Enseñar a pensar para vivir
Sócrates, el más noble personaje de la historia ateniense, consideró que la instrucción de la mente vale sólo en función de la bondad de la vida. "Enseñar a pensar para aprender a vivir" fue el principio regulador de su filosofía. Muchos otros grandes pensadores han considerado que la moral es el corolario de toda ciencia y toda disciplina intelectual, porque en el hombre y la mujer no hay sólo vida física sino vida moral. La ética simplemente especulativa y teórica de nada serviría si sus principios no se tradujesen en normas de conducta práctica. La moral es ciencia de aplicación; es el reflejo sobre la vida de aquello que la razón y la conciencia indican como justo y como bueno.
Ante la imposición pragmática de un ideal de vida regido únicamente por el deseo de lucro y de prosperidad económica, los más nobles y generosos impulsos van desapareciendo del alma de las nuevas generaciones. Las fuertes virtudes caballerescas, el ímpetu de las grandes acciones, la afirmación heroica, todo aquello que fuese, otrora, patrimonio nobiliario de la juventud, va siendo impíamente arrebatado de la panoplia ancestral por el viento huracanado que a su paso dejan los centauros del materialismo histórico.
Es más fácil, sobre todo en este país de espíritus precoces y de mentalidades revoloteando, hallar inteligencias vivas y cerebros eruditos que voluntades vigorosas. El sentido de continuidad, la tenacidad en el esfuerzo, la perseverancia en los buenos propósitos, la firmeza en la resolución de luchar hasta el fin; todas esas grandes virtudes que han hecho la superioridad de los pueblos germánicos y anglosajones, son un tanto esquivas a los hombres y mujeres de ascendencia latina. Y, por eso, su práctica y su valoración nos son más indispensables.
El desarrollo ordinario de la vida y, sobre todo de la vida escolar, presenta una continua serie de oportunidades para el ejercicio de la voluntad y la disciplina del esfuerzo. Bien está que el trabajo se haga, hasta donde sea posible, interesante y agradable; mas no debe confundirse el trabajar con placer, con el placer de no trabajar. La vida es dura y áspera a veces, y en ella serán vencidos quienes no se habitúan desde niños a afrontar la amargura de los grandes esfuerzos. Abrigamos la fe y la esperanza en que nuestras escuelas realicen los ideales de la educación integral, adecuada a las exigencias de los tiempos y a las imperiosas necesidades de la Nación.