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En educación, por dónde empezar


Para mí, la educación es libertad, es independencia, aprender a vivir sin limitaciones. Creo que hoy día la mayoría de los padres y educadores no estamos cumpliendo con nuestros deberes de educar, ya que la educación se recibe en el hogar y en la escuela.
Tenemos en nuestras manos la formación de una personalidad en cierne y debemos llenarla de valores, tolerancia, comprensión, además de inculcarle los principios y virtudes para que se inicien en la vida como un correcto ciudadano.
Se hace necesario que esa personalidad que se forma conozca cuáles son sus derechos y sus obligaciones. Pero ocurre que ni en casa ni en la escuela se los enseñamos, porque tal vez nosotros tampoco los conocemos o practicamos. Y el niño y el adolescente crecen sin conocer algo tan importante para la vida de cualquier país.
Es obvio, entonces, que cada uno cree su propios derechos, pero sin ninguna obligación y de esa manera se produce el caos que tenemos hoy día en la educación y en comportamiento violento de nuestros adolescentes. Lo peor de esta situación es que hacemos responsable de este desastre a los jóvenes que no han tenido orientación alguna.
Llevando estas consideraciones a un plano más amplio y elevado, tenemos a un Organo Ejecutivo, a un Organo Legislativo y a un Organo Judicial que son motivo de graves sospechas de corrupción, pues los personajes que componen éstos, que deben ser modelos para una juventud que se levanta, dan un ejemplo nefasto en un país que pretende encaminarse por senderos de justicia y progreso.
Regresando a nuestro punto inicial, cabe preguntarnos: ¿Qué clase de ciudadanos estamos proyectando? ¿Qué modelo de educación estamos proyectando? Y, ¿qué sucede hoy día con nuestra juventud?
Todo lo expuesto nos lleva a concluir que necesitamos urgentemente un cambio, pero hagámoslo ya, empezando por las cosas pequeñas. Así, por ejemplo, todos los días en el salón de clases, aunque parezca una tontería, ya sea el maestro o profesor debe enseñar a sus alumnos que no se dice “Tío”, como es la moda. De este modo, 40 mil estudiantes van a ir tomando conciencia del respeto hacia las demás persona, y eso ya es bastante.
También sentí una gran manifestación nacionalista, al ver que una ola de panameños iba creciendo en las protestas contra la dictadura de Noriega.
Había una causa noble que unió a los panameños: acabar de una vez por todas con esa siniestra y criminal manera de gobernar. Y cuando vimos a Endara y a Ford, ensangrentados por la canalla arrastradora de Noriega, los vimos convertidos en un gran símbolo de nuestro nacionalismo.
Y aunque parezca una frivolidad de nuestra parte, creemos que cuando el boxeador “Mano de Piedra” Durán peleaba, dentro o fuera del país, nuestra conciencia nacional se unificaba ante la enorme expectación del evento. Mano de Piedra fue, pues, en un tiempo dado, un símbolo del más sincero y ardiente nacionalismo.
Quiero que quede bien claro en quiénes pienso cuando hablo de nuestros valores nacionales. Cuando yo hablo de los grandes nacionalistas panameños, hablo de Justo Arosemena, Belisario Porras, Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias, José Isaac Fábrega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, Narciso Garay, Juan Demóstenes Arosemena, Guillermo Andreve; hablo, señores, de los próceres que nos dieron la independencia; hablo de los grandes patriotas de nuestro país.
Y quiero también dejar bien claro, que no considero ni nacionalistas ni patriotas a quienes en el poder conculcaron todas las libertades, clausuraron todos los periódicos de oposición, liquidaron los partidos políticos, y asesinaron, secuestraron, persiguieron y desterraron a los otros panameños.
Para los que utilizaron el poder para enriquecerse personalmente, para la estafa y el bolsillismo, para toda clase de maquinaciones fraudulentas, para esos debemos tener sólo un ¡Nunca más!
El nacionalismo panameño ha tenido, pues, momentos de gran esplendor, pero también dolorosos y oscuros eclipses...¿Es Panamá una nación? - preguntaba José Isaac Fábrega-; y digamos con él, que nuestro país será una nación cuando el alma nacional se eleve sin pequeñeces en una alta misión patriótica. Cuando sea el panameño un solo hombre “sentado sobre unidad de geografía, con la unidad de su espíritu”.
“Y entonces -enfatizaba Fábrega- a la pregunta ¿Panamá es una nación! podremos contestar concienzudamente, con júbilo y con orgullo: “Panamá era en su elemento humano una nación de retazos, o una nación parcial y trunca. Panamá ahora es la nación: porque es la nación completa”.
A juicio mío, Panamá ha sido y no ha sido una nación en muchos episodios de su historia. Pero que en lo más hondo y sincero de nuestros pensamientos y acciones, queremos que sea siempre una Nación.

101 años de Panamá América

 
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