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Entre calificadoras y acreedores internacionales


Arrastrando una bola de acero y grillete de dimensión descomunal, que excede los ocho mil millones de balboas, seis mil de los cuales son de deuda externa, el país no tiene cómo escapar de los requerimientos y sugerencias de las calificadoras de riesgo e instituciones financieras internacionales. Los intereses van oscilando, dependiendo de la oferta y la demanda en las bolsas de los principales centros bancarios del planeta, y del estado de la economía nacional vista a los ojos de las calificadoras. Las cifras oficiales del gobierno panameño, por sí solas, no cuentan. Es la evaluación de las últimas lo que vale. Un descenso de calificación significaría un aumento en los intereses y viceversa.
¿De qué depende una buena o mala calificación? De factores tan diversos como que haya o no plena libertad de expresión, una administración de justicia confiable, un sistema democrático de gobierno, un crecimiento del producto interno bruto razonable, un desempleo bajo, buen grado de apertura económica y de libertad empresarial, buen régimen de contrataciones públicas, niveles de educación altos, control de la corrupción, situación de salud pública buena, aceptables niveles de paz y seguridad interior, un régimen de seguridad de la inversión, un endeudamiento razonable, un control del déficit fiscal, etc.
¿Qué factor de riesgo pesa más? Depende de la calificadora. En esto impera algo parecido a la máxima: "Cada maestrito con su librito". En realidad cada evaluación es el resultado de una combinación de varios de esos elementos en un momento dado. Pero un ligero descenso en la calificación o una reserva mal percibida por los acreedores puede, por ejemplo, provocar que el interés de la deuda pública panameña se eleve, medio punto, que es tanto como B/.40 millones anual adicionales de su deuda. Imagínese lo que un buen gobierno puede hacer con B/.40 millones: medio puente sobre el Canal. Pero con medio punto de aumento del interés, se los llevarían las IFI. Sería dinero botado.
La reforma tributaria, recién aprobada, ha estado siempre en el menú de todas las cartas de intención suscritas por Panamá con sus acreedores internacionales. A eso muchos le llaman imposiciones y otros prefieren hablar de recomendaciones o necesarias reformas estructurales, pero según se vea, es lo mismo. Lo importante es destacar, que pese a lo traumático de la reforma, ninguna de las grandes calificadoras se inmutó. Tanto Moodys como Fitch, declararon que tal no tendría ninguna incidencia en la próxima evaluación de Panamá y que habría que aguardar por los resultados en el tiempo, subrayando como tarea pendiente la reforma del Seguro Social y el alcanzar niveles de crecimiento más elevados que el escuálido crecimiento actual, menor del 1%. Por eso, vemos la reforma impositiva como un sacrificio vano. No nos hará mejorar la calificación, tampoco nos permitirá reactivar la economía sino todo lo contrario, no proveerá al gobierno fondos suficientes para salvar su déficit, ni hacer obra alguna y, por último, encarecerá el costo de vida y empobrecerá a la clase media.
(rbermudez@cableonda.net)

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