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Elena


MI MADRE se llama Elena y es argentina. Nunca quiso naturalizarse a pesar del enorme cariño que siente por esta tierra que le dio todo. En los avatares de su madurez, Panamá le regaló una nueva vida, plena de alegrías y satisfacciones. Las mismas que hoy disfruta en su lúcida vejez con esa risa cantarina que sólo se apaga cuando se asoman los recuerdos, los mismos que crecen cada año como ese inmenso cofre de retratos, objetos, cartas, libros, pañuelos y flores marchitas que ha terminado, a sus ochenta y seis años, por pesarle demasiado. Tanto, que nosotros intentamos malamente ayudarla a sobrellevar, con poca habilidad pues siempre se nos escapa alguna memoria viva, de aquellas que la hacen lagrimear de nostalgia buena.
Ser madre extranjera tiene sus ventajas. El tercer domingo de octubre es el día de la madre argentina y aunque ya no lo festejamos con la misma intensidad que cuando estaba mi padre, ese día siempre tiene alguna sorpresa que suele abrir tarareando algún tango de la guardia vieja, o cuando el buen vinillo del brindis le suelta el ánimo y canta a capella con el mismo tono alto de Libertad Lamarque y termina contándonos de aquella pareja que en épocas de Don Ernesto de la Guardia, bailara el tango Don Juan, favorito de mi padre, en el mismísimo Palacio de las Garzas.
Así es que a mi madre nunca le faltaron festejos y a nosotros nos sobran motivos para sentir que cada día ella es el motor que hace andar a la familia y cuando alguno de nosotros tiene un tropiezo, de sus manos debilitadas por la artritis, salen maravillosas empanadas criollas o salsas fuertes, "al uso nostro" que terminan por escarmentar al escarmiento.
Pero lo que más la enorgullece es el cariño que le tienen sus compatriotas. Vivir lejos del pago no es fácil, sobre todo cuando se comienza una nueva familia. Así, Elenita, mi madre, por experiencia y por su propio coraje para enfrentar situaciones límites, se fue transformando en la madre adoptiva de muchas mujeres argentinas que hoy son felices abuelas.
Mi madre jamás le cerró la puerta de mi casa a quien necesitara apoyo, consejo o compañía. Jamás faltó una cama para quien necesitara reposo o convalecencia y más de una vez me he quedado refunfuñando por un pantalón o una camisa nueva que ella daba a quien lo necesitara. Así es mi madre. Así lo pueden atestiguar, con mayor objetividad, quienes la conocen.
Cuando llegó a Panamá tenía 37 años, todos ellos cargados de situaciones duras y responsabilidades más que agobiantes. Mi padre la llamaba siempre por su nombre. Él fue un militar de la Marina de Guerra argentina, al que Panamá le brindó asilo político cuando fracasó la Revolución Constitucionalista del General Valle, en su intención de devolver al poder el gobierno constitucional de Perón, derrocado un año antes. En esa época el almirante Rojas, miembro de la junta de gobierno, junto a Pedro E. Aramburu firmaron la pena de muerte de mi padre. La valentía, el coraje cívico y la ejemplar conducta democrática del entonces embajador de Panamá en Argentina, Don Carlos Ycaza Vásquez y de su digna esposa Doña Graciela Vallarino de Ycaza y de su hermano, a la sazón Comandante de la Guardia Nacional, Don Bolívar Vallarino, resistieron la presiones del gobierno argentino que, estando Perón en Panamá se había negado a dar el salvoconducto para que mi padre pudiera salir del país. Casi un año después de convivir juntos, él y yo, en la embajada de Panamá, pudo mi familia salir de aquel infierno premonitorio de lo que vendría después, en los años de la "guerra sucia".
Aquella revolución "libertadora" se la conoce hoy, por su saña, como la revolución fusiladora. Sobre todo por los inocentes obreros y estudiantes fusilados a mansalva en los basurales de León Suárez. Ni qué decir de la traición al propio General Valle, cuando éste se entregó por intermedio de su hija Susana con el compromiso del general Aramburu, su compañero de promoción, de levantar la pena de muerte decretada contra sus subordinados constitucionalistas. Hecho que Aramburu rectificó media hora después de que Valle se entregara. Valle murió fusilado al día siguiente en la penitenciaría de Las Heras.(*) Dejó una carta a su hija y un rosario. Pidió no ser fusilado con el uniforme del ejército. Quisieron humillarlo fusilándolo de espaldas y le pidió al sacerdote que lo asistía (testigo presencial y fuente de esta información) que su última voluntad era morir de frente y sin venda. Así quedaron grabadas sus palabras finales: "Quiero morir de frente para ver a mis verdugos". Una actitud cónsona con la tradición argentina que para desgracia del país han olvidado los jefes militares desde la última dictadura a los que se rindieron en Malvinas. Antes de que mi padre lograra el asilo diplomático, estuvo prófugo en el campo, ayudado por campesinos y chacareros. Mi madre fue detenida e interrogada por el Servicio de Informaciones Navales al mando del entonces Capitán de Fragata Diego Luis Molinari. Ella resistió todas las presiones para que delatara el paradero de mi padre y al final, con un golpe de coraje, mientras el capitanejo jugaba con su pistola calibre 45, lo convenció de que nada conseguirían diciéndole: "Cuando la tortilla política se de vuelta, espero que su esposa haga por usted lo que yo hago ahora por mi marido".
Recordando estas palabras tantas veces contadas, reconozco que había algo de ética y de pundonor entonces. Porque jamás fue humillada y porque con esas palabras se terminó su calvario y las persecuciones que yo sufría camino de la escuela, creían que mi padre prófugo tenía contacto conmigo.
Así es mi madre. Luchadora, humilde y laboriosa. Con una alegría de vivir y un optimismo que sólo ha heredado su nieto mayor, mi hijo. Gallina para sus polluelos y leona a la hora de defender su guarida, aún tengo grabadas las palabras de mi padre cuando ya muy enfermo me decía: "Por lo único que me da bronca (rabia) tener que morir, es por no dejar a tu madre sola. Cuídala y que no le falte nada". Aunque todavía ella conserva su temple y pelea por su independencia con bastante astucia para salirse con la suya, sus nietos y su nuera la doblegan con más facilidad de la que podemos tener mi hermana y yo.
Hasta que mi padre falleció, en su mesa de noche tenía las fotos de Perón y de Evita. Ahora hay una tanda interminable de retratos presidida por un muchacho buen mozo, con uniforme militar y a su lado una niña grácil y sonriente, vestida de novia.
(*)Relato personal sostenido con Susana Valle con quien esto escribe, luego del homenaje realizado en 1976 en el lugar del fusilamiento de su padre.
(drjcal@gmail.com)

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