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En el día de los derechos humanos


El 10 de diciembre de 1948 la humanidad dio un gigantesco paso con la aprobación por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, sin un solo voto en contra, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El próximo lunes se cumplen 53 años de ese histórico día, cuyo aniversario es festejado en el ámbito mundial y por ello bien vale la pena reflexionar sobre el sentido y el alcance de alguno de los principios recogidos en aquella sesión solemne.
Los pesimistas y los cínicos, de la mano de los ignorantes y los mediocres, nos dirán que no hay nada que celebrar puesto que la Declaración Universal ha sido repetidamente infringida a largo de las cinco últimas décadas del pasado siglo. Sin embargo, el 10 de diciembre tiene un significado especial para los amantes de la libertad y de los derechos, ya que conmemoramos 53 años de un comienzo: el de una era y un mundo en el cual el ser humano busca lograr el respeto universal y efectivo de sus derechos.
La Declaración Universal de Derechos Humanos se fundamenta en la consideración de que "la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana". Sabemos que por su origen, por su propia constitución y por su fin todo ser humano tiene una excelencia ontológica en la cual se fundan unos derechos inherentes. Sin embargo, millones de personas en todo el mundo son hoy víctimas de prácticas que atropellan o pisotean su dignidad. La Declaración señala que "el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad". En nuestro recién estrenado siglo XXI tales actos siguen realizándose por todas partes, y al socaire de la guerra y la represión las autoridades de muchos Estados matan, torturan, hacen desaparecer, encarcelan ilegalmente y violan, una y otra vez, prevalidas de su impunidad, los instrumentos internacionales que protegen a la persona humana contra los abusos del poder.
En nuestro Panamá los autores de flagrantes violaciones a los Derechos Humanos perpetradas en las tres últimas décadas, han logrado escapar a las investigaciones y al juzgamiento correspondiente, hecho que pone de manifiesto no sólo la ineficacia de los poderes públicos constituidos después de la invasión de los "gobiernos democráticos", sino también la indiferencia de la mayoría de los ciudadanos ante las acometidas de la violencia y el terror. La impunidad reinante no sólo hace manifiestas culpables fallas por parte del Estado, también revela un grave deterioro de la conciencia pública.
Recientes acontecimientos, como por ejemplo: la golpiza propinada por policías disfrazados a estudiantes universitarios; la pretensión del Procurador -en el caso de Heliodoro Portugal- de querer desaparecer a un desaparecido; los numerosos crimenes no resueltos; la violenta represión a precaristas; el maltrato a los reclusos en las prisiones; la multiplicidad de demandas y amenazas a periodistas; las escuchas telefónicas por parte de organismos del Estado; la violación de las oficinas de un expresidente; los daños al automóvil de la profesora Aura Guerra de Villalaz; la golpiza al secretario general del Centro de Estudiantes de la Facultad de Administración de Empresas y Contabilidad por denunciar el hurto de cuatro computadoras de esa Facultad; la indebida utilización y manejo de los fondos de bancos estatales y muchos etecéteras, son ejemplos vivos de que en Panamá los enemigos de los Derechos Humanos parecen estar ganando cada vez más terreno.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama que todos los seres humanos "deben comportarse fraternalmente los unos con los otros", pero tanto en el desorden del orden mundial como en el nacional nos enfrentamos a dramáticos indicadores de que las relaciones de los pueblos y de las personas entre sí están lejos de ser generosas, solidarias y pacíficas. A diario crece el número de hombres, mujeres y niños sumidos en la pobreza absoluta. Cada día aumenta el contraste entre la violencia de unos y la miseria de otros. Proliferan el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, las situaciones opresivas y los mecanismos d explotación. La guerra y el terrorismo cobran miles de víctimas inocentes. Pero aun cuando el contraste entre los generosos postulados de la Declaración y la realidad actual de los Derechos Humanos no puede ser más preocupante, nadie puede negar el influjo ejercido por su espíritu y por su letra.En cada lugar de la tierra hay cada vez más gente que valerosamente se oponen a la injusticia y a la brutalidad, y corren muchos riesgos. En cada rincón de la tierra hay labios que denuncian los crímenes y atestiguan contra los criminales. Dígase lo que se diga, cada vez reina menos silencio en torno a los delitos de lesa humanidad y ello demuestra que algo ha empezado a cambiar en el mundo...E puor si move.

101 años de Panamá América

 
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