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¿Es moral la eutanasia?


Analizo una conferencia del Profesor Roberto Hernández, en la que explica filosóficamente la moralidad de la eutanasia y doy las razones por las cuales discrepo de sus conclusiones, sobre la base de una racionalidad iluminada por la fe.
En su valioso esfuerzo por dilucidar racionalmente las principales cuestiones morales que se plantean actualmente en nuestra cultura, el Profesor de Filosofía Roberto Hernández de la Universidad de Panamá, después de considerar la moralidad del aborto, más recientemente ha considerado la moralidad de la eutanasia. Al prolongar la vida de los enfermos, incluso terminales, la tecnología médica contemporánea plantea el tema.
Con su metodología cuidadosa, inspirada en el análisis filosófico anglosajón, Hernández comenzó por precisar el concepto de eutanasia y de suicidio asistido. A diferencia del homicidio, que consiste en quitar la vida a un ser humano inocente sin consideración por su bien, la eutanasia y el suicidio asistido son formas de ayudar a un ser humano enfermo a terminar su vida. La condición indispensable, según él, "para todos los casos de eutanasia es que la muerte sea inducida con el fin de aliviar o beneficiar a la persona que sufre o que va a sufrir por el deterioro en su calidad de vida".
De todas las formas de contribuir a la muerte de otra persona, el homicidio merece claramente la condena moral. Salvo en caso de defensa propia, no se justifica quitarle el bien fundamental de vivir a una persona inocente, sin considerar su propio beneficio.
Por lo contrario, de acuerdo con Hernández, la eutanasia en su variante pasiva, que consiste en que una persona evita que se prolongue por medios terapéuticos la vida de otra persona enferma, es aceptada moralmente, especialmente si es voluntaria o sea a solicitud del enfermo. Incluso la Iglesia Católica, para quien la vida es un don sagrado de Dios y, por lo tanto, no debe ser objeto ni de homicidio ni de suicidio, la acepta.
La razón es que la causa de la muerte en la eutanasia pasiva no es la intervención humana. La intervención humana lo que hace es poner fin a una terapia, es decir a otra intervención humana que prolonga artificialmente la vida. Al ponerle fin, la enfermedad sigue entonces su curso natural y causa la muerte. En este caso, la teología moral católica exige que la terapia a la que se pone fin sea por medios considerados "extraordinarios", en virtud de su costo, del dolor que producen o de las pocas probabilidades de recuperación que generan. En otras palabras, se mide la decisión de interrumpir la terapia, que es una intervención humana artificial para prolongar la vida, por consideraciones que no son determinantes para la vida como tal, pero que si lo son para una intervención semejante.
La controversia moral en la actualidad, señala Hernández, se concentra así sobre la eutanasia activa, que consiste en que una persona provoque la muerte de otra, aún si la eutanasia es voluntaria o sea solicitada por el enfermo, y más aún si éste no la ha podido solicitar por encontrarse incapacitado para hacerlo. También se concentra sobre el suicidio asistido, que consiste en que una persona ayude a un enfermo a provocar su propia muerte.
Uno de los aspectos más interesantes del análisis del Profesor es un somero recorrido histórico en el que demuestra como ha cambiado la actitud frente a estos actos, partiendo de su aceptación en la época grecorromana, a pesar del juramento Hipocrático, pasando por su reprobación por el judeocristianismo, hasta llegar a la época moderna, cuando la eutanasia activa y el suicidio asistido primero se toleran y luego se comienzan a reivindicar como derechos morales y legales.
En contra de la eutanasia activa y del suicidio asistido, Hernández menciona argumentos relacionados a la competencia mental del enfermo terminal, el cual pasa por etapas psicológicas de ira y depresión en las cuales es difícil determinar su auténtica voluntad, al posible error en el pronóstico médico y al valor intrínseco que tiene la vida humana. También en contra menciona el argumento de "la pendiente resbaladiza", según el cual una actitud permisiva con respecto a estos actos comenzaría con muchas restricciones que luego se irían descartando y terminaría justificando actos de homicidio de enfermos y generando insensibilidad hacia la vida de ancianos, pobres, minusválidos y, aunque no lo especifica, de los considerados por prejuicio étnicamente "inferiores."
