En busca del tiempo perdido
Ciertamente, si Panamá ni siquiera ha entrado al tratado de libre comercio de Centroamérica y no se caracteriza por su respeto a los acuerdos bilaterales de comercio, como en el caso de Nicaragua, cómo va a hacer en el lapso de tres años para entrar a fajarse con gigantes económicos como Estados Unidos, Canadá, México, Argentina o Brasil?
La admonición de Moscoso constituye una autocrítica para el gobierno y la empresa privada. En las últimas décadas, el Estado y la empresa privada tejieron una red de proteccionismo arancelario que construyó un mercado cautivo de consumidores, donde la competencia fue la gran ausente, cerrándole el paso a los productos extranjeros.
Cuando el régimen de Pérez Balladares bajó el techo arancelario de las importaciones al 15 por ciento, numerosos productores pusieron el grito en el cielo, proclamando la llegada de un Apocalipsis que nunca llegó, pero que ablandó las fibras populistas del actual gobierno hasta llevarlo a una nueva alza del arancel a los productos importados. Así, entre vueltas y revueltas, vacilando entre la apertura y el proteccionismo, Panamá no podrá eludir el gran desafío de competir dentro de poco tiempo en un mercado de 800 millones de personas con un volumen comercial anual de 11 mil millones de dólares.
Las resoluciones finales del CADE solicitaron la definición de una coherente política de comercio exterior. Sin embargo, hay que admitir que las protecciones arancelarias no las implantó el Estado en forma espontánea sino siempre a pedido de empresarios. Tampoco puede soslayarse que algunos de los más conspicuos miembros del ALCA, como Estados Unidos, practican un indisimulado proteccionismo, ya sea como subsidios directos a la agricultura, ya como pagos estatales para que el agricultor de caña de Louisiana produzca menos o no produzca, o de compras de excedentes para evitar caídas de precios. Países pequeños como Panamá deben entrenarse para endurecer los músculos aletargados por su inexperiencia competitiva, pero también los países grandes deberán olvidar las viejas tretas de disfrazar el proteccionismo.
La admonición de Moscoso constituye una autocrítica para el gobierno y la empresa privada. En las últimas décadas, el Estado y la empresa privada tejieron una red de proteccionismo arancelario que construyó un mercado cautivo de consumidores, donde la competencia fue la gran ausente, cerrándole el paso a los productos extranjeros.
Cuando el régimen de Pérez Balladares bajó el techo arancelario de las importaciones al 15 por ciento, numerosos productores pusieron el grito en el cielo, proclamando la llegada de un Apocalipsis que nunca llegó, pero que ablandó las fibras populistas del actual gobierno hasta llevarlo a una nueva alza del arancel a los productos importados. Así, entre vueltas y revueltas, vacilando entre la apertura y el proteccionismo, Panamá no podrá eludir el gran desafío de competir dentro de poco tiempo en un mercado de 800 millones de personas con un volumen comercial anual de 11 mil millones de dólares.
Las resoluciones finales del CADE solicitaron la definición de una coherente política de comercio exterior. Sin embargo, hay que admitir que las protecciones arancelarias no las implantó el Estado en forma espontánea sino siempre a pedido de empresarios. Tampoco puede soslayarse que algunos de los más conspicuos miembros del ALCA, como Estados Unidos, practican un indisimulado proteccionismo, ya sea como subsidios directos a la agricultura, ya como pagos estatales para que el agricultor de caña de Louisiana produzca menos o no produzca, o de compras de excedentes para evitar caídas de precios. Países pequeños como Panamá deben entrenarse para endurecer los músculos aletargados por su inexperiencia competitiva, pero también los países grandes deberán olvidar las viejas tretas de disfrazar el proteccionismo.