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En torno al acoso sexual


La sección El Pulso de Panamá de este diario, el 17 de octubre pasado, en torno al proyecto de ley sobre acoso sexual, indicó que el feminismo radical y rencoroso es nocivo, porque se da la mano con el machismo prepotente. Debo admitir aquí que sí se dan algunos casos extremos de acoso sexual, especialmente en el ámbito laboral, pero la gran mayoría se reducen a lo que comúnmente llamamos un simple piropo o un cumplido que es simbólico de la atracción natural entre los sexos y, en muchos casos, el preámbulo que ayuda a desarrollar una relación íntima entre personas de sexo opuesto y que no amerita penalización de ninguna índole.
Es completamente natural que cada individuo responda a un estímulo del otro sexo de forma distinta; unos encontrarán el estímulo erótico, otros aburrido y para otros, quizás sea repugnante. Pero cada persona hace su propia distinción y cada uno es correcto, sin dejarse influenciar por personas que probablemente no han podido tener éxito en una relación de pareja.
Hemos importado y cargado con los temores sexuales y prohibiciones de otras culturas por demasiado tiempo que nos estamos deshumanizando y mecanizando. ¿Dónde está trazada la línea divisoria entre lo que es acoso sexual y un cumplido, piropo o gesto de afecto y admiración? ¿Quién debe o puede trazarlo? El contacto entre individuos de sexos opuestos, ya sea físico, mental o de palabra, jamás debe ser puesto en la categoría de bueno o malo, correcto o errado, sino, si ha sido respetuoso, discreto, decente, etc.
La situación es tan individual como lo somos todos. Tenemos y debemos tomar nuestras propias decisiones basadas en nuestros propios valores; el valor que colocamos a la intimidad, a otras personas, a uno mismo y al amor, la atracción y el deseo. Tenemos que liberarnos de los valores de otras culturas, de esos intrusos emocionales y sentirnos confortables con nuestros valores y preferencias.
Estoy en contra de los piropos obscenos y vulgares y de situaciones extremas de acoso en el trabajo, que no contribuyen en nada a la armonía que debe existir entre los sexos. Pero los gestos, el cumplido o el piropo ha sido la forma milenaria del hombre de conquistar, saludar, admirar y enaltecer a la mujer, y eso, ninguna ley lo cambiará.
Por otro lado, restricciones legales, sanciones penales y sociales, así como prohibiciones de las autoridades a nuestros instintos básicos de placer, usualmente no cambian nuestro comportamiento. La táctica de prohibición, penalización y temor nunca ha funcionado. Es como decirle al alcohólico que deje de tomar y al fumador que evite el cigarrillo. La naturaleza humana resiste y rechaza órdenes negativas. Hoy día vemos cómo el ser humano en todas partes, hace caso omiso a las leyes improvisadas y utilizan sus instintos básicos como mejor indicador de lo que es saludable para cada individuo. Nuestra conciencia, como disciplina intelectual que emite juicios basados en apreciaciones de lo bueno o malo de un acto, debe tomar precedencia sobre cualquier otra doctrina social.
Por otro lado, si enfocamos el problema de acoso sexual extremo y vulgar que se da en Panamá y buscamos culpables, veremos cómo la publicidad, la propaganda y programas audiovisuales en los medios televisivos y escritos, en total complicidad con la misma mujer, están atentando contra los valores espirituales y morales de nuestra sociedad.
Nuestras mujeres jóvenes tienen que entender que la indignación moral de esta sociedad es apuntada como pistolas hacia ellas y, honestamente, admitir la forma como han contribuido al problema y tomar la iniciativa de remediarlo.
Esto no pretende ser una afrenta a la mujer panameña, pero lo modesto, lo casual y lo femenino que se proyectaba en su manera, modales, atavío de calle o vestimenta, a cedido lugar a más libertad, más audacia, más osadía, exhibicionismo y vulgaridad.
Se nota un gran relajamiento en los valores éticos y morales en nuestra sociedad, y es allí donde aquellos que andan con la cruzada de acoso sexual deben empezar su lucha.
Desafortunadamente, nuestros líderes políticos, sociales y morales están tan condicionados a imponer valores y sus criterios, que de ellos muy poco podemos esperar. Les hace falta mucha visión de la naturaleza humana para poder convertir esos comportamientos entre géneros en comportamientos saludables en vez de intentar destruir el lado erótico y sensual del hombre. ¿Con qué más vendrán?
(junito@cwp.net.pa)
No es lo mismo ir a una discoteca a bailar que ver a los demás bailando. Y en ese proceso de observación se confirmó un detalle que viene dándose con mucha frecuencia: A diferencia de tiempos pasados, cuando las personas llegaban a un lugar de diversión y bailaban toda la noche, ahora ¡la gente no va a la "disco" a bailar, sino a ver!
En los casos más optimistas pareciera que el placer de la danza, que en el pasado era disfrutado conjuntamente por el hombre y la mujer, se ha convertido en un desafío de sexos donde cada uno hace gala, por separado, de sus mejores dotes.
