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Entre la invasión y el olvido


A tres meses de recibir Panamá el Canal, uno de los hechos más importantes que han de tomarse en cuenta para los propósitos de reencaminar nuestro esfuerzo por preservar lo que nos queda de identidad nacional es el olvido en que hemos sepultado la invasión del 20 de diciembre de 1989 y todo lo que ella ha implicado.
La clase política panameña en su conjunto, llamada a representar y defender no solamente los intereses nacionales sino también a expresar eso que difusamente podemos denominar "sentimiento nacional" (para no pedirle que exhiba un imposible "sentimiento patriótico") lo ha dicho en reiteradas ocasiones: no queremos desempolvar ni desenterrar la invasión.
¿Por qué y para qué -después de todo- vamos a resucitar un motivo de conflicto serio y grave con Estados Unidos, si necesitamos a los gringos para mantenernos en el poder o para llegar a obtenerlo? ¿Qué utilidad tiene revivir los dolorosos hechos de la invasión y la cuestión tan íntimamente ligada a ella como lo es la necesaria indemnización por la totalidad de los daños ocasionados por el bárbaro acto? ¿Qué objetivo se logra con pelearnos con los gringos?
Ni los políticos en el poder ni los que están en oposición se salvan de tan tamaña irresponsabilidad. Nadie, en efecto, quiere saber de la invasión. Ello nos plantea angustiosas interrogantes: ¿Qué intereses realmente representa y defiende "nuestra" clase política "dirigente"? ¿A quiénes y para qué sirve? ¿Qué objetivos persigue? ¿Por qué y para qué queremos dirigentes políticos que ni están interesados, ni representan, ni sienten, ni conciben, ni jamás han estado imbuidos de espíritu nacional?
¿O acaso la invasión no tuvo nada que ver con nuestros intereses nacionales, con nuestro espíritu nacional, con nuestra historia, con nuestras vidas; es decir, con nosotros mismos? ¿Es posible, sin que cometamos suicidio colectivo, que olvidemos lo ocurrido con nosotros mismos como si nunca hubiera tenido lugar o como si no importara? Porque eso es exactamente lo que sucede: no nos importa lo que pasó, ni cómo pasó, ni qué consecuencias la invasión tuvo o puede tener en nuestras vidas.
Podemos seguir como si el asunto no fuera con nosotros y la invasión hubiese sido un lejano y pesaroso sueño precipitado al olvido, imposible de recapturar aunque lo quisiéramos con toda el alma.
Por puros mecanismos de defensa, los humanos tendemos a olvidar los episodios dolorosos de nuestras vidas para evitar el revivirlos, porque , pensamos, de nada nos servirá recordar un pasado que no podemos modificar y que, además, nos producirá sufrimiento. Sin embargo, al parecer olvidamos fácilmente que ese pasado fue una vez nuestro presente y que algo falló u ocurrió en ese presente -que no debió ocurrir- lo cual hizo posible lo que ahora lamentamos y no deseamos recordar.
Somos incapaces, por lo tanto, de aprender del pasado y, por esa misma razón, estamos plenamente preparados para repetir los mismos errores de antes en cada presente de nuestras vidas.
Abandonado por su mujer y quizás también por sus hijos, el marido no quiere saber del pasado tormentoso que vivió junto a ella o ellos, ya que esto reavivará heridas innecesariamente y porque lo único que importa, a partir de ahora, es resolver el problema de con quién se va a juntar esta vez. l no se detendrá a pensar, por exacta cobardía moral, qué errores pudo haber cometido para que su mujer le fuera infiel o quisiera dejarlo pretextando motivos ingenuos y pueriles, o bien, qué hizo para que sus hijos no deseen saber de él.
De este modo, y pensando con el mismo espíritu práctico del que tanto están imbuidos nuestros dirigentes políticos y "cívicos" en este país, el hombre cree posible mejorar el futuro sin aprender de los errores del pasado. Así, el cobarde no querrá recordar las tantas veces que rechazó las aproximaciones amorosas de su mujer; las tantas veces que se fue de farra dejando sin comida a su familia; las tantas veces que llegó pintorreteado y descuadernado en horas tempranas del día siguiente; las tantas veces que reprimió y rehusó la comunicación con sus hijos; o quizás, las tantas veces que su mujer le fue infiel sin que a él le importara.
Con esa misma despreocupación, se juntará con otra mujer, tendrá nuevos hijos y cometerá los mismos errores. Porque, por supuesto, el hombre nunca reconocerá que cometió errores y, consecuentemente, nada tendrá que enmendar. No le importará su familia original ni la actual sino únicamente su personal y privada salvación. ¡Tan sencillo!
Esa autoindulgencia no salvará a nuestra clase política de la sanción moral de la historia ni de los desaciertos del futuro. Ahora bien, a nuestros políticos -que mayoritariamente son cristianos- no les importa un bledo la sanción moral de la historia, la divina providencia o el juicio final. Y ese es el problema: que nuestra clase dominante carece de conciencia. No tiene conciencia de clase; menos tendrá conciencia nacional. Ayunos de conciencia de sí mismos y de conciencia nacional, ¿qué son sus más conspicuos representantes, qué representan y qué pretenden? ¿Pueden, acaso, conducirnos a otro lugar que no sea la nada y el auto-olvido? ¿Qué podemos esperar de ellos?
Una invasión que produjo miles de muertos y un múltiplo de estos miles en heridos, además de miles de millones en pérdidas económicas y materiales de todo tipo, sin contar el holocausto espiritual de la nación, no puede caer tan fácilmente en el olvido sin que paguemos todos-y no sólo la clase política, sus partidos y las instituciones "cívicas" del país-un altísimo e impagable precio: nuestro suicidio nacional mediante el asesinato de la historia.
Por supuesto, los cínicos se preguntarán: ¿de qué servirá esforzarnos por salvar los restos de nuestra identidad nacional que naufragó durante la invasión si, aparte del dolor que trae el recuerdo, somos totalmente impotentes de exigir algún tipo de respuesta al gobierno de Estados Unidos, de obtener algún tipo de reparación? Además, y en fin de cuentas, nos espetan: ¿y para qué sirve el sentimento nacional?
¿Qué para qué sirve el sentimiento nacional? La pregunta la hacen algunos que ahora usufructúan de las riquezas obtenidas tras la lucha y el sacrificio de quienes sí creemos que el sentimiento nacional y el patriotismo juegan un importante papel en la historia. La pregunta la hacen quienes, incapaces de luchar por nuestros intereses nacionales y nuestra dignidad nacional, se enriquecen a punta de nuestra sangre, sudor y lágrimas: a expensas de nuestros muertos.
Porque lo terrible, lo infame, sin embargo, no es haber olvidado el derecho siquiera a la indemnización económica: es haber olvidado a nuestros muertos, a quienes murieron conscientemente por la Patria; a quienes murieron sin darse cuenta que morían; a quienes murieron sin saber por qué morían; a quienes murieron sin tener ninguna responsabilidad ni participación en el asesinato colectivo y nacional que cometieron nuestros políticos en contubernio con el imperialismo yanqui, para apropiarse de lo que le pertenece a las presentes y futuras generaciones de este país.
Que los buitres olviden: nosotros no.

101 años de Panamá América

 
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