Elecciones y selecciones
Hay muchas maneras de ver los resultados electorales, pero si algo dejan claro las elecciones celebradas el pasado 2 de mayo es la urgente necesidad de los cambios constitucionales -a través de una Constituyente- que permitan a los ciudadanos panameños practicar la reingeniería constitucional y la reconversión de las estructuras normativas, para hacer de Panamá una sociedad democrática, moderna y progresista.
Contrariamente a lo que ya pretenden ocultar algunos, a través de sus loas al sistema electoral y sus rectores, las elecciones nos dejan también como lección el repudio categórico de los sectores mayoritarios del país a las políticas del gobierno de turno, a sus principales figuras y a sus partidos.
Los resultados permiten resaltar el NO rotundo a los escándalos de corrupción y las políticas antipopulares que se han practicado sistemáticamente a lo largo de los últimos cinco años.
El interés de los actuales gobernantes era lograr -por medio del voto- un apadrinamiento a un sinnúmero de prácticas corruptas y de la creciente ineficiencia e ineficacia de sus principales funcionarios, que tienen al pueblo panameño sumido en agobiante desempleo, niveles inquietantes de pobreza, una distribución insostenible de la riqueza y una deteriorada calidad de vida, en medio de una deficiente educación -a todos los niveles- y una crisis de valores que continúa destruyendo el núcleo básico de la sociedad: la familia.
La cúpula del Partido Arnulfista y las de sus colectivos políticos aliados, olvidaron olímpicamente la función de la política y, hoy, pagan el precio de su insensibilidad social, de sus prácticas corruptas y de su indiferencia ante la necesidad de fortalecer la democracia. Se dedicaron a llenar -aún más- de corrupción a la sociedad y de suciedad a la corrupción heredada. No quisieron atacar los problemas centrales y concretarlos en verdaderos proyectos que sirvieran de base a la modernización y democratización de nuestras instituciones.
La derrota electoral que les ha infligido la mayoría del pueblo panameño es una abierta demostración de la desconfianza y de la incredibilidad que ellos mismos sembraron, pero es también la expresión de una sociedad que desea llenar de contenido los grandes vacíos existentes.
Considerar como un "cheque en blanco" el voto a favor de los candidatos del PRD, sería una lectura equivocada de lo que la población panameña viene intentando expresar, de manera un poco más colectiva, desde el 30 de agosto de 1998.
De igual manera, no se puede dejar de leer los votos a favor de la candidatura de Endara como una clara expresión de la voluntad popular favorable a una decidida lucha contra la corrupción y la necesaria convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente.
Intentar personalizar los resultados electorales y vender la idea de un nuevo culto a la personalidad en la figura del presidente electo, sería un error que nos llevaría por derroteros distintos a los que plantea la demanda ciudadana de reformas y cambios democráticos a las actuales estructuras del Estado panameño.
La corrupción es un problema esencialmente político, aunque no falta quienes quieren verlo solamente desde la óptica moral. Como problema político requiere de soluciones políticas en las cuales participe la sociedad entera -vía Constituyente-, para ponerle coto a la ineficiencia estatal y a los crecientes intereses particulares que pasan por encima de los generales.
La falta de transparencia y de rendición de cuentas por parte de los Organos del Estado ante los ciudadanos todos, ha generado una creciente pérdida de credibilidad que sólo podrá recuperarse a través de la decidida participación ciudadana, para lo cual todos y cada uno de los habitantes de nuestro país tiene que ser respetado en sus libertades y en sus derechos.
Las elecciones y sus resultados son únicamente una muestra de las selecciones que se imponen a la ciudadanía para pode ser actores y no espectadores de la construcción de un Estado nuevo. El Estado -se ha dicho- es uno de los rostros de la democracia, luego un Estado sin ciudadanos soberanos y sin poder es una democracia hueca, una democracia falsa, que es exactamente lo que no se quiere.
Si aceptamos que la política "encarna las opciones, agrupa las voluntades y crea poder", condiciones inexcusables para el surgimiento y el desarrollo de una democracia moderna, debemos entonces lograr que las recientes elecciones y sus selecciones no sean nuevamente "una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que una careta para ocultar lo mezquino y lo miserable".
