pocas veces, por su abundancia las agarrábamos a mano pelá. No les exagero, amables lectores, si les digo, que un día al atardecer, cuando mi padre desligaba el yugo de los bueyes, sobrevino un diluvio con una impresionante tormenta, que al terminar, más de 20 tortugas de quebrada aparecieron en el patio. Mis hermanos y yo nos preguntábamos de dónde habrían venido. Si les digo, que otro día, tras una fuerte lluvia, mientras chapaleábamos en el llano, en los límpidos lagos que se formaban, del cielo cayeron peces. Me dirán que es un purito cuento. No habría de jurarles, que toda la gallada nos fajamos para atraparlos, y que en la cena de aquel día, todos en el pueblo comimos de aquel generoso regalo de la madre natura. ¡Cómo llegaron ahí!. Quizá aquel singular aguacero sería en verdad un tornado que habría sacado los peces del mismo mar, que por cierto, desde mi pueblo dista unos tres kilómetros.
Ahora, transcurridos un par de lustros, mi alma se entristece tanto como antes disfrutaba de aquel paraíso. Hoy lo más común es ver, por el cielo del país, el vuelo de los buitres que, afortunadamente, aún no nos ha dado por acabarlos. El deterioro del ambiente, la rapiña y la depredación humana han convertido nuestro suelo en un cementerio de todas las especies, incluida la nuestra. Sobra una media mirada para observar cómo toda la capa arbórea ha cambiado. Para mirar un animal, en su pura salvajada, no hay manera ¿Díganme, dónde están las cristalinas aguas de aquella torrentosa quebrada de mi infancia, la quebrada Cañazas? ¿Dónde se podrá llenar una vasija (totuma) de agua y tomarla sin que nada pase, como lo hicimos en muchos arroyos de mi pueblo? ¡Eso lo hicimos todos los de la gallada y nada pasó! Hoy la contaminación es tal que las aves se han mudado, buscando agua en buen estado. Ya no es fácil escuchar su tierno mensaje de amor. Ya no las tenemos de compañeras en nuestro despertar. Ya no las vemos regalarnos el encanto de su cadencioso vuelo. Ya no hay más bandadas de loros ni de gaviotas. Ya se extinguió el exquisito canto de mantos, pintos y legas. Podría decir, con su permiso, como Amelia De Icaza, Ho Charco Lajas, Ho Cerro Brujo, Ho Canajagua, Ho Campana muchos árboles en sus cimas conocí, allí gravé mi nombre, qué lo hicimos, por qué ya no somos los mismos para ti. O como lo diría Miró, revuelvo la mirada y a veces siento espanto porque no encuentro el momento en que la depredación terminará, porque no encuentro los charcos en los que, en mi infancia me bañé, quizá campos míos queridos, quizás nunca supieran que los quería tanto si hado no dispone que viniera a la ciudad.
Si Ud. duda del grave crimen ecológico, que en nombre del progreso, cientos de industrias y fábricas han cometido contra el país, lo invito a apreciar una pequeña muestra en la Bahía de Panamá, lo que no se refleja sólo en los residuos biológicos humanos sino en la contaminación de las quebradas y ríos que cruzan la ciudad; lo o la invito, para variar, a subir a un "diablo rojo" y viajar de pie, para que tenga una muestra del gran desastre producido a los arroyos de la capital. Ojalá podamos hacer algo, antes que las enfermedades de origen ambiental empiecen a diezmarnos o ya no nos quede más que andar enmascarados, para buscar una molécula de oxígeno. ¿Qué está haciendo ANAM?

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América