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El XXV aniversario de los Tratados Torrijos-Carter


Desde hace 25 años cada vez que la hoja del calendario marca el 7 de septiembre, mis reacciones son iguales a las que tengo en las fechas más importantes de la Patria. No es un día feriado, pero toda visión justa y equilibrada de la historia de Panamá habrá de reconocer que el 7 de Septiembre de 1977, con la firma de los Tratados Torrijos-Carter que determinaron la entrega del Canal a Panamá el 31 de diciembre de 1999, los panameños cosechamos los frutos de una inversión colectiva de sacrificios, de sufrimientos, de energías, de fe y de esperanza.
La importancia del 7 de Septiembre de 1977 está, para mí, íntimamente vinculada a las aspiraciones y a las luchas que constituyeron, durante los primeros años de mi vida, una de las más altas razones de vivir y de luchar. Hoy en día, en cualquier punto del país, en nuestras ciudades y en nuestros campos están presentes los estigmas de la pobreza y de la insuficiencia de los servicios públicos. En muchas ocasiones he expresado mis sentimientos y mi convicción de que los panameños debemos aliarnos, convocarnos, unirnos, para erradicar la pobreza y corregir las ineficiencias de los órganos del poder público. Pero durante mi infancia, en el curso de mi vida estudiantil y profesional, la principal fuente de sufrimientos era la discriminación, la postergación, la humillación colonial que a cada momento nos señalaba que teníamos “una cita con la historia”.
Los Tratados del Canal de 1977 constituyen en los fastos de la nación panameña el perfeccionamiento de la independencia nacional. Como lo expresé desde el solio presidencial en 1984, al cumplirse su séptimo aniversario, los Tratados Torrijos-Carter señalan el término de un tramo en el largo camino del pueblo panameño hacia la meta del Estado moderno, integrado e independiente.
En esta fecha memorable están también presentes los mártires de la gesta del 9 de Enero de 1964, que le imprimieron un nuevo rumbo a la historia de la República. Promovieron con sus sacrificios la unidad nacional, para lograr sin sectarismos el rescate de la soberanía panameña y la cancelación definitiva del Tratado Hay-Bunau Varilla. A esa impronta del 9 de Enero respondimos muchos panameños y muchas panameñas, quienes al expresar las aspiraciones de redención nacional, fijaron el nivel de las reivindicaciones a ser logradas en los Tratados Torrijos-Carter.
“Hacia un nuevo Tratado” fue el título del editorial que “El Panamá América”, entonces bajo mi dirección, publicó el 1 de febrero de 1964, aduciendo que “La posición de Panamá, el objetivo preciso de nuestra lucha, es la cancelación del Tratado de 1903 y la búsqueda de acuerdos internacionales que conduzcan a un nuevo régimen del Canal de Panamá. Un nuevo tratado que garantice a Panamá la satisfacción de sus legítimas aspiraciones como país independiente, soberano sobre todo territorio y usufructuario de los beneficios que le corresponde por naturaleza a su comercio, a su industria y a su fuerza de trabajo en general.”
“Un nuevo tratado, claro, preciso, concreto, que no se preste a interpretaciones antojadizas, que tenga límites adecuadamente determinados, y no una simple serie de modificaciones, más o menos adjetivas, sujetas al poder y al control de un gobierno extranjero que pretende ejercer jurisdicción y derechos soberanos sobre el territorio panameño. Solamente un nuevo tratado del canal, que preserve nuestros derechos y que satisfaga las legítimas aspiraciones de lo que es propiedad nacional, puede garantizar la paz y el sosiego a la nación y puede permitir a nuestra conciencia de panameños volver a la tranquilidad, porque solamente así sabremos que la trágica jornada de enero no ha sido en vano.”
Los Tratados Torrijos-Carter ponen de relieve que el sacrificio de los mártires de enero no fue estéril. Los Tratados fijaron un calendario de la descolonización. Dos años después de su firma rescatamos cerca de las dos terceras partes del territorio que nos fuera segregado en 1903. El 1 de octubre de 1979 recuperamos y volvieron a la jurisdicción panameña los puertos terminales del Canal y el ferrocarril transístmico.
