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En el nombre del Padre


En los últimos meses un escándalo de enormes proporciones ha venido conmoviendo a la Iglesia Católica de Estados Unidos. Por la magnitud del mismo, el número de religiosos involucrados y las edades de las víctimas, éste ha alcanzado una repercusión sin precedentes.
A lo largo de meses, han salido a la luz múltiples instancias de abuso y violencia sexual que involucran a sacerdotes, religiosos e incluso obispos católicos. Sobre ellos recae la acusación de haber victimizado a niños y jóvenes integrantes de sus parroquias, comunidades, establecimientos educativos y seminarios. La situación adquirió tal dimensión que el Papa Juan Pablo II debió convocar a una reunión de urgencia en Roma para analizar la situación al más alto nivel eclesiástico.
Paralelamente a esta situación de innegable gravedad, la Iglesia Católica se ha visto afectada por otras revelaciones. Se trata de la participación de sacerdotes, monjas y un obispo en el genocidio de Rwanda (1994), que a lo largo de 100 días cobró más de medio millón de vidas humanas. A pesar de la extrema seriedad de los cargos, la imputación hecha a los hombres de la Iglesia sólo recibió una cobertura incidental en los principales diarios del mundo.
Uno de los casos que mayor perplejidad generó es el del padre Seromba, actualmente acusado ante el tribunal internacional de Naciones Unidas que funciona en Arusha (Tanzania) de haber propiciado una masacre. Según el fiscal, el sacerdote instigó la destrucción de su iglesia donde se refugiaban 2.000 integrantes de la minoría Tutsi perseguidos por las milicias Hutu, responsables del genocidio. También generó consternación, el juicio a las dos monjas benedictinas rwandesas detenidas en Bélgica. Sobre el final del año pasado, fueron condenadas a 15 y 12 años de prisión respectivamente por colaborar con las milicias ejecutoras de las masacres.
111A diferencia del escándalo que conmueve a Estados Unidos, lo sucedido en Rwanda no ha merecido todavía una convocatoria del Vaticano.
De acuerdo al francés Christian Terras, autor del libro "El honor perdido de la Iglesia" (publicado en Francia), alcanzaría al centenar el total de religiosos católicos involucrados en la preparación y ejecución del exterminio rwandés. Debe destacarse que éste ocurrió en un país predominantemente cristiano, donde el 65 por ciento de la población es católica y el 10 por ciento protestante.
Al iniciarse la frenética cacería de mujeres, niños, ancianos y hombres Tutsi, las iglesias constituyeron naturalmente uno de los lugares a los cuales los perseguidos acudían en busca de protección. Sin embargo, en lugar de refugio los templos se convirtieron en verdaderas trampas humanas. Resulta sorprendente que fueran los mismos religiosos a cargo de las iglesias y conventos quienes, en muchos casos, propiciaron las masacres. A través de ese comportamiento criminal estaban desconociendo de una forma categórica sus obligaciones como pastores, además de posibilitar la flagrante violación del derecho internacional humanitario que protege a los civiles en los conflictos armados.
Descifrar el horror de Rwanda demandará esfuerzos de comprensión considerables, ya que no será fácil determinar qué circunstancias lanzaron al país a la demencial persecución de su minoría Tutsi. En este contexto, será imperativo que la Iglesia Católica, como institución, elabore las circunstancias que llevaron a un grupo considerable de sus representantes, consagrados a una vida religiosa, a victimizar a miles de inocentes cuando se imponía la prestación de auxilio y asistencia.
A diferencia del escándalo que conmueve a Estados Unidos, lo sucedido en Rwanda no ha merecido todavía una convocatoria del Vaticano. Es de esperar que ello no implique relativizar la tragedia que azotó al centro de Africa, pues si así fuera sumaríamos al horror del exterminio la ignominia de la indiferencia y el olvido.
(pcavallero@lycos.com)

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