En las tinieblas de la indolencia
"Para el bienestar de un país es indispensable conseguir el afianzamiento de su personalidad internacional, su independencia económica y una gran fuerza moral que le sirva de estímulo para el bien y de coraza invulnerable contra el mal. Pero es imposible...provocar el desarrollo material y gozar en su fecunda amplitud de esa influencia moral, si no existe la base de todas las bases que se llama cultura". Fueron las expresiones de Harmodio Arias Madrid al momento de fundar nuestra primera casa de estudio en 1935 haciendo honor a su propuesta presidencial de 1932, "el candidato de los pobres", que le permitió, como ningún otro presidente, lograr la alianza que superaron las barreras raciales y de clase social conocidas hasta ese entonces por la historiografía nacional. Para él, la Universidad fue la culminación de nuestro sistema escolar, que al no dudarlo se fue robusteciendo por hombres preclaros y con amplia vocación democrática y liberal que vieron en la instrucción pública el principal atributo espiritual y moral de fortalecer la nacionalidad panameña.
No menos contundente sobre la visión y misión de la Universidad, lo fue el insigne primer rector de la misma Octavio Méndez Pereira que hace unos 66 años manifestara que las naciones débiles y pequeñas como la nuestra sobre las cuales se ciernen los nubarrones del imperialismo cultural general, ciencia investigación, significan, más que ninguna otra, autonomía, personalidad y libertad efectiva; por eso consideré siempre una obra del más elevado patriotismo la creación y formación de nuestra Universidad. Estos hombres vieron en la Universidad al vigía de nuestro pueblo y el más fuerte, consciente y eficaz defensor de nuestro destino.
A seis décadas de estar contribuyendo a la formación de la población panameña y de haber constituido uno de los principales soportes en la lucha por la reafirmación y perfeccionamiento del Estado Nacional consumado el pasado 31 de diciembre de 1999, pareciera que su aporte a esta sociedad es desconocido por quienes han regentado el Estado panameño en los últimos años. La administración anterior no sólo intentó descalificarla moral y académicamente sino que, desconociendo disposiciones constitucionales que consagran su autonomía, ordenó el ingreso de la Fuerza Pública a su recinto. Hoy, gracias a las desafortunadas políticas de privatización de los servicios públicos (electricidad, telefonía) dirigidas por ese mismo gobierno y sustentadas por el actual, nuestra institución es víctima de la ausencia del suministro de electricidad que ponen en peligro su funcionamiento por una empresa transnacional que sólo le interesa obtener ganancias sin contribuir al fortalecimiento de las instituciones públicas que brindan beneficios fundamentales para el desarrollo y buen funcionamiento de la sociedad.
En el caso particular que nos atañe, un informe elaborado por la Universidad de Panamá demuestra, en primer instancia, que su facturación es igual a cualquier otra empresa que genera ganancia, no tomando en cuenta que el presupuesto de la universidad es exclusivamente para cubrir gastos en la formación de los profesionales que mañana ingresarán a contribuir al fortalecimiento de las empresas privadas y pública al servicio de la Nación. No tomando en cuenta que los fondos asignados por el gobierno central para cubrir el rubro de electricidad es inferior a las facturaciones que se generan mensualmente en nuestra casa de estudio; a esto tendríamos que sumarle la situación deficitaria por la que atravesaba la institución antes de pasar a manos privadas, debido a que fue la única que no se le condonó la totalidad de la deuda pendiente antes de la entrada en vigencia del nuevo ordenamiento jurídico o razón social de empresa pública a empresa privada.
Es pertinente puntualizar que la Universidad, en un promedio de seis años, se han multiplicado de163 edificios a 202 y el próximo año la misma ascenderá a casi 206; en cuanto a laboratorios en la misma fecha han surgido alrededor de 52 nuevos en relación a lo existente en el año de 1996; de 585 aulas que existían en la fecha base, hoy contamos con 853; de 51,842 estudiantes que formaban parte de la familia universitaria en 1996 a la fecha contamos con 72,776, dándose un incremento significativo y por ende, un aumento en el uso de energía eléctrica, tomando en cuenta que la Universidad de Panamá funciona alrededor de 17 horas ininterrumpidas.
El aumento del número de estudiantes en esta institución es el resultado de la incapacidad de sus padres y de éstos de suplir los pagos de universidades privadas, generando un éxodo masivo de esta población de educandos a nuestra institución como producto de la profunda crisis que azota a la sociedad panameña y que según especialista en la rama de la economía, es el resultado de la política económica internacional que azota a Latinoamérica. Estos argumentos pretenden ser desconocidos por la empresa eléctrica y algunos funcionarios del gobierno que todavía no comprenden que históricamente, ante estas crisis económicas y sociales, la Universidad de Panamá siempre ha sido el colchón que amortiza a la gran masa de desempleados que encuentra en el claustro universitario el lugar propicio de escape a las frustraciones surgida de los trastornos de índole social.