Por ello, no fue nada extraño observar en las discotecas a las chicas de un lado de la pista bailando entre ellas, y del otro a los muchachos tirando sus pasos y coreando la canción. No faltaron las parejas, siempre del mismo género, que en medio de la pista bailan entre sí haciendo denotar que una pieza de baile puede ser disfrutada tanto de manera individual o colectiva.
Aún así, las discotecas, dependiendo de sus respectivos ambientes, no pierden el encanto que siempre las ha caracterizado como sitios por excelencia para hacer ligues de pareja. Y la atenuante de esta época es que el galanteo no se circunscribe a la tradicional búsqueda, por parte de los hombres, de mujeres solitarias y solícitas.
Porque a diferencia de tiempos pasados, ahora son las mujeres quienes toman la iniciativa al momento de "levantarse" al chico que es de su agrado. Esto, utilizando frases como "sácame a bailar" o el "déjame pedir tu trago". Por supuesto que estas actitudes no incomodan para nada a los miembros del llamado sexo fuerte.
Verificar si se da o no la venta y consumo de drogas en las discotecas panameñas fue otro de los objetivos del equipo de periodistas de El Panamá América. Por ello, el trabajo también incluyó una amplia observación dentro de los locales visitados para ver si el ilícito se está cometiendo.
De acuerdo con lo observado, muchas discotecas han aplicado medidas para prevenir que sus locales sean utilizados para la venta de estupefacientes. Ello a raíz de que las autoridades policiales han arreciado con operativos de infiltrados para determinar si se da la anomalía y si ésta es aupada por los propietarios del negocio.
Los baños casi siempre están escoltados por agentes de seguridad, los que no sólo evitarían la posible compra-venta de narcóticos, sino que también evitan que las parejas utilicen los baños como cubículos románticos.
Aún así, hay quienes aseguran que en ciertos casos los miembros de la seguridad actúan en contubernio con los vendedores de droga para facilitarles la tarea. Durante los días de observación y en los sitios visitados no se pudo determinar si esto es así.
Era temprano, las 10:00 de la noche y aún no empezaba "la tanda de la ponchera", que en la jerga discotequera se traduce en reggae o "plena". Los ánimos aún no se encendían y la calma reinaba al compás de una que otra salsa y merengue.
Los minutos transcurrían y poco a poco las mesas, curiosamente identificadas con un visible letrero de gran tamaño con la denominación de "reservada", empezaban a escasear, a pesar de que la condición para ocuparlas es la compra de una botella de licor y que para aquellos días, la quincena sonaba distante... lejana. La fecha: un jueves 10 de octubre.
Una visita por un sitio que parece llevar implícito el sello de "sala de reuniones"; el baño de damas, permitió presenciar una conversación que atrajo a cada una de las que entró en ese momento. Cada cual tenía su punto de vista.
"Dayra", de 22 años, como decidimos llamarla de manera ficticia, propició el tema. Mientras se miraba al espejo, presionaba sus senos, uno contra el otro con el consentimiento de la abertura de su blusa que lo sugería sin recato, al tiempo que decía en voz alta: "a veces pienso que tengo muchas, creo que me las debería operar... ¿ustedes qué creen?"...
"No, ni se te ocurra", respondió pronto una vendedora de cajetillas de chicle, estratégicamente ubicada en su silla, a un lado del lavamanos y de una canasta de "propinas". "¿Tú no sabes cuántas quisieran tenerlas así?".
Le siguieron varias jóvenes que entraban por un retoque del labial, después de varios sorbos del trago de su predilección o para verificar que cada cabello estuviera en su sitio. Impecable y regia, ese es el truco.
La noche avanzaba y pasada las 12:00 se hizo el anuncio: "el show está por empezar". Una primera ronda de "shot" de tequila para medir fuerzas, reunió a tres muchachos frente a una mesa en una tarima rodeada de un público considerable, aunque resultó imposible obtener la taquilla a pesar de múltiples esfuerzos. La prueba consistía en calificar su rapidez. Un empate produjo otra ronda. Esta vez fueron tres, pero la situación se repitió. No había jurados. La decisión de quién resultara ganador recayó en los aplausos y gritos de la audiencia que ahora pedía otra vuelta. Finalmente uno se alza con la victoria y se lleva a la mesa una botella de whisky, que esa noche se vendía en B/. 30.00
Ahora les tocaba a ellas. La selección de las participantes era voluntaria, igual que la anterior, pero tardó un poco más. Sólo una subió al instante, "Dayra".
"Que suba, que suba", repetían a coro un grupo de amigos instando a una, pero ella se negó. En medio de la insistencia, otra concursante se enlistó en la aventura.
"Una, dos, tres" y el tequila empezó a correr por sus gargantas. "Dayra" y otra joven se convierten en finalistas, pero empatan a cuatro tragos.