Para Hernández los primeros son sólo argumentos contra decisiones apresuradas de eutanasia, no contra el acto mismo. Además, "... si el individuo, plantean quienes aprueban de estos actos, desea la muerte porque no puede elegir los bienes y los proyectos típicos de vida, su vida no puede considerarse un bien, y por lo tanto, ayudarlo a morir no puede considerarse como un daño que se le hace". El argumento de la "pendiente resbaladiza", considerado como el más fuerte, podría a su juicio resolverse "implementando más estrictamente las normas que regulan la eutanasia."
Por lo contrario, a favor de la eutanasia activa voluntaria el Profesor Hernández esgrime tres argumentos. Primero, el deber de compasión. Segundo, el deber de respetar la autonomía y la libre elección de un enfermo. Tercero, la necesidad de distinguir entre la calidad y la cantidad de vida. Con respecto al suicidio asistido, añade "que, en ausencia de compromisos sociales, un individuo en estas condiciones (de sufrimiento y enfermedad terminal) no tiene la obligación de seguir viviendo".
A la base de la aprobación moral de estos actos en el caso de enfermos muy graves o terminales se encuentra una concepción de la vida y un ideal de la autonomía humana. Se enfoca la vida como un cúmulo de experiencias positivas o negativas, cuyo cálculo puede conducir a la conclusión de que no vale la pena vivirla. Y se propone vivirla con el propósito de afirmar la autonomía al máximo, al punto que la vida misma pueda ser objeto de una libre elección en su contra. Son perspectivas racionalistas, típicamente modernas, que a mi juicio sacrifican dimensiones fundamentales de la condición humana.
¿No incluye acaso la vida una dimensión radical de misterio? ste no es mera oscuridad para el esfuerzo de la razón por dilucidarla y orientarla, sino presencia de una realidad que a la vez enraíza la conciencia racional y la sobrepasa, de manera que la razón no agotaría su inteligibilidad ni podría abarcar por completo su horizonte. Cuando Sócrates en el Fedón argumenta "que los dioses son los que cuidan de nosotros y que nosotros, los humanos, somos una posesión de los dioses" y concluye "que uno no deba darse muerte a sí mismo, hasta que el dios no envíe una ocasión forzosa", estaba reconociendo desde la conciencia racional este misterio de la vida humana en su origen y su horizonte.
Nuestra vida no nos la damos. Es don de nuestros progenitores, pero más hondamente es don de Quien suscita en el ser biológico humano la capacidad de conciencia, de libertad y de amor, en una palabra la misteriosa singularidad de la persona. Y la vida humana personal es el desarrollo del poder humano que se topa con sus límites y reconoce que su autonomía y libertad frente a todo lo finito resultan de su vinculación al Infinito y de su vocación hacia l. Por eso, la vida humana no se puede dilucidar ni orientar sólo sobre la base de la razón. Tiene acondicionamientos tan profundos por parte del mal y aspiraciones tan extremas hacia el bien que insinúan una dimensión más allá de lo que la razón alcanza. La reflexión de una racionalidad ensimismada, no abierta a la transcendencia, empequeñece y desvirtúa el sentido de la vida.
La fe religiosa, y especialmente la fe cristiana, nos abre perspectivas indispensables para dilucidar y orientar la vida humana. Estas perspectivas, tales por ejemplo, el valor de redención que tiene el sufrimiento y la comunidad entre los hombres en esta redención a través del sufrimiento, nos ayudan a comprender por qué ante el trauma de la enfermedad terminal, debemos reprobar tanto la eutanasia activa como el suicidio asistido, aún cuando sintamos compasión por las situaciones dramáticas que pueden desatar estos actos.

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