Por razón de los Tratados de 1977, me correspondió como Ministro de Relaciones Exteriores el honor de actuar en nombre del Gobierno Nacional el día 1 de abril de 1982, al asumir la República de Panamá la administración de justicia, el servicio de policía y el sistema carcelario, hasta entonces a cargo de las autoridades norteamericanas en el territorio que constituyó la Zona del Canal de Panamá.
Dejé constancia en esa fecha que por primera vez en cinco siglos, al cabo de 48 decenios de jurisdicción española, de jurisdicción colombiana y de jurisdicción norteamericana, Panamá adquirió plena jurisdicción en toda la extensión de su territorio nacional.
Habiéndose transferido a Panamá el control del tráfico aéreo y cesado el ejercicio por los Estados Unidos de las funciones gubernamentales referentes a la administración de justicia, el servicio de policía y el sistema carcelario, el Estado panameño quedó ejerciendo dignamente, en concordancia con sus atributos soberanos, la jurisdicción terrestre, marítima y aérea en todo el país.
El destino me reservó el 1 de octubre de 1984, que me tocara como Presidente de la Nación panameña, recibir en su nombre tierras e instalaciones que en esa fecha se reintegraron al patrimonio físico, cultural y político de nuestra patria, a la vez que me permitió asumir la responsabilidad histórica de decretar el cierre de la Escuela de Las Américas. Manifesté ese día que la bandera de Estados Unidos le cedía sin violencia su sitial de honor a la bandera panameña. Es una fecha luminosa en el calendario de la descolonización programada en el Tratado de 1977, y que se realizó en un marco de relaciones armónicas entre los dos países.
Guiado por su sentido de soberanía, de dignidad y de manejo psicológico, Torrijos alcanzó el milagro de la firma de los nuevos Tratados del Canal y demostró cómo se pueden situar en el más elevado plano las relaciones entre un país pequeño como Panamá y una superpotencia como Estados Unidos, armonizando sus intereses contrapuestos en un escenario de franco entendimiento, como el derivado de la relación tan humana y amistosa establecida entre el Presidente Carter y el propio Omar Torrijos.
La dignificación de la imagen de la nación panameña como Estado soberano, la exaltó Torrijos en su peregrinaje por los países y gobiernos más influyentes del mundo desarrollado y en desarrollo. “Mi objetivo inmediato -decía- es seguir patrullando todos los puestos de avanzada de la dignidad mundial. Necesitamos que avalen a un mandatario que, independientemente del país que dirige, representa una moral firme. Y Jimmy Carter necesita que todas las opiniones de significativa jerarquía disparen en dirección al Congreso. Este es el cuerpo legislativo que determinará el precio de nuestra liberación”.
Los Tratados Torrijos-Carter nos liberaron del yugo colonial y fueron, por eso, un indudable instrumento de fortalecimiento de la fraternidad panameña. Esa fraternidad nos impulsa a dedicarle un recuerdo y una reflexión profundos a los que cayeron en esta lucha de generaciones, a los que cayeron en el camino luchando por nuestras reivindicaciones.
El 7 de Septiembre es una fecha de celebración y de recordación. El 7 de Septiembre es una fecha en la cual la fraternización entre los panameños encuentra su argamasa, su fuerza, su consistencia en el reconocimiento de que los Tratados Torrijos-Carter le ofrecen a nuestro pueblo los atributos para juntar esfuerzos dirigidos a elevar el honor, la dignidad y el prestigio de la nación panameña.
El 7 de Septiembre es una fecha que le da a los símbolos patrios, -nuestra bandera y nuestro himno-, un sentido pleno. El 7 de Septiembre es una fecha auspiciosa para que hagamos una reflexión profunda sobre la condición histórica y política del destino de nuestro país frente a los problemas de nuestro tiempo.

101 años de Panamá América

 
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