Elección y participación
SI QUEREMOS realmente empezar a hacer realidad aquello de que: "El poder público sólo emana del pueblo", se hace entonces cada vez más necesario, además de urgente, que el inconformismo ciudadano se transforme en una verdadera participación ciudadana.
Durante el último año, los espacios institucionales que le permitan a los ciudadanos tener un mayor grado de información, comunicación, participación o debate, lejos de aumentar y ampliarse son más bien reducidos por las desgastados factores reales de poder. Incapaces de renovarse y de dejar de pavonearse con la también desgastada manipulación del concepto de democracia, se observa cómo insisten en hacer de sus descontroladas ansias de poder su "modus vivendi" y que la ciudadanía marche al ritmo de sus tambores electoreros.
No está de más insistir que si de democracia se trata, no cabe duda que la participación ciudadana es la expresión más importante de los derechos políticos de los ciudadanos en las decisiones para que su resultado sea real y efectivo. Sin embargo, la Constitución militarista de 1972 -que nació sin participación ciudadana y que fuese nuevamente, reformada hace poco menos de un año sin participación alguna de la ciudadanía-, mecanismo que hoy por hoy es la razón misma de ser de una Constitución, no ha contribuido en lo más mínimo a lograr que empecemos a llenar los vacíos que nos corresponden como parte de la sociedad moderna.
¿Debemos entonces sorprendernos de ver cómo cotidianamente se excluye la justicia social? ¿Cómo se nos impide hacer de la democracia una realidad, un modo de vida, y no se nos permite saber conjugar y llenar de sentido el verbo participar, o sea tomar parte en una cosa? Por ello, debo forzosamente insistir en afirmar que "La manera como fueron planeadas, presentadas, discutidas y aprobadas las "reformas constitucionales" por parte de las cúpulas del gobierno saliente y entrante; además de apoyadas, promovidas y aceptadas por parte de ciertos autoproclamados "voceros de la sociedad civil", exhibe -una vez más- las limitaciones dominantes para que en nuestro país, la democracia con participación ciudadana pueda darse. La mayor fuente de limitaciones ha sido la sociedad misma, dado que no es una sociedad justa que ofrezca a todos sus integrantes condiciones equitativas para desarrollarse plenamente como personas dignas. Las cúpulas de los partidos políticos, de ciertos gremios, sindicatos, asociaciones, etc., se han ocupado del resto".
El madrugador activismo electorero de los principales partidos políticos en Panamá resulta significativo para el análisis de una situación como las que nos imponen los principales beneficiarios de la timocracia reinante. Mientras tanto, seguimos constatando que, tras largos años de frustraciones, desengaños y desencantos, muchos compatriotas se han vuelto ciudadana y políticamente escépticos. Muchos tampoco participan por culpa de la ignorancia, mientras otros rechazan la participación por pereza o por egoísmo, sumados a los se marginan de ella por desconfianza y, también, por miedo. Sin embargo, los escépticos, los desinformados, los negligentes, los egoístas y los temerosos integran, en no pocas ocasiones, una mayoría pasiva cuyos miembros han renunciado a influir en la dirección política del país, a manifestar su parecer en la adopción de las grandes decisiones, a ejercer control sobre la cosa pública y a comprometerse de verdad, con sus derechos y deberes ciudadanos.
En este punto, quiero traer a colación lo que tan atinadamente nos recuerda Francisco Rubiales en su obra "Democracia secuestrada" (Almuzara, 2005): "El ciudadano demócrata necesita, en primer lugar, derrotar al miedo, su principal enemigo. El miedo es un fuerte sentimiento paralizante que impide al individuo indignarse, movilizarse y plantar cara al abuso y a la injusticia. El miedo es el aliado principal de los poderosos, el instrumento que estos han utilizado a lo largo de la historia para someter y domesticar a los humanos. Hoy, en nuestras sociedades modernas, está siendo inyectado en cantidades asombrosas en la sociedad, en la cultura y en los individuos desde el Estado y los otros grandes poderes e intereses, a través de los medios de comunicación, a través de gestos de fuerza y de un lenguaje construido adrede y cargado de símbolos. Sus objetivos son paralizar, adormecer las conciencias y eliminar lo que el poder más teme: la invencible competencia del hombre unido a sus semejantes, indignado y valiente, decidido a plantar cara y a defender sus valores y creencias." (Pág. 136-137)
La actitud de los convidados de piedra, al igual que la de las cúpulas perjudica la participación y nos impide alcanzar la Constituyente. Es ella la que demostrará que la democracia no es simplemente una forma de organización estatal, que la participación ciudadana no se agota con las actividades vinculadas a lo electoral.
