Encontrar un hogar
Con el lema "Encontrar un hogar: Empezando de nuevo en condiciones de seguridad y dignidad", el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) insiste sobre los problemas y esperanzas que acompañan a los refugiados en su búsqueda de un nuevo hogar a través de la repatriación voluntaria, la integración local o el reasentamiento.
Evaluar el número de refugiados en el mundo no es sencillo. Podemos contar las personas que se encuentran en contextos que conocemos, donde hay organizaciones que trabajan para paliar la situación y se conoce el número de personas involucradas. Pero existen situaciones que escapan al control de nuestras estadísticas.
También hay diferencia entre refugiados y desplazados, una diferencia sutil pero sustancial, que puede significar la diferencia entre pasar y no pasar, entre la vida y la muerte.
ACNUR define a un refugiado como "aquella persona que se encuentra fuera de su país de origen y no puede retornar a causa de un temor bien fundado de persecución debido a su raza, religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un determinado grupo social e incluye también a personas huidas debido a la guerra o a un conflicto interno".
En 2003, el número de personas bajo el amparo del ACNUR era de más de 20.5 millones. Es aproximadamente una de cada 300 personas en el mundo. Si añadimos los desplazados, podemos llegar a los 40 ó 50 millones de personas.
Cincuenta millones de personas, si las contáramos por cada latido de nuestro corazón (unos 80 por minuto), día y noche sin parar, nos pasaríamos algo más de catorce meses contando.
Si los mismos cincuenta millones se tomaran por la mano constituyendo una cadena humana, podrían llegar de Madrid a Madrid, dando la vuelta al mundo y después seguir otra vez hasta Moscú.
También hay diferencias entre esta muchedumbre de desesperados. Algunos de ellos se encuentran bajo la continua atención de la opinión pública y para su asistencia se consiguen recursos importantes. Otros son totalmente invisibles y la dramática aventura de su vida se consuma fuera de la historia y de la memoria.
Es suficiente pensar en los recursos que se habrían movilizado para atender a los refugiados iraquíes (si hubiera habido) o con los que se han atendido a los refugiados balcánicos, y el total desconocimiento y desamparo que rodean las actuales tragedias de Sudán y Congo, por ejemplo.
Una guerra atrae nuestra atención si acontece en sitios importantes desde un punto de vista geopolítico o económico, o si las cámaras de los reporteros han logrado capturar imágenes que puedan competir por conquistar algunos minutos en nuestros telediarios.
Lo que hace importante una crisis para los ciudadanos de los países ricos no es su envergadura o su aspecto humanitario, sino consideraciones externas a la gente que vive esta crisis y que se centran alrededor de nuestro mundo: las repercusiones que puede tener en nuestras vidas o su capacidad de vender imágenes de alto impacto.
Los orígenes de las crisis pueden ser diversos, pero el denominador común es casi siempre el mismo: contextos donde el equilibrio es muy precario, sobre todo por razones económicas, y basta muy poco para desestabilizar la situación de forma dramática.
La pobreza es casi siempre el factor de fondo que hace a los países y las gentes vulnerables a guerras y desastres. Y la pobreza del sur sigue siendo importante para asegurar el bienestar del norte.
En un contexto de globalización en el siglo XXI, seguimos defendiendo nuestras economías con subvenciones y barreras arancelarias que hacen muy difícil para los países del sur exportar sus productos agrícolas hacia los países desarrollados.
Por ejemplo, cualquier propuesta de eliminar o reducir las subvenciones agrícolas a los países de la Unión Europea chocaría con la oposición de los afectados y de la opinión pública. Y seguimos adquiriendo productos de bajo precio elaborados en fábricas donde a menudo no hay derechos sindicales, ni seguro social, no se consideran normas ambientales y la tendencia es aprovechar la fuerza de trabajo más barata disponible en el mercado.
Mientras tanto, forzamos a los países empobrecidos a eliminar sus barreras arancelarias para permitir la penetración de nuestros productos.
Como decía un economista norteamericano, "el libre mercado es una cosa extraordinaria, sobre todo si la libertad es de nosotros y el mercado es de ellos".