Tal vez debamos preguntarnos con Maurice Joly en su "Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu": "¿Qué forma de gobierno creéis posible en una sociedad donde la corrupción se ha infiltrado por doquier, donde la riqueza se adquiere por la sorpresa del fraude, donde únicamente las leyes represivas pueden garantizar la moral y el mismo sentimiento patriótico se ha disuelto en no se qué cosmopolitismo universal?".
Contrariamente a lo que ya pretenden ocultar algunos, a través de sus loas al sistema electoral y sus rectores, las elecciones nos dejan también como lección el repudio categórico de los sectores mayoritarios del país a las políticas del gobierno de turno, a sus principales figuras y a sus partidos.
Los resultados permiten resaltar el NO rotundo a los escándalos de corrupción y las políticas antipopulares que se han practicado sistemáticamente a lo largo de los últimos cinco años.
El interés de los actuales gobernantes era lograr -por medio del voto- un apadrinamiento a un sinnúmero de prácticas corruptas y de la creciente ineficiencia e ineficacia de sus principales funcionarios, que tienen al pueblo panameño sumido en agobiante desempleo, niveles inquietantes de pobreza, una distribución insostenible de la riqueza y una deteriorada calidad de vida, en medio de una deficiente educación -a todos los niveles- y una crisis de valores que continúa destruyendo el núcleo básico de la sociedad: la familia.
La cúpula del Partido Arnulfista y las de sus colectivos políticos aliados, olvidaron olímpicamente la función de la política y, hoy, pagan el precio de su insensibilidad social, de sus prácticas corruptas y de su indiferencia ante la necesidad de fortalecer la democracia. Se dedicaron a llenar -aún más- de corrupción a la sociedad y de suciedad a la corrupción heredada. No quisieron atacar los problemas centrales y concretarlos en verdaderos proyectos que sirvieran de base a la modernización y democratización de nuestras instituciones.
La derrota electoral que les ha infligido la mayoría del pueblo panameño es una abierta demostración de la desconfianza y de la incredibilidad que ellos mismos sembraron, pero es también la expresión de una sociedad que desea llenar de contenido los grandes vacíos existentes.
Considerar como un "cheque en blanco" el voto a favor de los candidatos del PRD, sería una lectura equivocada de lo que la población panameña viene intentando expresar, de manera un poco más colectiva, desde el 30 de agosto de 1998.
De igual manera, no se puede dejar de leer los votos a favor de la candidatura de Endara como una clara expresión de la voluntad popular favorable a una decidida lucha contra la corrupción y la necesaria convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente.
Intentar personalizar los resultados electorales y vender la idea de un nuevo culto a la personalidad en la figura del presidente electo, sería un error que nos llevaría por derroteros distintos a los que plantea la demanda ciudadana de reformas y cambios democráticos a las actuales estructuras del Estado panameño.
La corrupción es un problema esencialmente político, aunque no falta quienes quieren verlo solamente desde la óptica moral. Como problema político requiere de soluciones políticas en las cuales participe la sociedad entera -vía Constituyente-, para ponerle coto a la ineficiencia estatal y a los crecientes intereses particulares que pasan por encima de los generales.
La falta de transparencia y de rendición de cuentas por parte de los Organos del Estado ante los ciudadanos todos, ha generado una creciente pérdida de credibilidad que sólo podrá recuperarse a través de la decidida participación ciudadana, para lo cual todos y cada uno de los habitantes de nuestro país tiene que ser respetado en sus libertades y en sus derechos.
Las elecciones y sus resultados son únicamente una muestra de las selecciones que se imponen a la ciudadanía para pode ser actores y no espectadores de la construcción de un Estado nuevo. El Estado -se ha dicho- es uno de los rostros de la democracia, luego un Estado sin ciudadanos soberanos y sin poder es una democracia hueca, una democracia falsa, que es exactamente lo que no se quiere.
Si aceptamos que la política "encarna las opciones, agrupa las voluntades y crea poder", condiciones inexcusables para el surgimiento y el desarrollo de una democracia moderna, debemos entonces lograr que las recientes elecciones y sus selecciones no sean nuevamente "una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que una careta para ocultar lo mezquino y lo miserable".
Tal vez debamos preguntarnos con Maurice Joly en su "Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu": "¿Qué forma de gobierno creéis posible en una sociedad donde la corrupción se ha infiltrado por doquier, donde la riqueza se adquiere por la sorpresa del fraude, donde únicamente las leyes represivas pueden garantizar la moral y el mismo sentimiento patriótico se ha disuelto en no se qué cosmopolitismo universal?".