Durante el último año, los espacios institucionales que le permitan a los ciudadanos tener un mayor grado de información, comunicación, participación o debate, lejos de aumentar y ampliarse son más bien reducidos por las desgastados factores reales de poder. Incapaces de renovarse y de dejar de pavonearse con la también desgastada manipulación del concepto de democracia, se observa cómo insisten en hacer de sus descontroladas ansias de poder su "modus vivendi" y que la ciudadanía marche al ritmo de sus tambores electoreros.
No está de más insistir que si de democracia se trata, no cabe duda que la participación ciudadana es la expresión más importante de los derechos políticos de los ciudadanos en las decisiones para que su resultado sea real y efectivo. Sin embargo, la Constitución militarista de 1972 -que nació sin participación ciudadana y que fuese nuevamente, reformada hace poco menos de un año sin participación alguna de la ciudadanía-, mecanismo que hoy por hoy es la razón misma de ser de una Constitución, no ha contribuido en lo más mínimo a lograr que empecemos a llenar los vacíos que nos corresponden como parte de la sociedad moderna.
¿Debemos entonces sorprendernos de ver cómo cotidianamente se excluye la justicia social? ¿Cómo se nos impide hacer de la democracia una realidad, un modo de vida, y no se nos permite saber conjugar y llenar de sentido el verbo participar, o sea tomar parte en una cosa? Por ello, debo forzosamente insistir en afirmar que "La manera como fueron planeadas, presentadas, discutidas y aprobadas las "reformas constitucionales" por parte de las cúpulas del gobierno saliente y entrante; además de apoyadas, promovidas y aceptadas por parte de ciertos autoproclamados "voceros de la sociedad civil", exhibe -una vez más- las limitaciones dominantes para que en nuestro país, la democracia con participación ciudadana pueda darse. La mayor fuente de limitaciones ha sido la sociedad misma, dado que no es una sociedad justa que ofrezca a todos sus integrantes condiciones equitativas para desarrollarse plenamente como personas dignas. Las cúpulas de los partidos políticos, de ciertos gremios, sindicatos, asociaciones, etc., se han ocupado del resto".
El madrugador activismo electorero de los principales partidos políticos en Panamá resulta significativo para el análisis de una situación como las que nos imponen los principales beneficiarios de la timocracia reinante. Mientras tanto, seguimos constatando que, tras largos años de frustraciones, desengaños y desencantos, muchos compatriotas se han vuelto ciudadana y políticamente escépticos. Muchos tampoco participan por culpa de la ignorancia, mientras otros rechazan la participación por pereza o por egoísmo, sumados a los se marginan de ella por desconfianza y, también, por miedo. Sin embargo, los escépticos, los desinformados, los negligentes, los egoístas y los temerosos integran, en no pocas ocasiones, una mayoría pasiva cuyos miembros han renunciado a influir en la dirección política del país, a manifestar su parecer en la adopción de las grandes decisiones, a ejercer control sobre la cosa pública y a comprometerse de verdad, con sus derechos y deberes ciudadanos.
En este punto, quiero traer a colación lo que tan atinadamente nos recuerda Francisco Rubiales en su obra "Democracia secuestrada" (Almuzara, 2005): "El ciudadano demócrata necesita, en primer lugar, derrotar al miedo, su principal enemigo. El miedo es un fuerte sentimiento paralizante que impide al individuo indignarse, movilizarse y plantar cara al abuso y a la injusticia. El miedo es el aliado principal de los poderosos, el instrumento que estos han utilizado a lo largo de la historia para someter y domesticar a los humanos. Hoy, en nuestras sociedades modernas, está siendo inyectado en cantidades asombrosas en la sociedad, en la cultura y en los individuos desde el Estado y los otros grandes poderes e intereses, a través de los medios de comunicación, a través de gestos de fuerza y de un lenguaje construido adrede y cargado de símbolos. Sus objetivos son paralizar, adormecer las conciencias y eliminar lo que el poder más teme: la invencible competencia del hombre unido a sus semejantes, indignado y valiente, decidido a plantar cara y a defender sus valores y creencias." (Pág. 136-137)
La actitud de los convidados de piedra, al igual que la de las cúpulas perjudica la participación y nos impide alcanzar la Constituyente. Es ella la que demostrará que la democracia no es simplemente una forma de organización estatal, que la participación ciudadana no se agota con las actividades vinculadas a lo electoral.