(*Director de Proyectos de Médicos del Mundo. ccs@solidarios.org.es)
Evaluar el número de refugiados en el mundo no es sencillo. Podemos contar las personas que se encuentran en contextos que conocemos, donde hay organizaciones que trabajan para paliar la situación y se conoce el número de personas involucradas. Pero existen situaciones que escapan al control de nuestras estadísticas.
También hay diferencia entre refugiados y desplazados, una diferencia sutil pero sustancial, que puede significar la diferencia entre pasar y no pasar, entre la vida y la muerte.
ACNUR define a un refugiado como "aquella persona que se encuentra fuera de su país de origen y no puede retornar a causa de un temor bien fundado de persecución debido a su raza, religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un determinado grupo social e incluye también a personas huidas debido a la guerra o a un conflicto interno".
En 2003, el número de personas bajo el amparo del ACNUR era de más de 20.5 millones. Es aproximadamente una de cada 300 personas en el mundo. Si añadimos los desplazados, podemos llegar a los 40 ó 50 millones de personas.
Cincuenta millones de personas, si las contáramos por cada latido de nuestro corazón (unos 80 por minuto), día y noche sin parar, nos pasaríamos algo más de catorce meses contando.
Si los mismos cincuenta millones se tomaran por la mano constituyendo una cadena humana, podrían llegar de Madrid a Madrid, dando la vuelta al mundo y después seguir otra vez hasta Moscú.
También hay diferencias entre esta muchedumbre de desesperados. Algunos de ellos se encuentran bajo la continua atención de la opinión pública y para su asistencia se consiguen recursos importantes. Otros son totalmente invisibles y la dramática aventura de su vida se consuma fuera de la historia y de la memoria.
Es suficiente pensar en los recursos que se habrían movilizado para atender a los refugiados iraquíes (si hubiera habido) o con los que se han atendido a los refugiados balcánicos, y el total desconocimiento y desamparo que rodean las actuales tragedias de Sudán y Congo, por ejemplo.
Una guerra atrae nuestra atención si acontece en sitios importantes desde un punto de vista geopolítico o económico, o si las cámaras de los reporteros han logrado capturar imágenes que puedan competir por conquistar algunos minutos en nuestros telediarios.
Lo que hace importante una crisis para los ciudadanos de los países ricos no es su envergadura o su aspecto humanitario, sino consideraciones externas a la gente que vive esta crisis y que se centran alrededor de nuestro mundo: las repercusiones que puede tener en nuestras vidas o su capacidad de vender imágenes de alto impacto.
Los orígenes de las crisis pueden ser diversos, pero el denominador común es casi siempre el mismo: contextos donde el equilibrio es muy precario, sobre todo por razones económicas, y basta muy poco para desestabilizar la situación de forma dramática.
La pobreza es casi siempre el factor de fondo que hace a los países y las gentes vulnerables a guerras y desastres. Y la pobreza del sur sigue siendo importante para asegurar el bienestar del norte.
En un contexto de globalización en el siglo XXI, seguimos defendiendo nuestras economías con subvenciones y barreras arancelarias que hacen muy difícil para los países del sur exportar sus productos agrícolas hacia los países desarrollados.
Por ejemplo, cualquier propuesta de eliminar o reducir las subvenciones agrícolas a los países de la Unión Europea chocaría con la oposición de los afectados y de la opinión pública. Y seguimos adquiriendo productos de bajo precio elaborados en fábricas donde a menudo no hay derechos sindicales, ni seguro social, no se consideran normas ambientales y la tendencia es aprovechar la fuerza de trabajo más barata disponible en el mercado.
Mientras tanto, forzamos a los países empobrecidos a eliminar sus barreras arancelarias para permitir la penetración de nuestros productos.
Como decía un economista norteamericano, "el libre mercado es una cosa extraordinaria, sobre todo si la libertad es de nosotros y el mercado es de ellos".
(*Director de Proyectos de Médicos del Mundo. ccs@solidarios.org.es)