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Elecciones frustradas en Serbia


Quienes preconizan un cambio de régimen político de la dictadura más brutal a una democracia abierta al estilo occidental en Irak, deberían contemplarse en el espejo político de Serbia. El tránsito de un sistema autoritario a otro debe hacerse en forma gradual y realista, a riesgo de que las precipitaciones lleven a un limbo político en el que tanto pueden los pueblos acceder al paraíso como, en sentido contrario, al infierno.
La segunda vuelta de las elecciones en Serbia no alcanzó el porcentaje de 65% de votantes que exige la ley, unos dicen que por apatía electoral de los serbios, otros porque algunos serbios anhelan el retorno al status quo de Slobodan Milosevic. El nacionalista Vojislav Kostunica compitió con el candidato oficialista Miroljub Labus, respaldado por el jefe del gobierno Zoran Dindjic. Ninguno de los dos demostró capacidad de convocatoria para llevar a las urnas a sus paisanos, motivo por el cual el sufragio serbio regresó a hojas cero, con los mismos o con nuevos aspirantes a un cargo que no despierta el interés de la comunidad serbia.
Tras la disolución de la que fuera República Federativa de Yugoslavia, todo marcha manga por hombro. El conglomerado de regiones de antagónica diversidad étnica, religiosa y política que, después de la segunda guerra mundial, se denominó Yugoslavia mantuvo una unidad geopolítica más teórica que real durante el régimen comunista de Josip Broz Tito. El legendario combatiente contra los nazis de Hitler forjó una unidad coyuntural porque las regiones se unieron ante el enemigo, es decir los agrupó lo que Ortega y Gasset llamó " un proyecto en común". Sin embargo, el proyecto se desdibujó bajo la férula de Tito, quien rompió con Stalin para liberarse de la tutela política del Kremlin, pero impuso un régimen interno que no toleró disidencias a la ideología oficial. Milovan Djilas permaneció arrestado largos años por haber denunciado en el célebre libro "La Nueva Clase" la hegemonía de una neoligarquía disfrazada de socialismo autogestionario.
A la muerte de Tito, el país marchó a cismas inevitables. Se independizaron los croatas. Empezaron las rencillas entre serbios y bosnios. La genocida limpieza étnica arrasó a millares de musulmanes. Se empinó Slobodan Milosevic, al frente de los serbios, perpetrando barbaridades contra minorías étnicas que lo llevaron al banquillo de los acusados del tribunal internacional de La Haya.
Después advino el vacío político que los sucesores de Milosevic no logran llenar con eficacia, por los severos dispositivos electorales que exigen porcentajes de votantes en un pueblo que empieza a transitar por los senderos inéditos de una democracia nominal que no resuelve por ahora los problemas materiales inmediatos. Mucha paciencia y tolerancia es necesario para la reconstrucción política de una región desgarrada por el totalitarismo y poco habituada a elegir a sus propios gobernantes.

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