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En defensa de tugurios


Monterey, California (AIPE)- Cándida Rosa López, una empleada de una pequeña fábrica de ropa, trabaja muchas horas inclinada sobre una máquina de coser, ganando menos de un dólar la hora. Cuando fue entrevistada por un reportero del Miami Herald, ella le envió un mensaje a los estadounidenses y demás ciudadanos de países ricos que se sienten mal por comprar productos manufacturados en "sweatshops", como llaman en inglés a las fábricas donde "se explota a los trabajadores". Ella dijo: "Quisiera que más gente comprara la ropa que aquí hacemos".
Contrario a lo que se oye constantemente decir, esas fábricas con maquinaria obsoleta y deficientes condiciones de trabajo atraen muchos trabajadores, simplemente porque cualquier otra alternativa es peor. La mayoría de nosotros consideraríamos que un puesto mal pagado en Nicaragua o en Honduras es inaceptable. Pero esa es la mejor opción al alcance de esos trabajadores. De no ser así, estuvieran haciendo otra cosa. Y no se beneficia en nada a esa pobre gente eliminando la mejor alternativa de empleo que tienen, por bastante mala que nos parezca.
Muchos de los que trabajan en esos tugurios antes desempeñaban labores más duras y peor pagadas en la agricultura. Y los llamados "sweatshops" representan un escalón normal y corriente en el desarrollo económico de los países pobres. Singapur, Malasia, Corea del Sur y Hong Kong estaban llenos de "sweatshops" hace 30 años. No es así hoy porque sus trabajadores se fueron adiestrando y especializando, mientras las empresas que los empleaban acumulaban capital y modernizaban sus instalaciones. Eso mismo sucederá en Honduras, Nicaragua y demás países pobres si les compramos sus productos, en lugar de despotricar contra lo que hacen.
¿Qué sucede cuando en los países pobres se prohíbe el empleo por largas horas de menores? Oxfam, la institución caritativa británica, reportó que cuando los dueños de fábricas en Bangladesh fueron obligados a despedir a los menores que empleaban, miles se convirtieron en prostitutas infantiles y otros se murieron de hambre.
Sin embargo, Charles Kernaghan, director ejecutivo del Comité Nacional del Trabajo, viaja constantemente por Estados Unidos denunciando los "sweatshops" y tratando de imponer barreras legales a la importación de ropa y otros productos provenientes de países pobres.
Robert Reich, anterior secretario del Trabajo en el gobierno de Clinton, presionó a Reebok International y a Sears para que ShinWon, un subcontratista surcoreano operando en Honduras, despidiera a 50 jovencitas de su fábrica. Aparentemente, el Sr. Reich no preguntó, ni tampoco le importó, lo que sucedió con esas muchachas después de que perdieron su trabajo.
¿Por qué Charles Kernaghan y Robert Reich le hacen daño a gente que pretenden querer proteger? Porque lo único que en realidad les interesa son los miembros del sindicato de trabajadores textiles en Estados Unidos. El Comité Nacional del Trabajo es financiado por sindicatos estadounidenses. Estos sindicatos perdieron la batalla en el tratado con México, pero están decididos a eliminar la competencia extranjera.
La próxima vez que usted tenga algún sentimiento de culpabilidad por comprar ropa manufacturada en algún "sweatshop" del Tercer Mundo, piense más bien que está ayudando al trabajador que confeccionó la falda o el pantalón. Quienes se deben sentir culpables son aquellos que quieren prohibirnos, a través de malas leyes, que le estiremos la mano a los que tuvieron la mala suerte de nacer en un país pobre. No es provocando que pierdan sus empleos como vamos a ayudarlos.
Académico de Hoover Institution y profesor de la Escuela Naval de Postgrado.

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