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"Es más importante la paz", Jiang Zemin


Bajo el enérgico mandato de Bush, Estados Unidos, ha aprobado el más elevado presupuesto militar que se recuerde, bajo explicación de su guerra contra el terrorismo y el mejoramiento de su seguridad interior tras la tragedia del 11 de septiembre del año pasado.
Pero tras el peso del colosal presupuesto bélico, que casi sobrepasa al de todas las demás potencias militares juntas - incluyendo China, Rusia y Europa -, se ocultan mal disimulados designios hegemónicos por no decir imperiales. Estados Unidos asumirá su liderazgo mundial en este siglo y requiere que su supremacía militar sea más que categórica, apabullante. Y de hecho lo es.
La tecnología bélica desarrollada ha alcanzado tal estado de perfección, que hoy no es posible que ningún arma conocida en manos de países pobres, pueda alcanzar aviones situados en los confines de la atmósfera, desde donde pueden lanzar bombas de precisión guiadas por láser y satélites, sin correr ningún riesgo. Viet Nam difícilmente hubiera ganado a Estados Unidos si su guerra de los 60 y 70 hubiera sido hoy. Tomó 30 años a Norteamérica afinar la tecnología para que la amarga experiencia no se repitiera, y la prueba de fuego, tras los ensayos de la invasión a Panamá, el Golfo Pérsico y Kosovo, quedó superada con sobresaliente en Afganistán.
Pero la potencia norteña quiere más. Bush está decidido a cubrir a su país con un escudo antimisiles con el que están en desacuerdo Rusia, China y Europa, que temen que se inicie una costosa carrera armamentista que no tiene fin. Los mayores peligros, tras lo acontecido a las Torres Gemelas, devienen de la pobreza y la desigualdad en el mundo, especialmente del abismo entre naciones ricas y pobres.
Los nuevos desafíos bélicos no son de cohetes, aviones, tanques y cañones, sino de un enemigo solapado, que usa las instituciones del mundo civilizado, para golpearlo a traición por medio del terrorismo de adentro, usando medios artesanales incluso, hasta otros más sofisticados como la agresión bacteriológica. Así lo ha declarado el Secretario de Defensa Collin Power. Pero la industria bélica está requiriendo un alto precio por las victorias. Quiere más dinero para ir ampliando el abismo tecnológico e inflar sus valores en la bolsa.
Hace poco, el ex mandatario norteamericano, Bill Clinton, dijo en Sidney, Australia, ante el Congreso de Unificación Pacífica entre China y Taiwan, que los atentados del 11 de septiembre demostraron la vulnerabilidad de su país e hizo evidente la necesidad de seguir otros caminos en las relaciones internacionales. Y tiene razón. En ese sentido, ha de entenderse la posición de Jiang Zemin, de no amarrar sus opciones si su contraparte no hace lo mismo, como cuando cede licencias de alta tecnología bélica a Israel, en menoscabo del equilibrio militar en el Medio Oriente. Y como dice Zemin, por encima de todo ese juego de terror, está la paz, a donde debieran encaminarse todos los esfuerzos de las naciones más poderosas.


101 años de Panamá América

 
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