Encuestas de carne y hueso
Uno de los instrumentos más valiosos que tienen hoy los gobernantes, para conocer el grado de aceptación de su gestión entre los gobernados, lo constituyen las encuestas. El vertiginoso desarrollo de la tecnología de computadoras y las comunicaciones, ha convertido a este derivado de la ciencia estadística, en una herramienta cada vez más confiable.
Esa es una realidad de plena aceptación en la mayoría de los países desarrollados, donde las encuestas de opinión son consultadas casi a diario, y cada vez que se plantea alguna disyuntiva importante.
Así, se diría que el presidente norteamericano Bill Clinton no fue echado del poder por la mayoría republicana en el Congreso, a raíz de su juzgamiento por el escándalo Lewinsky, gracias a que por más de un año las encuestas apuntaban a que el acosado mandatario contaba, pese a todo, con un abrumador respaldo de la comunidad.
Del mismo modo, la semana pasada, pese a que era evidente que el gobernante norteamericano no obtendría en la Cámara de Representantes los votos necesarios para aprobar el status permanente para sus relaciones comerciales con China, a la hora de la verdad, consiguió votos de sobra, en parte gracias a que las encuestas favorecían la iniciativa entre la mayoría del pueblo estadounidense.
Este diario publicó el lunes y martes pasado, el resultado de la última encuesta CID/Gallup, que arroja conclusiones adversas a la actual administración de la presidenta Mireya Moscoso. En reacción, algunos voceros de su gobierno se han adelantado a formular cargos de manipulación contra los autores de la consulta y contra nosotros, que la divulgamos. Otra vez se piensa en "matar al mensajero". Craso error.
Al cerrarse a la realidad de un descontento y frustración general, el Gobierno pierde la oportunidad de mejorar. La encuesta no es más que un diagnóstico social sobre un asunto cualquiera en un momento dado. Su exactitud depende de la seriedad y el profesionalismo del encuestador. No es una ciencia exacta, pero igual que los meteorólogos que predicen tormentas, y cada vez se acercan más a la certeza plena.
En fin, debieran tomarlo por el lado positivo. La encuesta puede ser una útil herramienta de trabajo para quien la aprecie y sepa usarla. Ella sugiere rectificaciones que, de ser ejecutadas, harán del Gobierno su beneficiario directo, lo cual también redundará a favor del pueblo.
Si se desconfía de sus resultados y metodología, bien pueden llevar planificar sus propias encuestas; y esperamos que sean iguales o mejores. O bien pueden esperar las de otros medios, que confirmarán lo que ningún observador imparcial puede negar, que los resultados de la actual gestión gubernamental arrojan hasta ahora frutos muy pobres.
Esa es una realidad de plena aceptación en la mayoría de los países desarrollados, donde las encuestas de opinión son consultadas casi a diario, y cada vez que se plantea alguna disyuntiva importante.
Así, se diría que el presidente norteamericano Bill Clinton no fue echado del poder por la mayoría republicana en el Congreso, a raíz de su juzgamiento por el escándalo Lewinsky, gracias a que por más de un año las encuestas apuntaban a que el acosado mandatario contaba, pese a todo, con un abrumador respaldo de la comunidad.
Del mismo modo, la semana pasada, pese a que era evidente que el gobernante norteamericano no obtendría en la Cámara de Representantes los votos necesarios para aprobar el status permanente para sus relaciones comerciales con China, a la hora de la verdad, consiguió votos de sobra, en parte gracias a que las encuestas favorecían la iniciativa entre la mayoría del pueblo estadounidense.
Este diario publicó el lunes y martes pasado, el resultado de la última encuesta CID/Gallup, que arroja conclusiones adversas a la actual administración de la presidenta Mireya Moscoso. En reacción, algunos voceros de su gobierno se han adelantado a formular cargos de manipulación contra los autores de la consulta y contra nosotros, que la divulgamos. Otra vez se piensa en "matar al mensajero". Craso error.
Al cerrarse a la realidad de un descontento y frustración general, el Gobierno pierde la oportunidad de mejorar. La encuesta no es más que un diagnóstico social sobre un asunto cualquiera en un momento dado. Su exactitud depende de la seriedad y el profesionalismo del encuestador. No es una ciencia exacta, pero igual que los meteorólogos que predicen tormentas, y cada vez se acercan más a la certeza plena.
En fin, debieran tomarlo por el lado positivo. La encuesta puede ser una útil herramienta de trabajo para quien la aprecie y sepa usarla. Ella sugiere rectificaciones que, de ser ejecutadas, harán del Gobierno su beneficiario directo, lo cual también redundará a favor del pueblo.
Si se desconfía de sus resultados y metodología, bien pueden llevar planificar sus propias encuestas; y esperamos que sean iguales o mejores. O bien pueden esperar las de otros medios, que confirmarán lo que ningún observador imparcial puede negar, que los resultados de la actual gestión gubernamental arrojan hasta ahora frutos muy pobres.