Es necesario que la Presidenta de la República comprenda la magnitud de la crisis y la conveniencia de actuar con prudencia y, sosegadamente, encontremos la fórmula que nos permita llegar al final del túnel para la garantía de la estabilidad social que tanto necesita nuestro país. Es inconcebible que a los sectores más humildes de nuestro pueblo se le regatea fondos para su superación académica, mientras que a empresas transnacionales se le condonen sumas millonarias en lo que podemos calificar como una incongruencia y un atentado a la cultura y al desarrollo nacional.
No menos contundente sobre la visión y misión de la Universidad, lo fue el insigne primer rector de la misma Octavio Méndez Pereira que hace unos 66 años manifestara que las naciones débiles y pequeñas como la nuestra sobre las cuales se ciernen los nubarrones del imperialismo cultural general, ciencia investigación, significan, más que ninguna otra, autonomía, personalidad y libertad efectiva; por eso consideré siempre una obra del más elevado patriotismo la creación y formación de nuestra Universidad. Estos hombres vieron en la Universidad al vigía de nuestro pueblo y el más fuerte, consciente y eficaz defensor de nuestro destino.
A seis décadas de estar contribuyendo a la formación de la población panameña y de haber constituido uno de los principales soportes en la lucha por la reafirmación y perfeccionamiento del Estado Nacional consumado el pasado 31 de diciembre de 1999, pareciera que su aporte a esta sociedad es desconocido por quienes han regentado el Estado panameño en los últimos años. La administración anterior no sólo intentó descalificarla moral y académicamente sino que, desconociendo disposiciones constitucionales que consagran su autonomía, ordenó el ingreso de la Fuerza Pública a su recinto. Hoy, gracias a las desafortunadas políticas de privatización de los servicios públicos (electricidad, telefonía) dirigidas por ese mismo gobierno y sustentadas por el actual, nuestra institución es víctima de la ausencia del suministro de electricidad que ponen en peligro su funcionamiento por una empresa transnacional que sólo le interesa obtener ganancias sin contribuir al fortalecimiento de las instituciones públicas que brindan beneficios fundamentales para el desarrollo y buen funcionamiento de la sociedad.
En el caso particular que nos atañe, un informe elaborado por la Universidad de Panamá demuestra, en primer instancia, que su facturación es igual a cualquier otra empresa que genera ganancia, no tomando en cuenta que el presupuesto de la universidad es exclusivamente para cubrir gastos en la formación de los profesionales que mañana ingresarán a contribuir al fortalecimiento de las empresas privadas y pública al servicio de la Nación. No tomando en cuenta que los fondos asignados por el gobierno central para cubrir el rubro de electricidad es inferior a las facturaciones que se generan mensualmente en nuestra casa de estudio; a esto tendríamos que sumarle la situación deficitaria por la que atravesaba la institución antes de pasar a manos privadas, debido a que fue la única que no se le condonó la totalidad de la deuda pendiente antes de la entrada en vigencia del nuevo ordenamiento jurídico o razón social de empresa pública a empresa privada.
Es pertinente puntualizar que la Universidad, en un promedio de seis años, se han multiplicado de163 edificios a 202 y el próximo año la misma ascenderá a casi 206; en cuanto a laboratorios en la misma fecha han surgido alrededor de 52 nuevos en relación a lo existente en el año de 1996; de 585 aulas que existían en la fecha base, hoy contamos con 853; de 51,842 estudiantes que formaban parte de la familia universitaria en 1996 a la fecha contamos con 72,776, dándose un incremento significativo y por ende, un aumento en el uso de energía eléctrica, tomando en cuenta que la Universidad de Panamá funciona alrededor de 17 horas ininterrumpidas.
El aumento del número de estudiantes en esta institución es el resultado de la incapacidad de sus padres y de éstos de suplir los pagos de universidades privadas, generando un éxodo masivo de esta población de educandos a nuestra institución como producto de la profunda crisis que azota a la sociedad panameña y que según especialista en la rama de la economía, es el resultado de la política económica internacional que azota a Latinoamérica. Estos argumentos pretenden ser desconocidos por la empresa eléctrica y algunos funcionarios del gobierno que todavía no comprenden que históricamente, ante estas crisis económicas y sociales, la Universidad de Panamá siempre ha sido el colchón que amortiza a la gran masa de desempleados que encuentra en el claustro universitario el lugar propicio de escape a las frustraciones surgida de los trastornos de índole social.
Es necesario que la Presidenta de la República comprenda la magnitud de la crisis y la conveniencia de actuar con prudencia y, sosegadamente, encontremos la fórmula que nos permita llegar al final del túnel para la garantía de la estabilidad social que tanto necesita nuestro país. Es inconcebible que a los sectores más humildes de nuestro pueblo se le regatea fondos para su superación académica, mientras que a empresas transnacionales se le condonen sumas millonarias en lo que podemos calificar como una incongruencia y un atentado a la cultura y al desarrollo nacional.