Sus rostros se compungían, sin embargo, levantaban sus brazos indicando: "que siga la cosa". A la segunda etapa se bebieron cuatro tragos más y nada.
El animador del certamen decide entonces que la decisión salomónica se daría según el contorneo de las curvas de "Dayra y su rival", al ritmo de "pica, pa" que piques".
La voluptuosa chica, de cabello rizado a media espalda, que no le teme al licor, demostró que, además de libar, sabía bailar. Sólo bastó la pregunta del animador "ésta o ésta", con sus manos sobre la cabeza de ambas, para que en coro se escuchara "Dayra, Dayra".
Curiosamente el anfitrión del evento se atrevió a preguntarle a la protagonista de nuestra historia, previo al inicio de la reñida competencia: "¿tú mamá sabe que estás aquí?" y ella, muy segura respondió: "sí... claro".
Después de su ardua tarea frente a la barra improvisada, "Daira" no perdió un segundo para moverse incesante en la pista, merengue tras merengue, en una "tanda retro" como la denominó el "dj".
No obstante, uno de los tres participantes que antecedieron al evento de las damas, no corrió la misma suerte. Sentado en una mesa colindante a la pista, luchaba en el borde de una silla por no irse al piso, en el que ya se dejaban ver las primeras muestras de los estragos del alcohol que había salido del estómago por su boca.
Sus amigos luchaban porque no se cayera, pero cada vez la lucha se tornaba más titánica. Al punto que poco después no les quedó más remedio que retirarse de la disco.
Un miembro del equipo de este medio logró infiltrarse en un grupo de jóvenes que tenía planeado divertirse en una de las discotecas.
Un contacto sirvió de puente para llegar al grupo. Una vez en él, se detectó que sus miembros pretendían "entonarse" antes de entrar a la disco, pues allí es difícil introducir droga, debido a que se sabe que hay agentes infiltrados en estos centros, además de que cada cliente es revisado al entrar.
La residencia de uno de los muchachos sirvió de escenario para la "entrada en calor".
De manera indolente, uno de ellos sacó un paquete con marihuana y procedió a confeccionar los cigarrillos de esta droga. Sin más, él y sus amigos la fumaron con placer.
Ese momento fue aprovechado para, sigilosamente, fotografiar la acción con una diminuta cámara digital. Una vez cumplido su cometido, el grupo se dirigió a la discoteca.
Detrás de un ritmo pegajoso, el humo y una noche de fantasía en una discoteca, podría estar el peligro latente. Los jóvenes que hoy día asisten a estos centros nocturnos del país, en lo que menos piensan es que podrían corren un gran peligro, por lo menos en las que pudo visitar El Panamá América.
Y es que la diversión que buscan los jóvenes hoy día debe ir acompañada con la seguridad que garantice la integridad personal en caso de desastre, incendios u otro evento que pueda causar el pánico entre las personas.
Por ejemplo, en el caso de las cuatro visitadas por este medio, sólo una tiene dos puertas, mientras que tres cuentan con una puerta, de dimensiones muy estrechas para la cantidad de gente que las frecuenta. Y lo que es peor: En dos de ellas se accede a sus instalaciones por un estrecho pasillo, y en otra es necesario subir dos pisos por estrechas escaleras.
De llegar a ocurrir algún tipo de emergencia en un local como éstos, habría pánico, y las personas que allí se encuentren embriagadas y en una semi oscuridad no podrían evacuar el local a tiempo.
Generalmente, según pudo constatar este medio, los concurrentes a estos centros de diversión no tienen presente el factor seguridad. Sólo les interesa la diversión y el desenfreno.
Una irregularidad latente dentro de una de las discotecas fue la presencia de tanques de gas para la venta de tacos, a un costado de la pista, sin tener las medidas de seguridad como los extintores.
Unicamente una de ellas tiene un extintor de incendios visible, pese a que en el local en que menos clientes se observó había unas 200 personas. El que presentaba mayor número de clientes era visitado por unas 500 personas.
Por otro lado, internamente existen agentes de seguridad privados que laboran para las discotecas, y esporádicamente se aparecen policías de menores a primeras horas de la madrugada para hacer sus rondas.
Un agente de seguridad de una de las discotecas, que prefirió permanecer en el anonimato, informó que "sí asisten menores de edad a las discotecas", pero por lo general "la competencia", es decir, propietarios de otras discotecas cercanas, denuncian la situación a la policía mediante una simple llamada telefónica.
Según la seguridad de este establecimiento, a pesar de que se solicita la cédula en la entrada, los menores de edad que conocen y tienen algún tipo de confianza en el lugar pueden ingresar, especialmente a los denominados "saraos" universitarios de los viernes.
Una de las noches de la investigación periodística, la Policía de Menores ingresó a una discoteca pasada la media noche, pero no encontró menores de edad, por lo menos dentro del local. Sin embargo, en los alrededores del establecimiento, la policía detuvo a una menor.

101 años de Panamá América

 
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